Vertimientos y conexiones son algunos de los problemas de este afluente que se convierte en caño de escaso caudal antes de entrar al barrio que lleva el mismo nombre.

[[nid:506355;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/02/portada.jpg;full;{En critica situación se encuentran los dos afluentes a su paso por las zonas rurales y urbanas, donde sus aguas son sustraídas para riegos de cultivos y contaminadas contaminadas por aguas servidas de algunos corregimientos.Oswaldo Páez l El País}]]

 

En los 32 años que Óscar Miranda lleva viviendo en La Reforma, no recuerda haber visto una crisis peor del río Meléndez.

Cuenta que hace años el agua le llegaba al cuello en los cuatro pozos del sector conocido como La Fonda. Pero ahora, las grandes bahías de rocas le impiden bañarse como antes, pues solo quedan unos cuantos charcos en los que no alcanza ni a mojarse los tobillos.

En La Reforma, en algunos de los puntos más hondos donde la gente solía escamparse del calor, el agua es un espejo con menos de 20 centímetros de fondo que apenas alcanza a rozar las piernas de unos jóvenes que fuman mientras bañan. “Ahora uno alcanza a ver algunos pedazos con agua clara, pero es más el agua negra”, dice. 

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De hecho, en la bocatoma de la planta de tratamiento de Emcali, el líquido siquiera alcanza el peldaño de los diez centímetros en la métrica de captación. Allí, a 1300 metros de altura, el caudal registra 268 litros por segundo; una cifra  crítica si se tiene en cuenta que el nivel normal del río son 580 litros por segundo.

“El río nunca había presentado niveles tan críticos como los actuales, pero lo más preocupante es que no se ve  una recuperación de la cuenca, planes de arborización y canalización de las descargas residuales de las fincas que están antes de la planta de tratamiento. Esto no es nada, lo que se viene con el Fenómeno de El Niño puede ser peor”, asegura Diego Bolaños, jefe de Distribución de Agua Potable de Emcali.

El vaticinio del funcionario parece cumplirse 10 kilómetros más abajo, cuando aparecen desde casas bien erguidas sobre la colina hasta los asentamientos de Las Palmas, El Crucero y demás invasiones que están sobre la cuenca del río y que,  además de aportar vertimientos, succionan el agua del afluente con mangueras que tienen entre media y dos pulgadas. En algunos tramos se pueden observar hasta cinco de estas tuberías hechizas.

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La CVC solo tiene doce concesiones autorizadas en el río Meléndez, que reportan 385 litros por segundo, de los cuales 305 son para consumo humano y los 80 restantes, para otros usos.

Río abajo, en el barrio Meléndez, del caudal  solo quedan algunos hilos de agua que se pierden entre la enormidad de las piedras. Detrás del Club Campestre, justo en la ribera, desde hace seis meses y en el mismo cambuche vive John Jairo, un exmilitar que se acostumbró a tomar agua sucia mientras prestó servicio en Putumayo y  que observa a diario cómo el nivel del agua baja a las 4 de la tarde y vuelve a subir a las 9 de la noche.

Después de ese punto, la agonía del río  arrecia con los personajes que, como John Jairo, hacen de los puentes sus casas y arrojan desde empaques de papas fritas hasta toda clase de mobiliario. Ese panorama se replica a lo largo de su paso por los puentes de la Calle 5, donde poco a poco el río termina convirtiéndose en un canal de aguas negras que recoge los desechos de Nápoles, El Ingenio  y El Caney.

Un alcantarillado llamado río Cañaveralejo

Del agua cristalina que solía bajar por el río Cañaveralejo  desde los Farallones, a 1800 metros de altura, poco o nada queda.

Eso dice Guillermo Correa, quien desde 1958 vive en La Sirena y dice que ya nadie nada en él porque arrastra más agua negra que limpia. “Esto es una alcantarilla. Por estos lados uno no puede tomarse un jugo sin la sensación de querer vomitar. Si usted se atreve a meterse, probablemente, se le cae la piel”, sentencia.

Y es que solo en la entrada a la vereda se pueden observar veinte viviendas que vierten sus aguas residuales sobre el afluente. Dice Francisco Castillo, un ‘moto ratón’ del sector, que más arriba, en La Carolina, una marranera también hace lo suyo. 

 Ya en la ciudad, el río sigue su curso a través de un canal de aguas lluvias que paulatinamente empieza a ser impactado por descargas de canales como el de San Fernando, donde pierde por completo lo que restaba de la claridad del agua.  

En Brisas de Los Samanes, en la Carrera 50 con Avenida Simón Bolívar, el agua cristalina del Cañaveralejo parece un mal chiste comparado con el canal desbordado de basura aportada por asentamientos como ‘El Pasaje de La Misma Gente’, un tugurio en el que viven 120 familias que desde hace años tiran todos sus residuos a lo que resta del río.