Un mes después del terremoto que estremeció a la capital del Valle del Cauca, el silencio en el barrio El Limonar resulta abrumador. En el terreno donde hasta el pasado 10 de agosto se erigía el conjunto residencial Torres del Limonar, ya no quedan ni siquiera escombros. Solo persiste un enorme vacío de tierra pelada, un hueco amargo que atestigua el lugar donde decenas de familias lo perdieron todo.

A este escenario de desolación regresó por primera vez Carlos Rebolledo. Su presencia allí es un milagro de la templanza humana: permaneció más de 20 horas sepultado bajo toneladas de concreto y hoy enfrenta secuelas físicas complejas, con lesiones que han comprometido su sistema nervioso. Camina con dificultad, reaprendiendo a andar a la par que intenta procesar el duelo de haber perdido en el colapso a su abuela y a su tío.

El instante en que la tierra cedió

La mañana de la tragedia comenzó como cualquier otra en el apartamento 303 de la Torre B. Desde su ventana, a Carlos le gustaba contemplar el sol matutino sobre los árboles y las montañas de la ciudad. Sin embargo, la sacudida sísmica rompió intempestivamente la calma.

“Yo estaba dormido. Apenas empezó a moverse la tierra me levanté rápido. Alcancé a despedirme de mi abuela y de mi tío: ‘Chao abuela, Dios te bendiga’, les grité, sin saber que era la última vez que los vería”, relata con la voz pausada por el peso del recuerdo.

Carlos bajó precipitadamente los tres pisos por las escaleras, atravesó el pasillo central del conjunto y se dirigió a la portería. Su objetivo era presionar el botón de emergencia para abrir la reja de acceso vehicular y ganar la calle. No alcanzó a hacerlo.

“Es cuestión de milisegundos. Cuando iba a hundir el botón, vi que todo se vino abajo. Fue en un abrir y cerrar de ojos, un parpadear, y quedé totalmente en negro”.

Carlos Rebolledo, sobreviviente del terremoto en Cali. | Foto: El País.

Veinte horas en la penumbra

El colapso de la estructura aprisionó su cuerpo en una posición dramática. Su torso quedó volcado sobre la pierna derecha atrapada, mientras un brazo permanecía aplastado por una placa de concreto y el otro extendido en la penumbra. Inmóvil bajo el peso masivo del edificio, lo único que le devolvió la fe fue palparse a sí mismo en la oscuridad y constatar que seguía respirando.

Durante una hora completa reinó un silencio absoluto. Luego, las voces lejanas de vecinos y transeúntes comenzaron a filtrarse entre las grietas. A pesar del aislamiento y el confinamiento, Carlos mantuvo la lucidez. Sabía que la dimensión del sismo sobre la ciudad impediría un rescate inmediato.

“Pensaba en toda la gente que conozco. Decía: ‘Si se cayó Torres del Limonar, ¿qué más se cayó en Cali?’”, recuerda sobre aquellas interminables horas en las que ignoraba el destino final de sus seres queridos.

A un terreno baldío se resume lo que un día fue el edificio Torres del Limonar tras el terremoto en Cali. | Foto: El País.

Un llamado contra el olvido

Hoy, el entorno donde Carlos solía ver los atardeceres es un terreno baldío. Sin embargo, la tragedia no concluyó con la remoción de las ruinas. Las víctimas enfrentan ahora una reconstrucción dolorosa que parte desde el cero absoluto.

Carlos Rebolledo, en representación de los damnificados, hace un llamado respetuoso pero firme a las autoridades locales y al Gobierno Nacional. Pide asistencia integral para las familias que perdieron su patrimonio, sus hogares y a sus seres queridos, exigiendo que la magnitud del desastre no quede relegada a la desmemoria institucional mientras los sobrevivientes intentan, literalmente, volver a ponerse de pie.