Como lo muestran los siete libros que ha escrito, el sociólogo y docente de la Universidad del Valle, Jesús Alberto Valencia, se ha dedicado a estudiar las continuidades y discontinuidades de la violencia que ha afectado al país desde los años 50.
“La figura de Gustavo Rojas Pinilla ha sido muy vilipendiada a lo largo de la historia colombiana”, reitera antes de contar que en la época en que el general llegó a la Presidencia de la República también hugo entrega de guerrillas que llevaron a pensar “que las cosas iban a cambiar”.
A propósito de ‘La entrega de armas de las guerrillas del Llano’, que será presentado esta semana en la Feria Internacional del Libro Cali 2018 y del cual es coautor, el docente habló con El País.
En este libro usted regresa al estudio de la figura del general Rojas Pinilla, ¿de qué manera?
El libro recoge documentos de un archivo muy importante que recuperamos sobre la crisis de los años 50. Alude a un momento muy importante en Colombia, que fue la llegada al poder de Rojas Pinilla, cuando en Colombia había más de 6000 hombres en armas, porque significó, de manera casi automática, la entrega de todos los grupos guerrilleros armados. La figura de Rojas Pinilla ha sido muy vilipendiada a lo largo de la historia colombiana, pero ahora se está abriendo paso una revaloración de lo que fue ese Gobierno, que despertó en la gente una ilusión enorme de que las cosas iban a cambiar. La luna de miel de Rojas con las élites políticas del país duró 18 meses, pero fue muy positiva para desactivar la violencia, cuyo período más grave fue entre 1949 y 1953.
Según usted lo relata, lo de incumplir los acuerdos con esos grupos no es nuevo en Colombia...
En la época de Rojas, muchas entregas de guerrilleros no fueron necesariamente voluntarias, había una presión muy grande del Ejército para que lo hicieran, pero ellos también tenían mucho interés en regresar a sus labores agrícolas. Hubo incumplimientos de las promesas que les hicieron y con la reparación de los daños que la violencia había causado en las zonas donde vivían.
Sin embargo, usted dice que logró disminuir la violencia. ¿Cómo fueron las siguientes tres décadas?
Hay gente que dice que la paz no fue tanta, porque había unos 22 muertos por 100.000 habitantes, a la altura del país más violento de América Latina en la época, que era Brasil. La violencia vuelve a irrumpir a finales de los 70 y sigue creciendo. La toma del Palacio de Justicia, en 1985, es un momento muy emblemático porque a partir de allí la violencia se desborda por completo. Obviamente allí hay un componente que es la gran tragedia de este país: el narcotráfico. Sin él, las negociaciones de paz del presidente Belisario Betancur con las guerrillas hubieran tenido éxito, pero el narcotráfico les proporcionaba a las ellas una alternativa mejor que la ofrecida por el Gobierno.
Justo por eso resulta paradójico que ahora se haya logrado que las Farc firmaran la paz, ¿qué cree que motivó a la guerrilla a hacerlo?
Algo importante fue cierto elemento de derrota militar. Ellos se dieron cuenta de que era una lucha imposible de llevar a cabo. Allí hay un mérito que el presidente Uribe nunca ha querido aceptar, que fue haber logrado un cambio en la correlación de fuerzas militares, porque el narcotráfico seguirá vigente durante mucho tiempo y mientras eso pase, difícilmente vamos a tener un país en paz.
A mí lo que me parece importante de las negociaciones con las Farc es que se acabe el grupo armado que tiene pretensiones políticas. Es importante que se dé esa diferencia entre grupos delincuenciales y grupos políticos. Por eso la terminación del conflicto con el ELN también sería muy positiva, porque con los otros grupos la oferta no es negociación sino entrega con garantías.
Pero hay quienes dicen que a más tardar en diciembre podría estarse conformando una nueva guerrilla, ¿qué opina al respecto?
Hay noticias de que algunos exmiembros de las Farc están volviendo a recuperar el nombre, cosa que no sería nada bueno para el país. El problema es que la implementación de los Acuerdos ha sido mal hecha. No sé por qué el presidente Santos se autosaboteó y no se preocupó más por promover una implementación que volviera más sólidos los Acuerdos. Más allá de los problemas que se presentaron por la pérdida del Plebiscito, la logística y la ocupación territorial por parte del Estado para llenar los espacios que las Farc dejaron, es gravísima. Esos espacios han sido llenados por otros grupos o por sectores del ELN.
Usted que ha trabajado tan de la mano con el sociólogo francés Daniel Pécaut, dedicado a estudiar el caso colombiano, ¿qué se debe hacer para que la Paz no naufrague?
Es una situación compleja porque hay muchos enemigos de la paz, pero sería interesante que el nuevo Gobierno asumiera una actitud positiva frente al proceso y abandonara esa idea de hacerlo trizas, frase que ya no está en el discurso de Iván Duque, e incluso organizara una renegociación para corregir algunas cosas.
Los miembros de las Farc tienen que ser conscientes de que hay cosas que negociaron que eran muy difíciles de sacar adelante, como la presencia de los exguerrilleros en el Congreso. Lo hubieran podido hacer de manera más matizada o que los que llegaran no fueran líderes con un pasado tan claro en la guerrilla si no personas más distantes de la lucha.
Pero también necesitamos que haya una actitud más positiva de las élites políticas del país frente a la situación y que sean más conscientes de que terminar de arruinar lo poco que queda sería fatal para Colombia.
¿Serían ellas las llamadas a menguar la polarización en la que están sumidos los colombianos?
Yo pensaría que acabar con la polarización pasaría porque una generación nueva reemplace a la actual y que personajes como Santos y Uribe den un paso al costado y abran la posibilidad de que nuevos actores políticos entren a trabajar de manera más autónoma con respecto a ellos.
O será que la historia muestra un país destinado a la fatalidad de la violencia...
En Colombia hay una lógica de generaciones, de venganzas. Hay zonas especialmente marcadas por la violencia actual que fueron zonas de violencia en los 50 y también hay elementos de memoria colectiva importantes, tema que abordamos en el libro sobre las conversaciones con Pécaut, y es que la gente vive la violencia en este país como una especie de fatalidad histórica, como algo de lo que nunca podremos salir, como una cosa que se repite incesantemente, una especie de cataclismo al que estamos condenados. Incluso el propio libro de García Márquez es terriblemente fatalista, es una expresión muy interesante de una mentalidad colombiana profundamente fatalista: ‘no hay una segunda oportunidad sobre la tierra’, es la última frase.
Tal vez tenemos que mirar con un poco más de optimismo el futuro para ver si hay posibilidades de reconstruir las cosas de otra manera y que la violencia no siga estando presente. Para mí, lo más importante es que la violencia no esté presente como referente de fondo de la vida política colombiana.
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