ciencia
Buscaban un barco perdido en la Antártida y encontraron algo inesperado bajo un enorme iceberg
Hallazgo inesperado: miles de estructuras circulares revelan vida oculta bajo el hielo.
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18 de ago de 2026, 04:44 p. m.
Actualizado el 18 de ago de 2026, 04:44 p. m.
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Buscaban un legendario barco hundido en la Antártida y, en lugar de restos humanos de una historia de exploración, las cámaras devolvieron una imagen inesperada y fascinante: un paisaje submarino cubierto por cientos de círculos perfectos, más de mil nidos dispuestos sobre el sedimento en una zona del mar de Weddell que hasta hace pocos años había permanecido oculta bajo el hielo.
La expedición, que en enero de 2019 zarpó a bordo del SA Agulhas II con la intención de localizar el HMS Endurance la embarcación de la era de Shackleton que se hundió en 1915, no logró encontrar el naufragio en ese viaje, pero sí abrió una ventana inédita a un ecosistema que había estado aislado durante décadas tras el desprendimiento del gigantesco iceberg A68 en 2017.
Ese desprendimiento dejó al descubierto áreas de fondo marino que hasta entonces no habían sido accesibles para la observación directa, y fue precisamente en una de esas zonas donde el vehículo submarino operado a distancia, conocido como Lassie, registró la sorprendente escena.
Las imágenes mostraban una sucesión de huecos circulares en el sedimento, algunos agrupados, otros formando líneas, óvalos, medias lunas o figuras en forma de U.

Al revisar los registros con detenimiento, los científicos identificaron en el interior de muchos de esos huecos peces, huevos y larvas: se trataba de nidos construidos por Lindbergichthys nudifrons, una especie adaptada a las aguas extremadamente frías de la Antártida.
Más de mil estructuras fueron contabilizadas en las áreas estudiadas, lo que no solo revela la densidad de la actividad reproductiva en ese hábitat, sino también la riqueza de comportamientos que permanecían desconocidos hasta que el hielo dejó ver el fondo marino.
El patrón de distribución de los nidos llamó tanto la atención como su mera existencia. No estaban dispersos al azar: predominaban los racimos, que representaron alrededor del 42% de las estructuras observadas, pero también aparecían nidos alineados, superpuestos y aislados.
Los investigadores interpretan que esa organización cumple una función defensiva: al agruparse, los peces reducen la probabilidad de que un depredador identifique y ataque un nido concreto, un principio que encaja con la llamada “teoría del rebaño egoísta”, según la cual cada individuo se beneficia de la proximidad a otros al disminuir su propio riesgo de depredación.

En este caso, los machos son los encargados de custodiar los nidos durante aproximadamente cuatro meses, un periodo en el que deben repeler ataques de ofiuras, gusanos marinos y otros invertebrados que localizan los huevos por señales químicas. Los nidos aislados, por su parte, tendían a estar ocupados por ejemplares de mayor tamaño, lo que sugiere que individuos más grandes y posiblemente más capaces de defender su puesta optan por la soledad reproductiva.
Más allá de la biología puntual de una especie, el hallazgo tiene implicaciones más amplias: demuestra cómo los cambios en la cubierta de hielo en este caso, la fractura y deriva del A68 pueden revelar hábitats hasta entonces invisibles y permitir observaciones directas de comportamientos ecológicos que permanecían fuera del alcance.









