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La caída

Noviembre 08, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

“Han sido cuatro años de abuso, división, discriminación y racismo. Gracias a Dios las democracias sanas como la de este país hacen que la gente rectifique y volvamos a ser un país más justo y con más corazón”.

A propósito del resultado de las elecciones en Estados Unidos, ese mensaje me lo envió Mónica, una profesional colombiana radicada allí desde hace 21 años, casada con ciudadano nacido en ese país y madre de una hija también estadounidense.

Y así como podríamos echar mano de los análisis de sesudas plumas para explicar este hecho político -el más importante de los últimos tiempos en el mundo, por todo lo que significa-, qué mejor que ponerlo en términos de quienes, como ella y millones más, padecieron a este señor de las sombras. Esos mismos millones que, convertidos en electores, decidieron cortar por lo sano con cuatro años de los más oscuros en la historia contemporánea de los Estados Unidos de América.

Aunque por efectos colaterales, a todos nos costó algo. Con Trump, por ejemplo, el mundo se hizo más inseguro e inestable desde cuando llegó al poder. Bastaría recapitular la serie de acuerdos y pactos internacionales suscritos por USA que torpedeó o a los que puso conejo. Nada más que para satisfacer su inagotable apetito de soberbia que lo llevó a convertir la Casa Blanca en el despacho de Trump Inc.

Al final, eso fue lo que terminó pagando. Porque no fue solo la pandemia la causante de su derrota, o el pésimo manejo que hizo de ella (todo un imperio de la ignorancia). Y tampoco bastó esa incapacidad del ahora inminente expresidente para desmarcarse del supremacismo blanco y del armamentismo silvestre que hace de ese país en el más violento del planeta.

Si alguien derrotó a Donald Trump, aparte de Joe Biden (y de Kamala Harris, de quien dije en este mismo espacio hace año y medio que era la mejor opción de los demócratas -ver columna-), es el propio Trump. Él mismo labró su destino con un portafolio de desaciertos del que forman parte el desprecio por la ley y por las instituciones, mientras a la vez, muy cínico, se proclamaba defensor del orden. Y sumen ahí su misoginia, que se le devolvió en forma de abrumador rechazo en las urnas por parte de las mujeres, uno de tantos colectivos no necesariamente partidistas que le pasaron factura.

Porque esta no es una victoria exclusiva del Partido Demócrata. Incluso, muchos republicanos que votaron por él hace cuatro años rectificaron, como tantos otros ingenuos que se dejaron llevar entonces por la idolatría. Lo que supo hacer Trump fue utilizar al Partido Republicano para llegar al poder, pero jamás fue parte de él. Trump no es republicano.
Trump es el trumpismo y el trumpismo es Trump, esa esencia tan conocida de los déspotas, a los que siempre, tarde o temprano, se les cae el velo.

Pero si alguien más perdió al lado de Trump (mientras se hacía el pendejo jugando al golf el sábado, a la vez que USA y el mundo conocían la victoria de Biden) fueron sus más entrañables aliados: la mentira y el miedo. La una, para engañar y distorsionar. El otro, recurso siempre efectivo para sembrar zozobra. Esta vez los anzuelos se le enredaron y él se hundió con ellos.

¿Qué viene para Estados Unidos y qué debe venir? Borrón y cuenta nueva. Los demócratas, a gobernar (y ayudar a “sanar”, como dijo Biden); y ojalá, a cumplir con las promesas, entre ellas las que hicieron a los inmigrantes y que se han quedado más de una vez en veremos, incluso durante Obama. Y los republicanos, a rehacer el camino.

Y todo Estados Unidos, como uno solo, a plantar cara de manera responsable a una pandemia más desbordada que nunca. Ya sin la influencia de ese hombre, autor del reallity más caro de la historia y condenado ahora a quedarse sin rating después de esta, su caída, la caída de Trump.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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