Manos y letras

Escuchar este artículo

Manos y letras

Septiembre 08, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Es muy posible que mañana y pasado uno se tope con Gabriel y con Yoshie. Y con más gabrieles y más yoshies. Ellos, nada más que aparentes protagonistas de la literatura, vagan como fantasmas en la realidad de nuestras calles y de nuestras vidas.

Gabriel es ese mismo personaje que casi siempre está ahí en su camino a la oficina y de vuelta a la casa o el apartamento. Gabriel es el indigente que hace rato se hizo paisaje y al que no le reconocemos más que su doloroso presente.

Ese mismo presente que, como bien dice Piedad Bonnett, miramos pero que nos negamos a ver y a admitir. Porque ocurre que para la mayoría de nosotros Gabriel ni siquiera tuvo ayer. Él tan solo es aquello a lo que hacemos el quite o, en un acto de presunta solidaridad, le tiramos algo para que alivie el hambre o el frío.

Aunque en realidad el Gabriel de Piedad Bonnett en su madura y profunda novela ‘Donde nadie me espere’ es más que eso. Es, al mismo tiempo, la soledad y la libertad. Y es tanto el hambre como la resistencia. Y es, aparejados, el declive y la esperanza. En definitiva, es esa mirada en el espejo que nos recuerda cuánto caminamos en el filo de la cornisa.

“¿Puede suceder que alguien cuya personalidad que alguna vez nos resultó seductora se transforme en unos pocos años en un ser desprovisto de brillo?”, se preguntan Gabriel y Piedad. La respuesta es obvia: sí, más si se trata de señalar el caso de los demás. Pero, ¿estamos de verdad exentos de que nos suceda caer en el peor de los mundos?
Lo de Yoshie es otro asunto, pero, al igual que Gabriel, nada ajeno, más allá de las distancias, porque Yoshie Watanabe es japonés. Y así como Piedad rescata a Gabriel, el indigente y el desposeído, el argentino (y granadino) Andrés Neuman lo hace con Watanabe, un sobreviviente de Hiroshima y un contemporáneo de Fukushima, dos tragedias, a cuál mayor.

Watanabe, el mismo Yoshie, es centro de gravedad de ‘Fractura’, un libro asombroso, un gigantesco rompecabezas que Neuman se encarga de desarmar página tras página, para recomponerlo de inmediato de forma magistral.

Así, pasan los detalles de la vida de alguien que se puede dar por muerto dos veces para nacer en tres oportunidades, con el fondo de lo que es su historia, aquella de la escrita por los vencidos.

De chicos, nos vendieron Hiroshima y Nagasaki como la victoria que daba paso a la paz. Y sobre ese capítulo de la humanidad no recordamos más que el hongo infernal que se levanta mientras el bombardero B-29 de aleja para no ser atrapado por el objetivo de su propia misión.
Neuman pone el dedo en la llaga de la situación de miles de seres humanos que, mutilados física y psicológicamente en calidad de derrotados, debieron y deben guardar silencio frente a los vencedores.
Además de verse obligados al negacionismo, como sucedió en Japón tras las innecesarias bombas atómicas (tal cual lo reconocieron mucho después altos mandos de las tropas estadounidenses).

Igual, Watanabe hace su vida. Con el mayor sentido de la dignidad, y de la mano del amor que le dan cuatro fabulosas mujeres en cuatro puntos cardinales del mundo contemporáneo. Claro está, sin escapar del todo a su pasado, hecho de nuevo presente en Fukushima.

Gabriel y Yoshie pasaron como tantos otros por esta nueva versión del ‘Oiga, Mire, Lea’, que no para de crecer y de sorprender, para bien de Cali y del Valle del Cauca. Un festival de pantalones largos al que, entre tantas cosas buenas, se sumaron las ‘Voces valientes’ de Paola Gómez, una pieza maciza hecha en los frentes de batalla por ella, la reportera que lucha para evitar que la memoria de la guerra y la paz se nos escurra entre las manos. Aparte de ser lo suyo un grito de rescate al buen periodismo, ese que se resiste a morir ante nuestros ojos.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS