Los secretos de un caleño que está a punto de cumplir un siglo de edad

Los secretos de un caleño que está a punto de cumplir un siglo de edad

Julio 21, 2019 - 07:55 a.m. Por:
Paola Guevara y Carlos Climent
Carlos Peñaloza

Carlos Peñaloza prepara paella con frutos de mar, aconseja a toda su familia que lo llama para pedir sus sabios consejos y conserva la agilidad de sus piernas, pues caminar es una de sus actividades indispensables de cada día.

Jorge Orozco / El País

Se despierta temprano y se prepara una avena que no endulza con azúcar, porque desde hace mucho tiempo la desterró de su dieta junto a las carnes rojas y los lácteos. Según él “la leche es para los terneros”.

Cada mañana desayuna con frutas diversas, guayabas, mangos, papaya, naranjas, entre tantas otras. Pero nunca en forma de jugo, advierte, porque este médico de la Universidad Nacional y becado de la Universidad John Hopkins de Baltimore, no está dispuesto a perder los beneficios nutricionales y digestivos de la fibra natural.

Luego sale a caminar, a respirar aire puro en contacto con la naturaleza. Todos los días lee. Y casi todos escribe. Lleva un cuaderno con apuntes, que contiene los recortes de la sección ‘Sé Salud’ de El País, la preferida de este experto en medicina rural que dedicó su primera juventud (porque actualmente vive la segunda juventud) a trabajar por las comunidades del Pacífico, donde erradicó en tres años la temible enfermedad del Pian, una infección crónica desfigurante y debilitante que en los años 50 asoló poblaciones vulnerables.

Como hace nueve años falleció en sus brazos el amor de su vida, la que fue su adorada esposa por 57 años, en la actualidad vive a las afueras de Cali con uno de sus hijos, Guillermo, cuya misión muchas veces consiste en convencer al mundo incrédulo de la lucidez de su padre.

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Hace poco, en una notaría, no querían dejar que Carlos Peñaloza firmara unos documentos. Al ver su edad creyeron que no tendría uso de razón. El hijo, entonces, convenció a la notaria de hablar con su padre, y esta, al constatar la absoluta fluidez del discurso y la memoria prodigiosa de Carlos, ordenó a los empleados de la notaría no ponerle trabas legales a este ciudadano de pleno derecho.

Otras veces son los médicos los incrédulos. Al hacer las preguntas de rutina se dirigen casi siempre al hijo, pues creen que el padre ni oye, ni entiende, ni recuerda, ni nada de nada.

Pero al saber que se trata de un brillante colega, y de un hombre con facultades físicas y mentales intactas, terminan pidiéndole consejo o indagando cómo hizo para llegar a los 99 años y medio con tantos bríos.
Nacido el 6 de enero de 1920, tuvo noticias de la Gran Depresión, de la II Guerra Mundial, de la llegada del hombre a la Luna, vio caer el Muro de Berlín y pasó de la Colombia de luz de vela a la moderna del Internet por donde seguro viajarán esta historia y su foto.

Sobre su memoria, que retiene con fidelidad fechas lejanas, datos recientes, nombres, apellidos, rostros, citas, artículos leídos y demás, la clave -cree- podría estar en que camina desde niño y, desde que tiene uso de razón, el pescado es su debilidad.

Su largo matrimonio lo describe como una fuente de felicidad constante. Se casaron ya entrados en los 30 años, tuvieron cinco hijos, cinco nietos y pronto Carlos irá a visitar a su primera bisnieta, recién nacida, que vive en Estados Unidos. ¿Que si lo dejan volar sin problema? ¡Por supuesto! Si la primera aerolínea colombiana también se fundó hace 100 años.
Como creció en una hacienda ganadera del centro del país junto a su padre, el pescado de río -cocido entre hojas fragantes al interior de la tierra- hace parte de sus sabores primordiales.

Cuando -ya graduado de medicina en la Universidad Nacional de Bogotá- le dijeron que se necesitaban sus servicios en el Pacífico colombiano, pensó en el pescado que comería allí y no hubo asomo de duda: fue.

Allí ayudó a combatir una epidemia venida de Brasil que afectaba la piel de los habitantes del Pacífico.

Organismos internacionales le pidieron investigar estas y otras enfermedades tropicales, y así lo hizo en México, en Estados Unidos y otras países donde perfeccionó sus conocimientos y ganó experiencia.
Con los antibióticos adecuados, en tres años viajó por todo el Pacífico hasta desterrar la enfermedad.

Recuerda que por ser primogénito su padre lo quería abogado y desde niño lo obligaba a leer códigos y sentencias, pero la medicina se metió por sus venas cuando en la hacienda de su padre los capataces lo llevaban a ver a las reses enfermas, cuyas heridas sanaban con la sabiduría de los remedios campesinos.

Carlos ha vivido para servir a otros a través de la medicina, alejado del alcohol y las drogas alucinógenas, y también alejado de la burocracia que consumía como un cáncer a esa joven nación llamada Colombia, que se debatía a muerte entre liberales y conservadores, y donde los cargos políticos en las instituciones de salud ralentizaban los procesos mientras la población sufría de abandono.

Con sus modales caballerosos, con su carácter introvertido y reservado, soportaba uno que otro regaño burocrático, pero con su saber irradió bienestar en ese Pacífico que a cambio le dio sol, mar, playas hermosas, la gratitud de gente buena, la paz de las tareas bien hechas y, por supuesto, el bendito pescado con su carga de fósforo que le tiene tan lúcido.

Claro que los años vienen con los naturales deterioros, un cáncer de próstata que está controlado desde hace ocho años, una arteria del corazón estrecha que, sin embargo, no le impide hacer nada y que los médicos ni siquiera encuentran razón para operar. También una catarata en un ojo, controlada, y que no es obstáculo para leer con ayuda de gafas.
Pero con un sentido del humor, un optimismo y un talento para aconsejar que lo convierten en el centro de su familia, la cercana y la lejana que le consulta todo, espera apagar diez decenas de velitas de su pastel en enero.

Está convencido de que con alegría, lazos sociales y buenos hábitos desde la infancia, los 100 son los nuevos 70.

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