La mascota de la orquesta, dice el saxofonista Frank Villanueva, es un gato al que bautizaron Novi.
—¡No vi nada! —remata entre risas, celebrando su propio chiste.
Frank hace un recorrido por la sede de su orquesta, una casa de paredes blancas ubicada en una calle empinada del barrio San Isidro, en Cartagena, y camina como si pudiera verlo todo.
Abre puertas, esquiva mesas, describe cada espacio: aquí el estudio de grabación, acá el salón multiusos, en esa puerta el baño, aquí el vestuario y allá el patio de juegos, “donde los niños ciegos juegan parqués y hay que estar pendiente porque hacen trampa: sacan cuatro y avanzan seis”, dice mientras los que tiran los dados se carcajean.
— La orquesta se llama Veinte Veinte… por aquello de la visión perfecta.
Es la única orquesta de Colombia conformada por músicos invidentes que funciona también como centro de rehabilitación para personas ciegas.
***
Hasta hace unos minutos caminaba rápido y seguro por los pasillos del hotel. Ahora tengo puesto un cubreojos y todo quedó en negro.
Camino lento, con miedo, muy cerca de la pared, con la mano derecha sobre el hombro de mi compañero del frente. Vamos en fila hacia un salón. Las conversaciones alrededor empiezan a sonar más fuertes, más nítidas.
Frank me pide que palpe lo que hay encima de la mesa. Empiezo a tocar despacio, con incertidumbre. Hay algo tibio, esponjoso, y recuerdo en el acto mi desayuno recurrente en el colegio.
—¿Un dedo de queso? —pregunto.
— Bingo.
Junto a Frank estamos un grupo de periodistas, todos con los ojos cubiertos. Cerca pasan médicos invitados a un congreso sobre salud visual organizado por Bayer.
Frank dice que al principio perder la vista se sintió como el fin del mundo.
—Yo ya tengo 25 años con discapacidad visual. Y alguna vez tuve la fortuna de ver. Son dos estados distintos. Al principio hay miedo, inseguridad, incertidumbre. Ahora salgo solo por Cartagena o viajo a cualquier ciudad. Aunque, por supuesto, para pasar una avenida necesito ayuda.
Alguna vez, después de salir de un concierto, se cayó en una alcantarilla abierta.
***
Frank nació en Mompox. En Semana Santa los habitantes del pueblo recorren las calles al ritmo de los tambores: dos pasos adelante, uno atrás, mientras visitan las iglesias.
Allí iba Frank, tocando el clarinete. Tenía 11 años cuando se enamoró de la música gracias a la celebración religiosa. Después descubrió que venía de una familia de artistas.
— Yo no los conocía, pero sentí un llamado. La sangre llama —dice después de que la orquesta Veinte Veinte termina de ensayar ‘La vida es un carnaval’, de Celia Cruz.
Cuando marchaba por las calles de Mompox todavía no sabía que tenía retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria que le fue apagando la visión poco a poco.
Eso no le impidió tocar en importantes agrupaciones de Cartagena. Primero el clarinete y después el saxofón. Con el tiempo empezó a necesitar lupas y lámparas potentes para leer las partituras. Hasta que dejó de ver.
Un oftalmólogo llamado Javier Vásquez le habló entonces de una palabra que lo cambió todo: rehabilitación.
— Muchas personas llegan donde el especialista y les dicen: “Va a quedar ciego y no hay nada qué hacer”. El doctor Vásquez fue distinto. Me dijo que sí, que iba a quedar ciego, pero que había alternativas para seguir en la música y continuar con mi vida. Pese a lo que significaba el diagnóstico, de su consultorio salí con esperanza.
Frank tenía guardado en el clóset un bastón para ciegos. Lo había comprado un año atrás, cuando la visión era cada vez más escasa, pero nadie le había enseñado a usarlo.
En Cartagena no existían lugares especializados, así que viajó a Bogotá y llegó al Crac, el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos. Allí aprendió a caminar en espacios abiertos y cerrados, cocinar, reconocer billetes y leer braille, un sistema inventado por otro músico, Louis Braille.
Cuando regresó a Cartagena, una profesora lo invitó a una escuela para niños ciegos.
— Había unos veinte niños en un salón. La profesora no les dijo nada y yo empecé a tocar el clarinete. Después hubo un silencio total. “¿Eso qué es?”, preguntaban. “¿Quién está tocando?”. Entonces les pregunté si querían aprender a tocar un instrumento. Dijeron que sí. Así arrancamos.
Era 2014. Hoy su Fundación tiene 45 niños y jóvenes. Ninguno paga un peso. En una ciudad como Cartagena, llena de hoteles, turistas y eventos durante todo el año, Frank pensó enseguida que una orquesta podía convertirse en una oportunidad laboral para las personas ciegas.
Pero para lograrlo tendrían que ser buenos, se dijo. Muy buenos. Porque nadie los iba a contratar por ser ciegos. Los contratarían por cómo sonaban.
Ahora ensayan ‘Pensando en ti’, de Cheche Mendoza.
“Yo sé que tú, mi amor, no podrás olvidar, los besos que te di, en tu boca sensual...”.
En el estudio algunos visitantes empiezan a bailar mientras los músicos siguen el ritmo sin verlos.
***
— Por naturaleza, todos somos músicos —dice Frank—. El corazón tiene un ritmo. El pulso tiene un ritmo. La marcha al caminar tiene un ritmo. Por la forma de caminar, él sabe cuándo se acerca su esposa. Se llama Shayira Domínguez.
Se conocieron cuando él tocaba el saxofón y ella bailaba con la orquesta.
— Ahí empezó el enredo.
Frank sonríe. Dice que no todo ciego puede cantar o tocar un instrumento. Hace falta talento. Pero el oído suele desarrollarse de una manera distinta y eso es vital para quien se quiera dedicar a la música.
Mientras hacen una pausa en el ensayo, Frank presenta a sus músicos. Mayerlis Ochoa, enfermera de 37 años, es ahora una de las cantantes de la agrupación. Empezó a perder visión después del nacimiento de su hija. Las letras de las historias clínicas comenzaron a deformarse frente a sus ojos.
— De niña cantaba en el baño. Después de pensionarme por invalidez me reencontré con ese talento. A quien esté pasando por lo mismo le diría que el miedo del principio no dura para siempre.
Sander David Arce Burgos tiene 14 años. Nació con desprendimiento de retina y siempre soñó con estar sobre una tarima. Frank lo escuchó cantar durante una actividad escolar.
—Él me descubrió.
A Gefferson Santiago algunos le dicen ‘Juan Guillermo Cuadrado’. El peinado, los gestos y la sonrisa recuerdan al exfutbolista de la Selección Colombia. Una neuropatía óptica le quitó la visión de manera repentina. Se acostó viendo y se levantó sin hacerlo.
— Es muy duro pasar de ver a no ver. Pero a veces uno descubre habilidades que no sabía que tenía. Yo encontré la trompeta.
Mientras los músicos vuelven a sus instrumentos para seguir ensayando, Frank conduce el recorrido ahora hacia los consultorios. Allí, además de los diagnósticos, enseñan movilidad, autonomía y habilidades básicas para desenvolverse en una ciudad, un país, que no está pensado para quien no puede ver.
Su sueño, dice, es que algún día la clínica sostenga económicamente el proyecto cultural. Que más personas aprendan a orientarse; que más personas encuentren trabajo; que más personas descubran un talento que no sabían que tenían.
En el estudio, tocan una canción del Joe Arroyo. Allí, aún algunas parejas, periodistas que vinieron a conocer su historia, siguen bailando. Los músicos no pueden verlos, pero lo intuyen, lo sienten; las vibraciones en el piso. Escuchan, después, los aplausos.
—Nuestro propósito es ver bailar a Colombia.