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El horizonte

Vivimos proyectando la felicidad unos pasos más adelante, como si siempre estuviera esperando en la próxima estación.

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Daniel López
Daniel López, gerente de sostenibilidad del Banco de Occidente. Foto suministrada por la empresa. | Foto: El país

4 de ago de 2026, 02:30 a. m.

Actualizado el 4 de ago de 2026, 03:47 p. m.

Vivimos mirando el horizonte. Desde niños nos enseñan a pensar en el siguiente paso: terminar el colegio, entrar a la universidad, conseguir un buen trabajo, comprar una casa, ascender, viajar, ahorrar más, alcanzar una nueva meta. Buena parte del progreso de nuestras vidas nace precisamente de esa capacidad de imaginar un futuro mejor.

Entonces ocurre algo curioso. Llegamos a lugares que durante años soñamos alcanzar y apenas permanecemos allí el tiempo suficiente para disfrutarlos. Conseguimos el ascenso y ya pensamos en el siguiente. Compramos la casa y empezamos a soñar con una mejor. Alcanzamos una meta personal y, casi de inmediato, sentimos la presión de reemplazarla por otra. Vivimos proyectando la felicidad unos pasos más adelante, como si siempre estuviera esperando en la próxima estación.

La psicología lleva años estudiando este fenómeno. Lo conoce como adaptación hedónica: la extraordinaria capacidad que tenemos para acostumbrarnos a los cambios, incluso a aquellos que alguna vez creímos que transformarían nuestra vida. Investigadores como Sonja Lyubomirsky, Daniel Gilbert y otros han mostrado que, tras un ascenso, un aumento de ingresos o un logro importante, la satisfacción suele regresar con relativa rapidez a niveles muy similares a los que teníamos antes. No porque esos logros no importen, sino porque nuestra capacidad de adaptarnos es mucho más rápida de lo que imaginamos. Quizá por eso alguien dijo alguna vez que la felicidad es la diferencia entre nuestra realidad y nuestras expectativas. No importa tanto la exactitud de la frase como la verdad que encierra. Cuando las expectativas crecen más rápido que nuestra capacidad de valorar lo que ya hemos construido, siempre sentiremos que nos falta algo para empezar a disfrutar la vida.

Y, sin embargo, las expectativas también cumplen un papel fundamental. Gracias a ellas estudiamos, emprendemos, innovamos y construimos proyectos que parecían imposibles. El problema no son las metas. El problema aparece cuando dejamos que ellas se conviertan en el único lugar donde creemos que vale la pena vivir.

Pienso que muchas de las oportunidades más importantes llegan precisamente cuando dejamos de mirar obsesivamente el horizonte. Llegan en una conversación que no esperábamos, en un reencuentro, en un proyecto que decidimos retomar, en una amistad que recuperamos o en la simple posibilidad de descubrir que el lugar donde hoy estamos también merece ser disfrutado. La vida pocas veces cambia de un solo golpe. Casi siempre cambia a través de pequeñas oportunidades que solo son visibles para quien está realmente presente.

Vivimos en una cultura que nos invita permanentemente a acelerar. A producir más, alcanzar más, comparar más y planear más. Todo eso tiene valor. Pero pocas veces alguien nos recuerda que también necesitamos detenernos para reconocer el camino recorrido. No para conformarnos, sino para comprender que el crecimiento no consiste únicamente en llegar más lejos. También consiste en desarrollar la capacidad de mirar con gratitud el lugar al que ya hemos llegado.

Las metas seguirán moviéndose. El horizonte siempre parecerá estar un poco más adelante. Esa es, quizá, la condición natural de cualquier persona que quiera crecer. Pero la vida tiene una particularidad que a veces olvidamos: nunca ocurre en el horizonte.

Ocurre aquí.

Y, por andar pensando tanto en el mañana, corremos el riesgo de dejar pasar todo lo bueno que ya está ocurriendo en el presente.

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