Opinión
La política en modo supervivencia
“En Colombia, muchas administraciones dejan de gobernar desde el segundo año, consumidas por la ansiedad electoral, el blindaje burocrático y la administración de miedos.”
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11 de may de 2026, 01:23 p. m.
Actualizado el 11 de may de 2026, 01:23 p. m.
Por: Álvaro Benedetti*
Por si no se ha detenido a pensarlo, en Colombia hoy avanzan dos campañas al mismo tiempo. La primera es la sórdida carrera presidencial, protagonizada por candidatos más cómodos en la propaganda que en la confrontación pública, y que probablemente terminará privando a los ciudadanos de verlos debatir cara a cara. La otra, menos visible pero mucho más determinante, es la disputa por el control político y burocrático de las regiones rumbo a las elecciones territoriales de 2027.
Esta última ocurre también ante las cámaras, entre camarillas y camaradas. Tiene efectos mucho más concretos sobre la vida cotidiana de la gente y, a juzgar por lo que ocurre en muchas administraciones territoriales, nunca se detuvo. Mientras el debate público se distrae entre escándalos pasajeros, empiezan a aparecer obras frenadas sin explicación, secretarías paralizadas, lentitudes exacerbadas y funcionarios ‘técnicos’ apartados de sus cargos.
En este país —tragedia latinoamericana por defecto— gobernar terminó pareciéndose demasiado a un juego de cuotas, acomodos y favores pendientes: aunque los gobiernos duran cuatro años, muchas administraciones dejan de gobernar desde el segundo, consumidas la ansiedad electoral, el blindaje burocrático y la administración de miedos. Cada grupo político protege contratos, operadores y espacios de poder, mientras demasiadas decisiones dejan de responder a la ciudadanía para someterse a la conveniencia.
No sé si lo están notando, pero es ahí cuando el deterioro empieza a sentirse de verdad, con proyectos que pierden prioridad porque, en la lógica de quienes deberían ejecutarlos —un secretario de despacho, por ejemplo—, podrían terminar fortaleciendo la imagen de un futuro rival. A estas alturas valdría la pena preguntarnos qué está pasando con todas esas inversiones, programas y obras que hace apenas unos meses eran anunciadas con entusiasmo en recorridos, debates y plazas públicas. No hace falta decir cuáles ni en cabeza de quién están…
Y también habría que preguntarse qué puede pasar de aquí al final de estos gobiernos; el problema no siempre es la falta de capacidad, sino una política territorial devorada por la ansiedad y en la cual donde demasiados dirigentes dejaron de entender la noción del servicio público para convertirlo apenas en un mecanismo de supervivencia.
Tal vez lo más desmoralizador no sea la falta de resultados o la ineficiencia administrativa, sino esa sensación de sentirnos importantes solo durante el breve instante en que nuestro voto resulta útil. Al final, todo vuelve a girar alrededor de una política encerrada en sí misma, consumida por vanidades y demasiado acostumbrada a responderle a la gente apenas con migajas.
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Claridades: No sé si Germán Vargas Lleras habría sido un gran presidente, pero sí me habría gustado verlo gobernar. Siempre creí que encarnaba una rara mezcla de rigor, carácter y eficacia, propia de aquella generación de mediados del siglo pasado que hizo de la tecnocracia una manera de intentar darle orden a este proyecto de país todavía inconcluso. Logró, a la colombiana, elevar el estándar de ejecución pública en la década pasada y ejercer un liderazgo portentoso, de esos que despiertan amores y odios con la misma intensidad. ¡Vaya señal!: su muerte coincide con un momento en que algunos extrañamos menos retórica y más ejecución. Paz en su tumba.

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.
6024455000






