Un país para contar

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Un país para contar

Mayo 16, 2021 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Este país que lucha. El país de Winston, un niño de doce años que sueña con volver a correr y meter goles en Tiquisio, sur de Bolívar, con esa pierna izquierda que una mina quiebrapatas le mandó a cuidados intensivos…

Este país que lucha en el Valle del Cauca por la paz, desde el púlpito y la palabra de Monseñor Isaías, así la muerte venga una noche oscura para acallarlo en vano…

Este país que se levanta en Silvia para no dejarse matar porque sí. Y que madruga en Buenaventura vestido de mujer, como Flor María, la estibadora que se hizo boxeadora (...) porque siempre, desde niña, tuvo que romperle la cara al infortunio.

Este país que crea. Desde las ofrendas del resguardo de Tierradentro hasta los versos de los Wayuú, a los que la ciudad les quiere negar el derecho a ser poesía…

Este país de forenses que en Palmira o en Guayabetal les dan la buena nueva a los dolientes de que, por fin, gracias a Dios, un desaparecido dejó de ser desaparecido y se volvió un muerto de carne pútrida y huesos rotos…

Estas líneas son apartes del prólogo de ‘Crónica, testimonios que hacen historia’, libro que, como proyecto, puso en marcha Colprensa hace veinte años y texto que vio la luz en abril de 2002. No sin el apoyo de sus propietarios: El País de Cali, El Colombiano, Vanguardia Liberal - como se llamaba entonces-, El Universal de Cartagena, La Patria de Manizales, La Opinión de Cúcuta y otros diarios abonados.

Más allá de la conmemoración, aquí hay una serie de cosas que resultan ser más que simples coincidencias. La primera está en las historias consignadas allí, en forma de crónicas, hechas en el indispensable escenario natural del periodismo, la calle. Y hechas, como no podía ser de otra forma, por periodistas.

Periodistas ellos - y esto tampoco es una coincidencia- que, además, siguen ahí, en el frente de la reportería, porque jamás conocieron ni van a conocer otro flanco. Veo en el libro, junto a sus relatos, los rostros jóvenes (tienen que admitirlo que ya no lo están tanto) de Paola Andrea Gómez, Olga Lucía Criollo, César James Polanía y Gerardo Quintero (ligados a esta casa, aunque en el libro hay muchos más colegas a los que ahora cometo la injusticia, así sea por espacio, de no nombrar).

Los veo y los leo (a ellos y a muchos otros como Fernando Alonso Ramírez, Jhon Jairo Torres y Reinaldo Spitaletta) y me parece que todos van a morir periodistas, cosa que, créanme amigos, no está tan mal.
Hay, viendo esos trabajos suyos de ayer y estos de hoy, tanta pasión como coherencia. Lo primero lo inculcaron los maestros, lo segundo se ratifica a cada paso y a cada línea.

Periodistas que, menos mal, están lejos del poder, para contar tal cual este país que no cambia. Lo que resulta ser menos coincidencia. Porque son aquellas historias escritas ya hace veinte años igualitas a las de ahora, como el país mismo.

Historias de otros Winston que llevarán cicatrices por siempre y de nuevas Flor María que no se dejan tocar en el ring, ni menos abajo de él. Historias de nuevos colombianos a los que la violencia les trunca los sueños y terminan hechos trabajo de forenses, ya sea en Buenaventura o en Palmira. Y de gentes de Silvia que no se dejan matar simplemente porque sí. Y de otros monseñores, como Isaías, que no callan ni se dejan silenciar. Y de poetas de Tierradentro, que quieren seguir haciendo versos.

Gente común, humilde, buena, digna de más crónicas que testimonian nuestra verdadera historia. Escrita por ustedes, y más hombres y mujeres, con ese periodismo que solo sabe vivir de pie.

Sobrero 1: Hasta siempre, padre Joaco Sánchez. Se va usted por la Puerta Grande. Maestro, mucha falta nos harán su bondad y sensatez.

Sobrero 2: @Directvcol hace lo que le viene en gana con precios, programación y usuarios. Ahora sacó del aire la señal de Televisión Española. ¿Qué tal si la Superindustria le pone cascabel a ese león?

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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