La historia del científico caleño que gracias a la educación rompe paradigmas

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La historia del científico caleño que gracias a la educación rompe paradigmas

Julio 19, 2020 - 07:55 a. m. Por:
Evelyn Henao-Integrante del Semillero de Periodismo USC-El País

A los 25 años, Héctor Hugo Caicedo Angulo se alejó de su hogar, buscando cumplir sus sueños en Estados Unidos. Hoy está vinculado con el MIT y hace colaboraciones con profesores de la Escuela de Medicina y la de Negocios de Harvard.

Foto: Especial para El País

Su formación y su vida como científico, comenta con jocosidad, no ha sido fácil, la compara “como pasar de ser una acema hasta llegar a ser un pastel de chocolate, todo tiene que evolucionar y mejorar”.

Sí, evolucionar personal y profesionalmente ha sido una constante en la vida de Héctor Hugo Caicedo Angulo, científico caleño que goza de gran recorrido en la industria biofarmacéutica estadounidense y europea. Hoy se desempeña como fellow en innovación y estrategia, enfocado en la industria biofarmacéutica, en el prestigioso Massachusetts Institute of Technology, MIT, de Cambridge, EE. UU.

Estudió su bachillerato en el colegio público Antonio José Camacho. Es egresado de la Escuela de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de la Universidad del Valle y se hizo doctor en Ingeniería Biomédica y Biotecnología de la Universidad de Illinois. Además, cursó su posdoctorado en Bioingeniería en la Universidad de Harvard.

En la actualidad, como científico, está enfocado en la convergencia de biotecnologías emergentes y manejo de negocios en biotecnología y brinda consultorías a diversas empresas.

Ha desarrollado varias investigaciones. Los resultados de la más reciente los compartió en un artículo publicado el pasado 22 de marzo en Nature Biotechnology, la revista más prestigiosa del mundo que cubre ciencia y el negocio comercial de la biotecnología.

La nota lleva por título ‘Superar las barreras para la intervención temprana de la enfermedad’. En ella aparece como autor principal y su firma está acompañada de las de Julio Caicedo, su hermano -brillante científico, doctor en ingeniería de materiales de la Universidad del Valle y posdoctor de la Universidad de Barcelona; Daniel Hashimoto, director asociado del Hospital General de Massachusetts; Gary Pisano, decano asociado y profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, y Alez Pentland, cofundador y profesor de MIT Media Lab.

En el artículo se hace referencia a la identificación temprana de pacientes con riesgo de desarrollar ciertas enfermedades y de la posibilidad que ya existe de identificar a individuos asintomáticos que, posteriormente, se convertirán en pacientes. Esta publicación ofrece un cambio de paradigma en el manejo de las enfermedades y el cuidado de la salud, pues asegura que ciertos tipos de patologías crónicas, como el cáncer o Alzheimer, no se dan de un momento a otro, sino que estas comienzan a desarrollarse mucho tiempo antes, sin que muestren síntoma alguno. En el texto se establece de manera detallada una estrategia que se puede considerar y ejecutar por parte de quienes fabrican los medicamentos y los mismos sistemas de salud.

Antes de ver publicado su artículo recibió tres veces el rechazo de esta revista y antes lo habían rechazado en otra. El trabajo de publicación, relata el doctor Caicedo al otro lado de la línea, desde Boston, donde vive, fue difícil y riguroso, duró casi dos años y medio. Los cuatro rechazos que recibió le dieron fuerzas para seguir adelante. “La primera vez que rechazaron el artículo nos hicieron unas correcciones y yo solicité arreglarlo, me dijeron que no, que el texto no aportaba nada, que todo eso ya se había dicho. Esta experiencia fue el motor que me sirvió para decir: ‘ok, ahora lo voy a mejorar y lo enviaré a la revista más importante del mundo’. Y aunque lo rechazaron tres veces más, al final conseguimos nuestro objetivo”.

Al ser rechazado, se acercó entonces al director asociado de la Escuela de Medicina de Harvard, al decano asociado de la Escuela de Negocios y los convenció de hacer parte del proyecto. “Con la ayuda de ellos logré optimizar y elevar el perfil del artículo, en una revista que solo acepta el 8 % de lo que se envía. Es grande el nivel de rigurosidad, los estándares tan altos y el tiempo que eso demora, porque tiene que ser algo transformacional, algo que a nadie más se le ocurra”, afirma.

Una semana después de haber sido publicado el artículo, este fue clasificado dentro de los más influenciables que se han publicado en esa revista. Esto es un gran logro en su carrera, pues gran parte de quienes ahí publican tienen el peso de un premio Nobel.

A desmontar estereotipos

Desde muy pequeño ha marcado la diferencia entre quienes lo rodean y hoy su esencia lo hace diferente al resto de científicos: “Yo no escucho música clásica como el Dr. Einstein; no juego golf como de pronto lo hace el Dr. Patarroyo, yo no uso batas de laboratorio como el Dr. Julio Caicedo. Yo no hago nada como los demás. Y por eso es que soy exitoso, y mal entendido por unos. Aquí no estoy copiando a nadie, aquí estoy rompiendo paradigmas”.

Por eso, quiere desmontar los estereotipos de lo que la sociedad considera debe ser un científico, resaltando sus gustos y otras pasiones.

