Mientras los indígenas más amenazados se sentaban en la parte más central del círculo de esos amigos que se reunían para disfrutar de las ferias sociales o de alguna cerveza, los que tenían menos amenazas encima lo hacían alrededor, con sus espaldas al descubierto, pero atentos de cuidar a los que estaban en frente suyo.

La estrategia es referida por Neider Escué Coicué mientras narra sus andanzas con Kevin Ademir Mestizo, de 23 años, asesinado apenas hace una semana, el pasado sábado 10 de agosto en zona rural de Toribío, Cauca.

Ambos amigos compartían una similitud: se habían criado desde la adolescencia, entre los 13 y 14 años, como Kiwe Thegnas (guardias indígenas).

“No hay restricción en edad, color de piel, color político, género o apellido para el que aspira a ser guardia. Solo se exige una cosa: estar comprometido con la comunidad y que ella esté de acuerdo con que haga parte”, anota Neider, gobernador suplente del resguardo de San Francisco.

Agrega que el aspirante luego es analizado por un médico espiritual (Kiwe The) para verificar “sus energías y que tenga buen pensamiento. Y aunque haya un direccionamiento de que nosotros ya tenemos un partido, que es el Mais, no es obligatorio atenerse a él”.

¿Pero qué es precisamente la Guardia Indígena? De acuerdo con Neider, se trata de un mecanismo de autoprotección de los recursos naturales del territorio y de sus habitantes, mecanismo que se remonta mucho antes de la llegada de los españoles a América, pero que tiene tres años claves para transformarse en lo que es actualmente.


El primero, a finales de los años 90, cuando se dedica a la organización de asambleas, congresos y cabildos; el segundo, en el 2000, momento en el que se reafirma como Guardia Cívica, y tercero, en el 2001, como Guardia Indígena para hacerle frente al recrudecimiento del conflicto armado por el auge del paramilitarismo, así como de los constantes hostigamientos de la guerrilla, en especial a Toribío.

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“Con solo recordar el episodio de la chiva-bomba es suficiente para decir que fue una etapa muy intensa”, dice el indígena, cuya mente se remonta a ese hecho ocurrido hacia la 1:00 de la tarde del 9 de julio del 2011, que dejó tres muertos, más de 100 heridos y la destrucción casi total de 460 casas.


Neider fue informado por radio de la explosión cuando se encontraba en San Francisco, en la parte alta del municipio. Reunió a un grupo de guardias, entre ellos a Kevin, y se dirigieron al casco urbano. Quizá es en este punto en donde su memoria guarda la imagen más vívida: los escombros, los víveres abandonados de la plaza de mercado y las ropas dejadas a la mano de Dios por quienes huyeron por los enfrentamientos entre las Farc y el Ejército.

“Kevin, siempre recochero, recogió unos boxer de la calle y me dijo: ‘Uy, ¿será que me quedan’. ‘Cuidado, huevoncito, no se vaya a llevar eso’. Kevin rió y dijo: ‘Tranquilo, hermano’. Siempre era una persona muy, muy alegre”, señala Neider.

Recuerda que los insurgentes, que eran alrededor de 15, solo lograron ser expulsados tras la presión de casi 3000 personas, unas cuantas con bastón de mando. Ese símbolo de autoridad con cintas de colores representativos: el verde, que hace alusión a la Madre Tierra, y el rojo, a propósito de la sangre derramada por sus miembros y líderes.

“Hay dos cosas fundamentales para compensar la diferencia de fuerza entre los que tienen fusiles y nosotros, que solo portamos bastones. Primero, la cantidad de gente que éramos en ese momento, más de 3000, y segundo, fíjese que es bastante fácil doblegar a quienes pese a estar armados hasta los dientes, no tienen claridad política de dónde están parados. Con presionar a un comandante y arriar a los demás guerrilleros como vacas, logramos sacarlos del territorio ese día de la chiva-bomba”, narra.

Pero a diferencia de esos años, el escenario del posacuerdo ha desdibujado los actores armados, se han convertido en sombras casi anónimas que envían panfletos amenazantes y cometen atentados. Tan solo en el mes de agosto, seis líderes indígenas han sido asesinados y en lo corrido de este año, suman un total de 56, entre los que destacan guardias, autoridades médicas, entre otros. Kevin, precisamente, hace parte de ese número de la muerte.

Un hecho que se torna oscuro frente a otros casos, como el asesinato del médico ancestral Enrique Guegia el 4 de agosto en Toribío o los recientes enfrentamientos con disidencias de las Farc, que el viernes dejaron a un suboficial del Ejército muerto, el sargento segundo Álvaro Alexander Parra, en zona rural del municipio de Suárez.


“El lunes (5 de agosto) Kevin me escribió al WhatsApp, diciéndome que iba a renunciar a su función de escolta, porque decía tener miedo... ‘Estoy muy joven para morir y aparte, aún no he cumplido un objetivo en la vida’, me escribió. Yo también tenía miedo, pero la cuestión es que nosotros no lo demostramos. Esa fue la última vez que nos escribimos. Y la última que lo vi fue el viernes, cuando yo estaba en la peluquería y lo vi pasar en la moto. ‘Ole’, nos dijimos con las manos alzadas, como diciendo ‘adiós’”, rememora Neider.

Al día siguiente, el sábado 10 de agosto, Kevin estaba muerto. Ocurrió a eso de las 7:30 de la mañana en el sector de Los Chorros, entre el corregimiento de El Palo y Toribío, cuando integrantes de la Guardia se movilizaban en una chiva para hacer acompañamiento a la Feria del Café y fueron atacados con disparos. El hecho también provocó la muerte de Eugenio Tenorio, de 46 años.

“No pudimos cumplir las dos promesas que nos habíamos hecho hace tiempo y era no dejar que nos mataran de un tiro (así fue la muerte de Kevin), porque era una pena perder la vida así, y la otra es que acabaran con nosotros juntos, en el mismo momento. Pero también había una tercera promesa y era no llorar. En esa le fallé a mi amigo”, dice Neider, quien actualmente se encuentra amenazado, entre otras cosas, por ir en contra de los cultivos de marihuana en el sector.

Cerca de él se encuentra David Andrés, un adolescente de 15 años que lleva cuatro en la Guardia. Sus ojos están húmedos tras escuchar la historia de Kevin. Dice más tarde que a veces puede tener miedo de acompañar a alguien que esté amenazado de muerte, pero insiste en continuar su formación como guardia. Neider repite: “Nosotros tenemos miedo, pero no lo demostramos”.

Más datos de la Guardia

De acuerdo con Neider, no existen rangos dentro de la organización sino una estructura de coordinadores de guardia, vereda, de Cric (Consejo Regional Indígena del Cauca) y de orden nacional.

Los únicos que reciben castigo son los coordinadores, mientras que los guardias solo se les aconseja cuando cometen ciertos errores.

Los miembros de la Guardia no reciben pago por sus funciones, pero sí reciben sostenimiento alimenticio en los recorridos a otros territorios o en determinados eventos.

Gran parte de la economía de la Guardia proviene de fincas productivas y empresas comunitarias.

Pese a que no hay una cifra oficial de cuántas guardias indígenas hay en el país, gran parte de los 102 pueblos que hay en Colombia contarían con este tipo de estructura, por ejemplo, la Guardia Cimarrona. Esto, según datos de la Organización Nacional Indígena de Colombia, ONIC