Jessica González señala la tienda de fachada amarilla, la de doña Yolanda, y explica que aquel es uno de los siete puntos del barrio Sucre, en el centro de Cali, donde se consigue naloxona, el medicamento que revierte las sobredosis por heroína.

- La naloxona la tienen, además del personal de salud, los líderes comunales, a quienes hemos capacitado para que, en caso de que se detecte una sobredosis en la calle, apliquen de inmediato el medicamento. También se consigue en otras tiendas, o en el hotel que acabamos de pasar. Se trata de una red comunitaria que evita muertes por sobredosis – dice Jessica y al frente, en una pared blanca, se lee en un mural: ‘Apoye, no castigue’; como si marcara el destino que pretende tomar el barrio.

En mis 43 años, es la primera vez que camino por Sucre. Pertenezco a esos miles de caleños que crecieron oyendo que este es un barrio al que no se entra, y que, si acaso, se cruza en carro, con los vidrios arriba y el pie apretando el acelerador, esquivando los huecos que la ciudad nunca tapó.

Alejandro Ángel, psicólogo de la Corporación Viviendo. A los usuarios del Camad se les entregan jeringas nuevas para el consumo de heroína. | Foto: El País

Jessica, quien nació aquí, y trabaja como operadora comunitaria de la Corporación Viviendo, no recuerda que, en su calle, la 19, ni en ninguna otra, el pavimento haya sido reparado alguna vez. Lo que hay son escombros con los que los vecinos intentan rellenar los baches. El abandono urbano explica buena parte de la historia reciente del barrio.

- Ahora que la Alcaldía está recuperando el barrio de al lado, el Obrero, y hay un plan para remodelar el centro, espero que arreglen por fin mi calle – dice Jessica, quien, en su infancia, jugaba con sus amigos en esa vía. No había alternativa. En Sucre no hay canchas ni parques. Por eso la comunidad, hace unos meses, decidió hacer una huerta de tomate y otras plantas, una manera de compensar la ausencia de verde.

A medida que caminamos, el estereotipo empieza a resquebrajarse. Sucre no es solo el lugar al que la ciudad llama “olla”. Es un barrio de tiendas y misceláneas repletas, de chatarrerías y bodegas de reciclaje, de casas antiguas con fachadas coloridas, patios largos y cuartos amplios, similares a las de sectores tradicionales de Cali como San Fernando o San Antonio. Fue en este barrio donde nació la primera escuela de salsa de la ciudad, llamada La Comparsita.

Jessica González, operadora de la Corporación Viviendo. Al barrio llegan iniciativas como cine al barrio, que cambia la rutina de esta zona de Cali. | Foto: El País

- Sucre fue un barrio tradicional - me dice Fernando Sarria, sociólogo formado en la Universidad del Valle – fue alumno de Estanislao Zuleta - y antiguo habitante de calle durante más de cuatro décadas, hoy vinculado a la Fundación Samaritanos.

El deterioro llegó cuando los planes de renovación urbana dejaron de incluirlo y el barrio se convirtió, poco a poco, en el sótano de la ciudad: el lugar al que fueron a parar quienes nadie más quería cerca. Entre los propios consumidores y habitantes de calle, quienes usan heroína solo pueden hacerlo aquí; en ningún otro barrio de Cali son tolerados.

Declarar a Sucre como zona de tolerancia a inicios del siglo pasado terminó de sellar su estigmatización. Y, sin embargo, desde este mismo lugar que Cali prefiere no mirar, se está ensayando el enfoque más avanzado que hoy tiene la ciudad frente al consumo de heroína y otras drogas: un modelo que prioriza la vida y pone el enfoco en las personas, es decir en la demanda, y no en la oferta, las drogas.

Fernando Sarria, sociólogo y exhabitante de calle, hoy vinculado a la Fundación Samaritanos, conoce la transformación y el estigma histórico del barrio Sucre desde la experiencia propia y el trabajo comunitario. | Foto: El País

En lo que va de 2026, según la Corporación Viviendo, se han registrado diez sobredosis en Sucre y ninguna muerte. En 2025 hubo 58 casos; cuatro personas murieron. La diferencia estuvo en el tiempo de respuesta. La red comunitaria de naloxona —distribuida en tiendas, hoteles y entre líderes barriales— permitió intervenir en la mayoría de los casos antes de que fuera demasiado tarde. Los que murieron fue porque consumieron solos, encerrados en residencias o habitaciones, sin que nadie los monitoreara.

