Rapto de fútbol

Rapto de fútbol

Mayo 12, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El 16 de julio de 1950, apenas horas después de que el David de Uruguay tirara de dos certeras pedradas al Goliath de Brasil para ganar el mundial del Maracanazo, el inolvidable Obdulio Varela, capitán de los nuevos campeones, se aventuró en solitario por las desoladas calles de Río de Janeiro.

A simple vista, se buscaba un problema. Brasil entero lloraba y nada más desaconsejable para el principal responsable de esa tragedia que ponerse a merced de un pueblo herido. (Varela había sido líder antes y durante la final, no pegando patadas sino escurriendo raza).

Pero el tipo apenas quería tomarse una copa. El bar que eligió estaba solo, como el país entero. O casi solo. En uno de los rincones del lugar varios tipos se lamían las heridas. Obdulio no se dio por enterado y pidió algo de tomar. De pronto, se sintió rodeado. ¿Es usted Obdulio Varela?, le preguntaron en portugués. Ni formas de escurrir el bulto.

-‘Sí’, soy yo’, les respondió.

Si la historia es cierta, como se ha dado por siempre, debió haber un largo silencio, antes de que quien comandaba la pandilla se abalanzara sobre él para romperle el corazón con un abrazo eterno empapado en lágrimas y un “¡usted es un gran jugador!”, al que se sumaron los demás.

La memoria de esa anécdota, una de mis favoritas de cuando el fútbol era nada más que un deporte, me asaltó esta semana que acaba de pasar. Esta semana histórica, debería decir, para quienes amamos este juego. Porque en 72 horas pasaron cosas tan fabulosas que uno podrá contar haberlas presenciado, como si Obdulio estuviera de vuelta.

Y no lo digo solo porque vi cómo Lucas Moura, del Tottenham, se echaba a llorar como niño ante millones de televidentes cuando le pusieron en un teléfono la imagen de su gol definitivo sino porque en esos Liverpool-Barcelona, Ajax-Tottenham y Chelsea-Frankfurt el fútbol le ganó a todo en tres días, hasta dar lecciones que enseñan para la vida misma. Aunque uno también podría quedarse, como tantos, en el asombro por las remontadas y en la cacería de culpables.

Pero no, mejor es pensar que aún queda en la tierra gente como Jürgen Klopp, el técnico del Liverpool, quien, estoy seguro, de no darse ese milagro en Anfield (hicieron de un 0-3 un 4-3), habría llegado a su casa a preguntar qué había para cenar. No porque no le importe ganar o perder sino porque lo suyo va más allá de ganar o perder. Esa es la diferencia. O ver en la cancha los frutos de la pedagogía de Erik Ten Hag, el técnico del Ajax, capaz de convertir un kínder en un postgrado sin que el kínder deje de tener su alegría natural.

No voy a entrar en el detalle de los jugadores más destacados porque sería injusto. Todos, en partidos inolvidables, corrieron y metieron, unos con más cabeza que otros. En lo que sí me quiero detener es en la lealtad por el espíritu del juego y en el respeto por el rival. Nadie mintió, en procura de engañar a los árbitros. Ni siquiera el malquerido VAR tuvo oficio. Hicieron lo suyo, competir.

Y desde la tribuna brotaron ejemplos. Anfield, el estadio del Liverpool, trajo entre sus cantos las letras de los Beatles, ¿quiénes con más derecho? En Amsterdam, antes que dolor, llovieron las palmas para levantar a los suyos. En el estadio del Chelsea no se sabía quién rugía más, si los ingleses (y su mejor liga del planeta) o los alemanes. No había distinción de colores en las gradas.

Fueron 72 horas que no volverán. El fútbol, como deporte, tuvo ese rapto que, ya lo verán, pronto será sepultado por los intereses de unos pocos. Si se fijan bien, la televisión no mostró más que jugadores, directores técnicos y aficionados. Nada de palcos con amos y burócratas, como si no existieran. Era solo fútbol como en los tiempos de Obdulio, qué falta nos hacen él y esas formas para no manchar la pelota.


Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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