Las cuotas

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Las cuotas

Noviembre 10, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

En un país donde los efectos de lo que pasa no alcanzan más que hasta el siguiente fin de semana, la polvareda ocasionada por la renuncia de Guillermo Botero al Ministerio de Defensa puede tardar más de lo usual. Aún falta mucho por decir. Y por investigar además, si nos atenemos a las acciones que se pueden venir, para comenzar, de parte de la Procuraduría General de la Nación.

El bombardeo en Caquetá no es un hecho cualquiera. Allí murieron ocho menores de edad, entre adolescentes y niños. Prisioneros todos, tanto de las hienas que se los habían llevado para hacerlos carne de cañón como de esa otra fiera que es la guerra, donde primero se dispara, o se bombardea, y luego se pregunta. Sí, de ambos lados, pero en lo que no puede jamás caer el Estado. Y jamás es nunca más.

Y de tantas reflexiones que está dejando y debe dejar un asunto de este tamaño, hay una en particular que resulta importante, la autocrítica. Esa que le faltó al ahora exministro, quien tropezó más de una vez en el desempeño de su cargo, sin que él mismo lo aceptará. Y sin que el Gobierno Nacional tampoco se detuviera en ello para tomar decisiones.

Porque Botero cometió demasiadas ligerezas e imprudencias, tan repetidas que se haría largo enumerarlas aquí. Y por hacer caso omiso de ello, el Ejecutivo paga ahora las consecuencias, significadas en algo más que su baja favorabilidad. Botero debió irse mucho antes. O quizás no debió haber sido ministro.

Esta no es una calificación a la persona como tal sino a la forma cómo desempeñó sus funciones. Lo que conocíamos de él antes de entrar a ejercer el cargo de marras es que había dedicado su vida a generar prosperidad desde el sector privado. Pero, y ahí comienza el problema, resulta difícil de entender cómo es que alguien se acuesta un día dirigente gremial se levanta al siguiente hecho ministro de Defensa (y de nada menos que de una etapa de posconflicto). Ya nos había pasado algo parecido con Luis Carlos Villegas.

La explicación a ese tipo de nombramientos está en que en Colombia se volvió pésima costumbre andar devolviendo en cargos los favores recibidos durante las campañas electorales. Y también en la debilidad manifiesta que significa permitir la imposición de nombres por parte de sectores políticos, o de quienes parecen obrar en calidad de terceros y son más que eso.

La consecuencia de admitir tanto lo uno como lo otro es que el jefe termina siendo rehén de su subalterno. Cosa que pasa en cualquier actividad de la vida, pero peor si eso se da en el sector público y más aún a ese nivel. Bien podría aplicarse como antídoto a ese tipo de riesgos la lección de algunos primates que se toman el trabajo de medir -ya imaginan dónde- el tamaño de la semilla que van a tragar, antes de proceder a comerla.

Sin embargo, el caso Botero es otro de tantos donde la autocrítica ha tenido que irse a vivir a la platea. No ha habido, ni va a haber, tipo alguno de introspección. Ni siquiera frente al tapen tapen, esa pésima fórmula a la que recurrieron. Y a la que siguió la arrogancia en la deplorable rueda de prensa aquella, cuando el sentido común llamaba a asumir la realidad. Más la innecesaria alfombra roja para la salida de Botero, mientras lo más indicado era la discreción.

Aquí lo que hay que entender es el decisivo papel que cumplen de las Fuerzas Militares en la vida nacional. Tanto en el tema de la seguridad como en el de la convivencia, siempre dentro del marco del respeto a todas las normatividades. No cabe duda de que, en general, así lo quieren y para eso trabajan.

Entonces, sí a los ministros de Defensa civiles, y que sea para siempre. Pero no a costa de las infames cuotas de poder al frente del Ministerio. Porque cuestan y desgastan a quienes, como ellos, los militares, están obligados, aparte de poner el pecho, a obedecer y a guardar silencio.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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