Columnista

Fake news no eran

El fracaso no es solo de Trump. Es de un partido que renunció a tener ideas propias a cambio de tener poder

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Hernando González Holguín es  es caleño, estudió Ciencia Política en la Universidad de los Andes y lleva más de diez años trabajando en empresas de tecnología. Es fundador de Shake, una consultora de estrategia e innovación digital en Estados Unidos, y actualmente está en Madrid cursando un MBA en IE Business School.
Hernando González Holguín es caleño, estudió Ciencia Política en la Universidad de los Andes y lleva más de diez años trabajando en empresas de tecnología. Es fundador de Shake, una consultora de estrategia e innovación digital en Estados Unidos, y actualmente está en Madrid cursando un MBA en IE Business School. | Foto: Cortesía / Suministrada a El País.

6 de nov de 2026, 01:46 a. m.

Actualizado el 6 de nov de 2026, 01:46 a. m.

Decían que era una ola azul y fue un tsunami. Kansas no elegía un senador demócrata desde 1932, allá cuando Roosevelt era presidente. Ni el ungido personal de Trump pudo salvar Texas, un Estado que los demócratas no ganaban en 32 años. Los republicanos perdieron las dos cámaras del Congreso, algo que no le ocurría al partido oficialista en dos décadas. Trump venía llamando fake news a las encuestas, pero fake news no eran.

Hace meses nadie lo hubiera imaginado, y sin embargo, la derrota ya venía avisando. Lo insólito no es que llegara, sino que su propio responsable la apresurara. En lugar de hacerle campaña a los candidatos republicanos, convirtió la contienda en un homenaje a sí mismo. Su propia jefa de gabinete, Susie Wiles, lo resumió sin pudor, vamos a darle la vuelta y ponerlo a él en la boleta. No un candidato, no un partido, un solo hombre. Ese mismo hombre ahora culpa a los candidatos, a Fox News, al gobernador de Texas y a la gasolina. Los responsables siempre son otros.

Hacer campaña sobre sí mismo era apenas el primer síntoma. Puertas adentro, el presidente dedicaba largas horas a la televisión. Un análisis de The Daily Beast, publicado en julio, sobre su calendario y los reportes de la prensa acreditada en la Casa Blanca, reveló que el presidente más poderoso del planeta reservaba la mañana entera frente al televisor viendo cómo los canales hablaban de él. Mientras la inflación y el costo de vida ocupaban las mayores preocupaciones de los ciudadanos, el responsable de resolverlas se admiraba combatiéndolas en la pantalla, como si la pantalla fuera un espejo. Un presidente rodeado de espejos termina perdiendo la frontera entre él y el país que gobierna.

Pero fuera de la residencia, el país no estaba mirando el mismo programa. Siete de cada diez americanos desaprobaban su manejo de la economía y hasta el 96 por ciento de los votantes republicanos reconocía una crisis de precios. Trump la calificó de montaje, un invento demócrata. El malestar llegó a tal punto que ni Fox, su propio altar mediático, se salvó. Terminó llamando fake news a un periodista de la cadena. Los periodistas lo sabían, cada pregunta incómoda se saldaba con un insulto, una manera de evitar responder sin tener que resolver. El presidente llevaba meses prometiendo que los precios iban a bajar rápidamente, pero se le acabó el tiempo. Y en definitiva, la magnitud de la derrota demostró que la crisis no era ningún montaje.

El fracaso no es solo de Trump, es de un partido que renunció a tener ideas propias a cambio de tener poder. George Will columnista conservador, lo explica mejor que nadie. El partido se volvió un culto por ausencia de ideas. “No son devotos, son invertebrados”, dijo. Y los invertebrados no tienen columna para sostener al jefe, obedecen mientras gana y huyen cuando pierde. Esto lo demostraron los candidatos republicanos cuando, a semanas de la elección, empezaron a esconder el respaldo presidencial de sus páginas web y a sacar anuncios desmarcándose. No se fueron porque cambiaron de ideas, se fueron porque nunca las tuvieron. Ahora tienen que decidir si quieren volver a ser un partido político o seguir siendo el club de fans de un reality show que acaba de perder audiencia.

Lo ocurrido en Estados Unidos deja varias lecciones. Insultar a la prensa no la silencia, la convoca. Llamar fake news a la inflación no baja los precios, los convierte en castigo electoral. Y cuando un líder confunde su reflejo con el país, el país termina por aterrizarlo. Trump pidió que estas midterms fueran un referéndum sobre él mismo. Las urnas, obedientes, se lo concedieron. Al final, lo que le pasó a Trump tiene nombre, síndrome de hubris, la pérdida progresiva de contacto con la realidad de los líderes que se acostumbran a los elogios. El poder termina por anestesiar a la persona hasta que deja de escuchar al país que gobierna. La pregunta es si Trump escuchará esta vez, o si lo volverá a llamar fake news.

Empresario tecnológico y fundador de Shake, consultora de estrategia digital e innovación. Ciencias Políticas y Derecho en Propiedad Intelectual de la Universidad de los Andes y MBA del IE Business School.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas