Rusia, el otro campeón

Rusia, el otro campeón

Julio 15, 2018 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Junto a la celebración merecida de los franceses, hay otro campeón del Mundial: Rusia. Lo dicen las cifras, en construcción, pero ante todo los hechos.

El anfitrión pegó siempre en el blanco del éxito, tras apuntar de los más diversos ángulos. Desde el principio, era claro el objetivo político. Y Vladimir Putin se jugó tras esa meta, la de mostrar un país renovado y próspero, e incluso una sociedad relativamente abierta, hasta conseguirlo.

Por eso, si hoy alguien osara poner en tela de juicio la inversión que supuso meterse en hacer el Mundial de Fútbol, fracasaría en el intento. Quizá como nunca en la historia de los Mundiales, una edición significó hasta ahora tantos beneficios al organizador.

En un mes, ese país ha pasado a ser destino turístico en el top de los más apetecidos. Y es que a sus atractivos históricos y su diversidad cultural se le deberá sumar ahora lo que millones de visitantes pudimos comprobar: la acogida de sus ciudadanos a los visitantes.

Aquello de la frialdad rusa que rayaba en la descortesía, perdió por goleada en las grandes urbes como Moscú o San Petersburgo, y también en esa otra Rusia, algo profunda, en la que hubo posibilidad de ver y tocar sus realidades y sus necesidades.

Y lo que en principio pudo parecer una política oficial para ganar imagen positiva se fue diluyendo en la medida de que gentes de las más diversas condiciones mostraron, con naturalidad, que allí solo hay una barrera, la idiomática (el inglés es escaso). Ahora bien, nadie se vara en Rusia por no hablar ruso. No me pregunten cómo termina siendo ese milagro, pero sucede.

Junto al logro de proyectar un Estado que funciona y una sociedad que tiene razones para llamarse así, Rusia 2018 era un reto a las amenazas que gravitaron en torno al Mundial, que no eran pocas ni mínimas. El plan de seguridad , silencioso y sutil, funcionó. El fan ID, ese documento de trámite en apariencia, se convirtió en filtro probablemente insalvable para quienes tenían en sus planes sabotear o alterar el normal curso del campeonato.

Y ahí, de paso, se puso tatequieto a otra amenaza, la de la violencia en los estadios. Con guante blanco, las autoridades locales ejercieron ese control, aunque cuando hubo que echar mano de la presencia de fuerza, se hizo. Cómo sucedió al final del Colombia - Inglaterra en el Spartak de Moscú. Ese, un partido de alto riesgo, terminó en obligada evacuación en minutos de más de 40 mil personas, a las que se nos condujo a la estación de metro más cercana, bajo el ojo avizor de un estrecho cordón militar conformado por centenares de hombres sin armas.

Pero, además, Putin logró derrotar también otro fantasma común para este tipo de certámenes, el de la especulación. Las sanciones que castigaron los abusos de algunos operadores turísticos y de prestadores de servicios, se convirtieron en mensaje de disuasión para quienes esperaban hacer su agosto con el Mundial. Claro , hubo tarifas para todos los presupuestos, pero Rusia fue vivible en términos económicos, e incluso, en el caso de los colombianos, bastante cercana a nuestros precios.

Y por si le faltará algo, así no estuviera bajo resorte del gobierno, el desarrollo deportivo estuvo exento de escándalos. Aparte de que la selección rusa resultó más capaz de lo que se creía y eso, en valores nacionales, ayudó a la causa de hacer por momentos del fútbol lo que es el hockey sobre hielo en esa nación, una pasión.

A lo mejor, desde hoy para los rusos la vida volverá a ser como antes del 14 de junio. Con sus más y sus menos, en temas como equidad y derechos humanos. Tal cual sucede en todas partes, una vez se marcha la visita. Igual, nada podrá borrar que el Mundial de Rusia dejó un punto tan alto que si alguien debe estar preocupada es la Fifa porque Qatar está a la vuelta de la esquina. Sí, con mucha plata pero quién sabe si con tanta imaginación y eficiencia.

Spasiva (gracias), Rusia.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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