Luego de luchar por su supervivencia durante 40 días en la espesa selva del Guaviare, los cuatro niños indígenas que se habían perdido tras el aparatoso accidente del vuelo de la HK2803 fueron hallados vivos en la tarde del viernes 9 de junio.

En aparente estado de desnutrición y deshidratados, un comando conformado por 12 hombres, entre miembros del Ejército y líderes indígenas, los halló paradójicamente en un lugar que ya había sido intervenido por ellos varios días atrás. Fue el lugar donde la unidad Dragón 4, de las Fuerzas Especiales, encontró el pasado 15 de mayo el primer refugio de los niños, los restos del maracuyá, las tijeras y la moña, a 3 kilómetros del avión siniestrado.

“Es una alegría, estábamos en la oscuridad y amaneció, he visto la luz. Gracias al presidente Petro, quien me apoyó, al general Sánchez y que estuvo a cargo con los indígenas. A la familia Ospina Cupitre que estuvieron mucho en oración con los diferentes grupos indígenas, que estuvieron en esa búsqueda. A todos los militares que entraron allá, bendiciones y gracias por todo el esfuerzo y la capacidad de querer encontrarlos”, dijo el abuelo Narciso Mucutuy a un reconocido medio nacional, minutos después de ser confirmada la noticia a nivel nacional de que la Operación Esperanza había rendido sus frutos.

No obstante, el misterio que, a partir de hoy comenzará a ser desentrañado, se remonta al 1 de mayo, día en el que sucedió la tragedia en la que perdieron la vida, el piloto de la aeronave Hernando Murcia; el líder huitoto Hernán Mendoza, director de la Fundación de profesionales indígenas Yetara; y Magdalena Mucutui, madre de los cuatro niños sobrevivientes: Lesly Jacobo Bonbaire (13), Solecni Ranoque Mucutui (9), Tien Noriel Ronoque Mucutui (4) y el bebé de 11 meses de nacido, Cristian Neryman Ranoque Mucutui.

Miembros del Ejército Nacional le brindan atención a los menores de edad | Foto: Foto suministrada por el Ejército Nacional

Los pequeños iban a bordo de esta aeronave con destino a San José del Guaviare, por pedido de su padre, Manuel Ranoque, gobernador de la comunidad Puerto Sábalo, quien había costeado el vuelo para sacar a su familia del territorio por culpa de la violencia.

Cabe recordar que, un mes antes de la tragedia, el líder indígena había huido del resguardo por amenazas. Según relató en su momento, fue el 11 de abril, cuando, sin despedirse de su familia, tomó sus cosas y se fue, pues solo le habían dado una hora para que saliera del lugar.

Su sueño, era encontrarse con su familia en puerto seguro, para desde ahí, San José del Guaviare, partir todos hacia Bogotá y empezar una nueva vida en la capital colombiana.

El día de la tragedia, 1 de mayo, la avioneta que pertenecía a la empresa de vuelos Avianline Charter´s despegó sin problema, pues las condiciones meteorológicas permitieron el despegue. Una hora y media después de despegar, el vuelo se convirtió en tragedia.

El piloto de la avioneta reportó fallas técnicas, intentó aterrizar de emergencia, pero la aeronave se precipitó a tierra sobre una montaña.

Según las autoridades, a las 7:34 minutos de la mañana, el capitán de la Cesna HK2803 reportó problemas con el motor del avión y se declaró en emergencia. La señal de la avioneta se perdió a 175 kilómetros de su destino, sobre el río Apaporis.

Una intensa búsqueda aérea permitió dar con el paradero de la aeronave días más tarde, en el lugar se encontraron los cuerpos de las tres víctimas mortales del accidente. Sin embargo, los tres pequeños no estaban allí, tras ser recuperados los cuerpos de los adultos, la operación se concentró ahora en la búsqueda de los niños, una búsqueda que nunca cesó pues, la esperanza de las autoridades y del pueblo colombiano, seguía intacta.

Fueron varias las pruebas de vida que permitieron seguir aferrados a la idea de encontrarlos: un par de tenis, la tapa de un tetero, unas tijeras, un resguardo improvisado, un pañal y una huella, fueron claves para continuar la búsqueda.

Selva donde estaban perdidos los niños. | Foto: A.P.I

El milagro sucedió entonces, tras seguirles el rastro. “Milagro”, gritaron los soldados de la unidad TAP 1 que los encontraron en el mismo punto donde fueron halladas varias de esas pistas.

“Es un misterio. Nos sorprende a todos. Es una zona que nosotros trillamos, y en esa área no hay cuevas, ni selva espesa, ni nada que no hubiésemos registrado”, me dice sorprendido un soldado. “Estamos felices. Es un signo de esperanza, de vida. Una emoción muy grande para los que pasamos semanas buscando a los niños sin perder nunca la fe”, dijo uno de los hombres que participó en lo que hoy es la hazaña más loable a nivel internacional.