La red, precisamente, surgió de una necesidad urgente: las ambulancias del Centro Regulador de Urgencias y Emergencias (CRUE) rara vez entran al barrio. Como si no importara lo que pase aquí. Por eso, en Sucre, dejaron de llamar al 125 y aprendieron a atender ellos mismos las emergencias.

A pocas cuadras, además, funciona una de las estaciones de Policía más grandes del centro de Cali, la de Fray Damián, y su presencia, sin embargo, no ha impedido que en el barrio operen múltiples expendios de droga. ¿Por qué? Nadie responde.

El Centro de Atención para el Consumo Responsable (Camad) funciona como punto de reducción de riesgos y atención en salud para usuarios de drogas en el sector. | Foto: El País

En todo caso, gracias a la Corporación Viviendo, que desde 2015 está en el barrio, y a la Secretaría de Salud de la ciudad, en Sucre se abrió el Centro de Atención para el Consumo Responsable, un local sobre la carrera 15 al que todos le llaman Camad. Allí, quienes consumen heroína reciben jeringas nuevas —para prevenir VIH y otras infecciones— también agua destilada para preparar la dosis —una medida clave para evitar enfermedades bacterianas graves - y cuentan con una sala de consumo supervisado, donde cualquier sobredosis puede ser atendida de inmediato.

***

En la entrada a la Sala de Atención para el Consumo Responsable hay un locker. Allí sus usuarios dejan sus objetos personales, entre ellos armas; cuchillos o destornilladores. La mayoría de los usuarios de la sala son habitantes de calle, aunque también llegan personas con traje de oficinistas o un tatuador que dirige un local al sur de la ciudad.

Carlos Eduardo Pinzón Flores, Subsecretario de Promoción, Prevención y Producción Social de la Salud, explica que se trata de usuarios cuyo consumo aún no es problemático: es decir que la droga no interfiere, por lo menos de momento, en su trabajo, en sus estudios, en sus relaciones familiares. No todos los que consumen heroína, entonces, son del barrio.

Antes de ingresar a la sala se debe depositar, en un contenedor rojo, las jeringas usadas previamente. Después el usuario firma un consentimiento de los riesgos de consumir, que no son pocos: daño en las venas, en el hígado, en los riñones; dependencia de la droga; estigmatización, se cierran puertas familiares o laborales. Por eso la heroína se asocia sobre todo a los habitantes de calle: la sedación que genera la sustancia no permite mantener rutinas estables y se pierde el trabajo, el estudio, la familia. Funciona como una especie de anestesia para vidas extremadamente duras.

Robert Andrés Urbano Rivas, operador comunitario del Camad y usuario en proceso de estabilización, acompaña a otros consumidores en protocolos de autocuidado y prevención de sobredosis en el barrio Sucre. | Foto: El País

Adentro de la sala hay cubículos metálicos con espejos. Algunos se inyectan en el cuello. Después pasan a una sala de reposo, donde personal experto los supervisa.

No hay un tiempo de promedio en la sala. Algunos están 5 minutos. Otros media hora. Hace unos días una persona ingresó a las 8:30 de la mañana, y al mediodía pidió que llamaran a su familia. Dijo que quería rehabilitarse y se activó la ruta. En 2025 hubo siete casos de personas que pidieron ayuda en el Camad para dejar la heroína.

El tratamiento, de varias fases, incluye metadona, un medicamento que disminuye la ansiedad por el consumo, previene el síndrome de abstinencia.

Nuestro objetivo no es obligar a nadie a rehabilitarse. La decisión tiene que ser de cada persona. Pero desde el Camad se facilita el acceso a tratamientos como la metadona, a citas médicas, a pruebas de VIH, hepatitis y sífilis, y al contacto con la familia. Acompañar a alguien a una cita o ayudarle a hacer una llamada puede ser el primer paso para un cambio más profundo. Este modelo parte de una idea simple: el consumo existe y seguirá existiendo después de una guerra contra las drogas que terminó siendo una guerra contra las personas. Lo que puede cambiar es si la ciudad decide castigar o cuidar. Aquí optamos por cuidar para evitar muertes y daños mayores – dice Alejandro Ángel, - literal un ángel de Sucre, pienso – psicólogo de la Corporación Viviendo.

