Capricho de millonario

Capricho de millonario

Septiembre 14, 2017 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Al mexicano Carlos Slim, el cuarto hombre más rico del mundo y el primero en Latinoamérica, le dio por hacerle un homenaje a Soumaya Donit, su difunta esposa. Y no con cualquier antojito mexicano. Mandó a construir en Ciudad de México un edificio que se proyecta hacia el firmamento, cubierto por 16 mil hexágonos de aluminio para que brille a la distancia. El pretencioso diseño fue del arquitecto local Fernando Romero, a quien Slim le dio vía libre para contratar la supervisión a la oficina del famoso Frank Ghery. Su costo fue de 47 millones de euros ($145 mil millones). Con ello Slim logró lo que se proponía: mostrar, con la obviedad de los nuevos ricos, el relumbre de su riqueza personal.

Una fortuna inverosímil amasada en menos de 25 años, gracias a los privilegios del poder, de los favores recibidos de su amigo el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, hoy prófugo de la Justicia, acusado de una mega corrupción con la cual él y sus amigotes se lucraron como resultado de la desbocada política de privatizaciones impulsada por su gobierno a comienzos de la década de los 90. En ese escenario, el ingeniero Carlos Slim se convirtió en el rey de las telecomunicaciones no solamente en su país sino en el hemisferio y como resultado está en las grandísimas ligas mundiales.

En su nuevo papel de mecenas de las artes, su joya de la corona es la mencionada mega construcción, vuelto un museo de arte de nombre Soumaya, que abrió con gran festín de inauguración con el presidente Calderón, claro está, a la cabeza, en el 2011. Este alberga 70 mil obras que adquirió también, como todo lo suyo, a punta de chequera: comprando colecciones que pueden verse de manera gratuita y está abierta todos los días del año. Para completar ofrece, y como corresponde por su meganegocio, el internet más veloz de la ciudad.

En el interior de los seis pisos que se conectan en espiral, imitando al Museo Guggenheim de Nueva York, se repiten los excesos. Un derroche de la desproporción que abruma y aburre. Un caos ecléctico que solamente responde al capricho de su mecenas. Son tantas las réplicas de Rodin (la mayor colección fuera del museo del artista en París), apretujadas en un piso completo, que no se logran apreciar y mucho menos valorar. No son decenas, sino cientos los paisajes de Venecia -de Tintoretto y de artistas de todo tipo- hasta la saturación que genera el rechazo, igual sucede con la sala ‘Asia en marfil’, tallas y más tallas en colmillos de elefantes pequeños, grandes, enormes, que antes que asombrar producen rabia ante la magnitud del elefanticidio consumado.

Se repite la sensación de exceso con los cientos de monedas antiguas provenientes de colecciones numismáticas adquiridas a granel; con las miniaturas y los múltiples trabajos de arte religioso -cuadros, crucifijos, custodias- donde la plata y el oro juntos copan la escena con bargueños, muebles y demostrar. Entre tal cantidad de objetos, las pinturas de los grandes maestros europeos del impresionismo -Van Gogh, Monet, Renoir- y antiguos maestros europeos -El Greco, Brueghel, Zurbaran-, terminan extraviadas. Al final, todo termina confundido en un mar de excesos producto del capricho y del afán de posesión de un nuevo rico contemporáneo llamado Carlos Slim.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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