A las 6:30 de la mañana, Armando Carrillo ya estaba despierto. Como acostumbraba hacerlo, se levantó temprano para preparar el tinto. Su esposa todavía estaba acostada. Él preparó el café, se sentó en la sala y comenzó a tomarlo cerca del balcón de su apartamento, en el segundo piso del edificio Cantabria, en el sur de Cali.

A las 7:34 de la mañana, su celular emitió la alarma de sismo. Armando se levantó de inmediato y llamó a su esposa, Miriam. La tomó de la mano y, durante unos segundos, tuvo que decidir qué hacer. Podía intentar bajar por las escaleras, pero ya habían pasado entre 10 y 15 segundos desde que comenzó el movimiento, por lo que tomó otra decisión: Se fue con ella hacia el balcón.

“Yo me voy al balcón, temiendo que pudiera parar o me tiraba con ella”, recuerda. Armando se paró sobre una viga del balcón y se agachó junto a su esposa. Pero el edificio comenzó a caer.

Miriam gritaba. A su alrededor empezaban a caer paredes, vidrios y otros elementos de la estructura. El ruido del terremoto se mezclaba con el sonido del edificio que se desplomaba: “Nos caía de todo y pues dijimos: aquí fue”, recordó en medio de una entrevista con El País.

El Cantabria comenzó a venirse abajo y ellos quedaron atrapados. Cuando el movimiento terminó, Armando apenas podía ver. Desde donde estaba, solo alcanzaba a distinguir la palma de una mano y, hacia arriba, el cielo. Todo estaba cubierto de polvo. Tenía los ojos apenas descubiertos. El resto de su cuerpo estaba cubierto de polvo y escombros. No podía hablar.

Armando Carrillo, habló con El País y contó cómo logró sobrevivir al desplome del edificio Cantabria, sur de Cali. | Foto: El País

Su esposa había quedado más abajo. Entonces Armando comenzó a sostener una pared con una de sus manos. La estructura se movía de un lado al otro y él temía que pudiera caer sobre la cabeza de Miriam. Con la otra mano intentaba mantenerse junto a ella.

“Yo, Dios mío, que pare, que pare, que pare”, recuerda haber pensado durante esos momentos.

No sabe de dónde sacó la fuerza para sostener aquella pared. Cuenta que debajo de ella había quedado un horno que utilizaba para preparar asados y que, cuando el movimiento terminó, esa estructura terminó descansando sobre él.

Mientras tanto, Miriam estaba paralizada por el miedo. Armando la llamó, le tomó la cabeza y las manos y trató de comprobar que estuviera bien.

“Vieja, tranquila, ¿estás bien?”, le dijo. Ella apenas podía responder.

Pasaron unos diez minutos antes de que Armando pudiera pedir auxilio. El polvo que había tragado le impedía hablar. Finalmente, los vecinos escucharon sus llamados y llegaron hasta ellos.

Los rescataron vestidos con lo que tenían puesto: en chanclas y en pijama.

Armando Carrillo volvió este 20 de agosto al lugar donde quedaba su hogar en el edificio Cantabria en Cali. | Foto: El País

Una vez afuera, los sentaron frente al lugar donde había estado el edificio. Armando pidió agua. Necesitaba echarse un poco en la cara para poder ver y respirar después de haber tragado tanto polvo.

Entonces pudo mirar el panorama. Era terrible. Pero en medio de la destrucción, su primera preocupación no fueron los objetos que había perdido, sino sus amigos, y quería saber quiénes habían logrado salir y quiénes no.

Ocho personas que vivían en el edificio murieron en el colapso. Para Armando, esa es una de las partes más difíciles de asimilar.

“Lo más tenaz son los amigos que se fueron, las amigas que se fueron, los compañeros, los ocho vecinos que murieron en el edificio”, dice.

Armando llevaba cinco años viviendo allí. Durante ese tiempo, el edificio Cantabria se convirtió en su hogar. Allí estaba su apartamento, pero también una rutina, vecinos con los que se cruzaba todos los días y amistades que ahora ya no están.

Recuerda especialmente a María Isabel, a quien llamaban La Mona y que vivía frente a su apartamento. También recuerda a Vicky, la abogada que vivía arriba y que trabajaba en una notaría, además de otros vecinos con quienes compartió esos cinco años. “Nos veíamos todos los días, nos saludábamos”, cuenta.

Después de sobrevivir, incluso ha pensado en una decisión que pudo haber tomado durante esos segundos previos al colapso: abrir la puerta, buscar a María Isabel y decirle que se fuera con ellos. Pero no hubo tiempo.

Hoy, frente a lo que quedó del Cantabria, Armando dice que el dolor no está solamente en las heridas físicas o en haber perdido las cosas materiales. Los raspones, asegura, se curan. Lo más difícil es el dolor emocional.

“Es muy duro mirar que ya no está, que los carros se dañaron, que todo se acabó”, dice. Pero luego vuelve a hablar de sus vecinos. De quienes ya no podrán regresar a sus apartamentos.

Su propia vida también quedó entre los escombros. Sus carros resultaron afectados y algunas de sus pertenencias todavía permanecen allí. Él y su esposa esperan que puedan ser recuperados documentos, pasaportes y algunos objetos personales.

Recorrido de los sobrevivientes del edificio Cantabria del barrio Tequendama, sur de Cali. | Foto: El País

Por ahora viven con la hermana de su esposa, Flor Duque, quien les abrió las puertas de su apartamento. Tienen un techo y comida. Eso, dice Armando, les permite sentirse afortunados frente a otras personas afectadas que todavía permanecen en carpas.

También esperan los posibles auxilios del Gobierno y la posibilidad de recuperar sus vehículos para adelantar los trámites con las aseguradoras.

Hugo, su amigo y don Armando Carrillo, quien también vivía en el edificio Cantabria, se reencontraron luego del desastre. | Foto: El País

Y mientras espera, Armando también tiene otra preocupación: sus animales. Su gata, Tormenta, fue rescatada dos días antes de la entrevista. Otros gatos permanecían pendientes de rescate.

Cinco años de vida quedaron atrás en cuestión de segundos. Un hogar, los carros, las pertenencias y, sobre todo, ocho vecinos y amigos que ya no volverán.

Pero Armando y Miriam lograron salir. Por eso, cuando recuerda a quienes murieron, no habla solamente desde la tragedia. Los recuerda con cariño, con los saludos cotidianos, con los años compartidos y con la vida que tuvieron juntos en aquel edificio.

“A la familia, mi sentido pésame y mi sentido de agradecimiento por todo lo que compartimos en los cinco años”, dice. Luego les dedica unas últimas palabras: “Que Diosito las tenga en su gloria y que buen viaje”.

Ya no queda el edificio al que regresaba cada día. Queda el recuerdo de cinco años, el dolor por los amigos que se fueron y la certeza de que, aquella mañana del 10 de agosto, él y Miriam tuvieron que aferrarse el uno al otro para salir con vida.