Centro de Atención Móvil a la Drogadicción de la Secretaría de Salud de Cali en el barrio Sucre. | Foto: El País

Robert Andrés Urbano Rivas, de 34 años, es un ejemplo. Aunque aún es usuario de la sala, ha logrado que el consumo deje de ser problemático. Hace parte de la Corporación Viviendo, como operador en la sala. Habla tres idiomas: inglés, francés y español.

Robert comenzó a consumir heroína a los 22 o 23 años, cuando estudiaba Licenciatura en Idiomas en la Universidad Santiago. Iba en quinto semestre. Al principio todo era curiosidad, pero la adicción lo llevó primero a dejar los estudios y después a habitar la calle.

Trabajó alguna vez en una chatarrería del centro, intentó rehabilitarse, recayó, hasta que, en 2020, conoció a la Corporación Viviendo. Lo invitaron a las capacitaciones para atención de sobredosis. Robert se encargaba de registrar los eventos, horas, personas atendidas y dosis de naloxona utilizadas. Llevaba la estadística.

Centro de Atención Móvil a la Drogadicción de la Secretaría de Salud de Cali en el barrio Sucre. | Foto: El País

Ahora, en la sala de consumo supervisado, prepara los insumos, entrega material, enseña el lavado de manos y cuida que se cumplan las normas.

En mi caso el cambio empieza con el autocuidado: bañarme todos los días, ordenar la habitación, tender la cama. Si empiezo a descuidar eso, sé que algo está fallando y presto atención para no recaer – dice y enseguida se peina para la foto.

La inclusión laboral es clave en el proceso de dejar la adicción. Lo confirmó Alexandra Muñoz Motato, quien trabaja en la Fundación Samaritanos tras ser contratada hace cinco años por la Secretaría de Bienestar Social. Ella intenta ayudar a otros a salir de donde estuvo desde los 13 años: la calle.

Dependiente de la heroína por varios años, alguna vez Alexandra quedó casi inconsciente en un andén. Ese día perdió lo que cuidaba a diario: su pelo. Se lo raparon para venderlo. Las mujeres están muy expuestas a violaciones o robos tras el consumo de drogas como la heroína, debido a su efecto sedante. Por eso en la sala de consumo responsable de Sucre hay un espacio exclusivo para ellas. Los viernes solo entran mujeres, que ese día se bañan, se maquillan, descansan.

Alexandra Muñoz Motato, trabajadora de la Fundación Samaritanos, pasó de habitar la calle a acompañar procesos de atención y reintegración para personas con consumo problemático en el barrio Sucre. | Foto: El País

Cuando comenzó este modelo de atención centrado en las personas, explica Raúl Félix Tovar, director de la Corporación Viviendo, recibieron críticas de todos lados.

Decían que en el fondo estábamos facilitando el consumo, que era una alcahuetería. Nosotros partimos de una lógica muy distinta: cuidar a la persona, reducir los riesgos que hay alrededor del consumo.

Los datos respaldan su tesis. Carlos Eduardo Pinzón Flores, Subsecretario de Promoción y Prevención de la Secretaría de Salud, asegura que, en parte por la estrategia de suministrar jeringas nuevas y también preservativos, la incidencia de VIH en población habitante de calle en Cali se redujo en 3%, un dato que, aunque parece pequeño, es significativo en términos epidemiológicos. Todos los días, por cierto, el promedio de usuarios del Camad es de 100 personas.

Centro de Atención Móvil a la Drogadicción de la Secretaría de Salud de Cali en el barrio Sucre. | Foto: El País

Alguna vez alguien me dijo: ¿usted se imagina cuántas muertes se han logrado evitar con el modelo implementado en Sucre? No lo sé, pero sí estoy seguro que son muchas – dice Raúl Félix.

En la sala de consumo responsable, alguien escribió una carta con lapicero en una hoja de cuaderno y la pegó sobre una pared: “Gracias muchas. El trato que han brindado. Yo en ocasiones eh sido grosero y les pido disculpas por todo lo malo que eh ocasionado. Lamento. Dios los bendiga siempre, gracias por todo. Los quiero mucho, gracias por apoyarnos y darnos confianza en uno mismo”, leo.

En Sucre, este barrio que Cali aprendió a esquivar, parece que salvar vidas en silencio se volvió una tarea cotidiana.