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Las grandes obras

El problema colombiano no ha sido únicamente la falta de ideas, sino la incapacidad de ejecutar con continuidad.

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José Félix Escobar
José Félix Escobar. | Foto: El País

11 de may de 2026, 12:24 a. m.

Actualizado el 11 de may de 2026, 12:24 a. m.

La queja de la directora de la Cámara de Comercio del Cauca, al señalar que su departamento es el único del occidente colombiano sin salida al océano Pacífico, pone sobre la mesa una discusión más profunda: Colombia mantiene una deuda histórica con la integración de sus territorios. Muchas zonas continúan aisladas por vías insuficientes y decisiones aplazadas.

Las grandes obras no son un lujo. Son, en muchos casos, la condición material para que una región pueda participar en la vida económica y social del país. Sin vías, puertos, trenes, energía confiable y conexiones estratégicas, el discurso del progreso se vuelve abstracto. No es serio exigir competitividad a territorios que no tienen cómo mover sus productos.

Colombia debe pensar en proyectos de gran escala con visión nacional. La comunicación terrestre entre Colombia y Panamá, una vía transversal entre Buenaventura y los Llanos Orientales y la adopción de energía nuclear para la Costa Atlántica son debates que el país no puede seguir aplazando por miedo o falta de voluntad política.

La conexión con Panamá abriría una discusión sobre integración continental; la vía entre Buenaventura y los Llanos articularía el Pacífico con una región productiva de gran potencial; y la energía nuclear en la Costa Atlántica, analizada con criterios técnicos y no con prejuicios, podría hacer parte de una conversación responsable sobre seguridad energética.

El entusiasmo por las grandes obras no puede hacernos olvidar que el desarrollo también se juega en proyectos que parecen menores, pero que para las regiones son urgentes. La carretera Mulaló-Loboguerrero y el tren de cercanías en la región de Cali son ejemplos claros. Tal vez no tengan el brillo de una megaobra nacional, pero pueden cambiar la vida cotidiana de miles de personas.

El problema colombiano no ha sido únicamente la falta de ideas, sino la incapacidad de ejecutar con continuidad. Cada gobierno anuncia prioridades nuevas y convierte la infraestructura en escenario de disputa política. Así, las obras se demoran, se encarecen o se quedan atrapadas entre estudios, licencias y litigios. Mientras tanto, las regiones esperan. Y esperar, para muchos territorios, significa perder inversión, empleo y calidad de vida.

Colombia necesita atreverse a pensar en grande, pero también aprender a cumplir en lo concreto. Las regiones no pueden seguir mendigando conectividad como si fuera un favor. La infraestructura es una forma de justicia territorial. Cuando una carretera se termina, cuando un tren funciona, cuando una fuente de energía garantiza estabilidad, no solo se mueve la economía: también se reconoce que hay ciudadanos que merecen estar conectados con el resto del país.

Las grandes obras deben dejar de ser promesas de campaña y convertirse en compromisos de Estado. Un país que no conecta sus regiones termina desconectando también a su gente.

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Posdata. Se ha cumplido un año de la escogencia de León XIV como pontífice de la Iglesia católica. Este norteamericano sencillo y a la vez profundo está llamado a marcar una gran huella en el devenir contemporáneo del catolicismo.

León XIV ha sido visto caminando en zapatillas por las calles de Roma. No en vano un escritor italiano dice que no se trata de un papa americano, sino de un americano papa.

Doctor en Jurisprudencia del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Abogado en ejercicio. Colaborador de EL PAÍS desde hace 15 años.

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