“En Colombia muchas personas todavía piensan que ser científico es ser una persona que está aislada los 7 días a la semana, las 24 horas del día. Estoy un poco cansado de que la gente me encasille en esa idea de ‘¿dónde está la bata con las gafas de científico?’. Las personas deben entender que la ciencia no solo se hace en la academia y las universidades, hay que crear empresas, emprendimientos, donde científicos con doctorado y posdoctorado puedan actuar, tener una visión de largo plazo de innovación y de negocio, eso es lo que pasa aquí en EE. UU., en Europa. La mayoría de los ejecutivos con doctorado, así como yo, están generando la visión y la estrategia de cómo la ciencia y la tecnología se pueden trasladar al mundo real”.

Apenas se graduó en Univalle, en 2006, aplicó y fue aceptado para hacer un doctorado en la Universidad de Illinios, en Ingeniería Eléctrica. “Llego a vivir con una amiga también egresada de la Universidad del Valle, mi inglés no era muy bueno, yo no era bilingüe, por eso tomé la decisión de cambiarme de casa y vivir solo con personas que hablaran inglés. Y fue una buena decisión, yo estudié en un colegio y universidad públicos y en las noches iba a un instituto, pero no era lo mismo”.

Al evocar su paso por el bachillerato recuerda que tenía dificultades con las matemáticas, entonces acudía a los estudiantes sobresalientes para que lo orientaran, o a su profesor. O estudiaba bien juicioso en su casa, hasta que un día lo que estaba nublado en su cerebro se aclaró, como él mismo lo describe.

Resolver una vez en el tablero un difícil problema de física le hizo ganarse el respeto de sus compañeros. Y al tiempo en que sus resultados académicos eran muy positivos, se vio enfrentado a conductas racistas de algunos estudiantes que le decían que era la primera vez que veían un negro inteligente. Y también por parte de docentes que no llamaban a los alumnos afrodescendientes por sus nombres de pila sino que se dirigían a ellos haciendo referencia a su color de piel. Hasta que alzó su voz y con respeto le dijo a uno de ellos que le parecía absurdo y no entendía por qué tenía que hacer ese tipo de separaciones, si todos tenían nombres. “Ninguno de los estudiantes negros decía nada, pero le dije al profesor: ‘yo quiero que me llame por mi nombre, como lo hace con los estudiantes que no son negros’. Y eso fue como la rebelión del esclavo, a él no le gustó. Me llamó resentido, Michael Jackson, me dijo que los otros estudiantes negros se sentían bien que les dijeran negros. No aceptó la observación. Ese tipo de cosas te marcan cuando estás joven, porque tú siempre escuchas que todos somos iguales, pero son esas microagresiones raciales las que te empiezan a formar una perspectiva de lo que es ser un ciudadano colombiano de primera y de segunda clase”, cuenta y suspira.

Es por eso que uno de los mayores temores de su madre Alipia Angulo es que su hijo deba enfrentar a la Policía en EE. UU., por el racismo que hay en ese país, dice ella. “Si por mí fuera, ya lo habría hecho regresar a Colombia, yo le digo que acá también hay oportunidades y le pido a Dios que lo cuide”.

Superando las barreras

Doña Alipia y su esposo Héctor Caicedo, una pareja de desplazados por la violencia en Barbacoas, Nariño, que construyeron su hogar en el barrio El Troncal, de Cali, siempre se preocuparon porque sus tres hijos (todos hoy destacados científicos) pudieran tener una educación de muy buena calidad.

Con amor y responsabilidad lograron que sus niños sobrepasaran las barreras de la pobreza y el racismo y se convirtieran en profesionales de grandes quilates (ver datos claves).

“Siempre estuve muy pendiente de mis hijos, en lo que hacían, en lo que estudiaban, a donde iban, les revisaba las tareas, les revisaba los maletines, a pesar de que eran muchachos muy buenos, muy sanos, esa era mi regla”. Además, agrega, su hermana mayor fue gran ejemplo, siempre ocupaba el primer lugar, entonces yo les dije: ‘ustedes no se me van a quedar atrás’, y ellos lo tomaron muy en serio y siempre sacaron muy buenas calificaciones.

Uno de los mejores amigos del doctor Héctor Caicedo en Colombia, Luis Trujillo, quien en sus tiempos de universitarios le ayudó a perfeccionar sus pasos de salsa, destaca de este científico de 40 años su gran sensibilidad y la pasión con la que realiza las cosas, “se entrega por completo, no le importa estar en vela hasta el otro día hasta terminar un trabajo”.

Entre tanto, otro de sus amigos, Antuan Castro del Río, recuerda un tiempo en que los ánimos del doctor Caicedo “estaban un poco bajos, en que no estaba hablando cosas muy coherentes, trabajaba mucho tiempo en la industria farmacéutica, aislado de la humanidad y me preocupé”.
Entonces lo invitó a mudarse a Boston, ciudad donde él reside, y le ofreció su casa. “Cuando él llegó aquí, le dije: ‘hermanito, olvídese de la ciencia, de todo, usted necesita encontrar un balance personal, salga y diviértase, haga algo distinto’ y me hizo caso. Salió a distraerse, a compartir con amigos y logró despejar su mente”.

El camino recorrido y los años entregados al cumplimiento de sus sueños han hecho que el doctor Caicedo haya tenido éxitos que están empezando a tener visibilidad en Colombia.

Como dice su amigo Antuan, es un gran ser humano, todo lo que él piensa y modela tiene un ancla a sus sentimientos y a su sentido humanitario, además, es una mente que logra percibir el mundo desde las diversas ramas de la ciencia, lo que le permite analizar el mundo desde muchos ángulos.

El proceso aún no termina y aún falta conocer más de los grandes aportes que Caicedo Angulo puede hacerle a la ciencia.

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