¿Guerra ‘justa’?

¿Guerra ‘justa’?

Marzo 03, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Sobre Venezuela, dice mi amigo Diego Martínez Lloreda: “No quiero intervención militar, pero tengo claro que el tirano a las buenas no se va. ¿Entonces?”. Y como él, hay muchos.

No tengo la misma disyuntiva. Respaldo todas las salidas, que deben incluir por supuesto el fin del régimen de Maduro y de su camarilla. Eso es incondicional. Pero no estoy de acuerdo con una intervención militar.
¿Por qué? Porque el remedio resultaría peor que la enfermedad. En Venezuela una acción de ese tipo desencadenaría una guerra, en la medida de que el chavismo armó a miles de civiles partidarios suyos y sigue teniendo un eco notable en las fuerzas armadas.

Más allá de que a este tipo de guerras se les considere ‘justas’ o ‘humanitarias’. El concepto de ‘guerra justa’ es tan viejo como Aristóteles, aunque él lo utilizó como partidario de la esclavitud que era, en el mundo en el que le tocó vivir, según la filósofa mexicana Teresa Santiago (El Espectador).

Esa ‘guerra justa’ pasó a ser otra cosa con el paso del tiempo. Porque, además de obedecer a eso, a causas justas, dice la misma señora Santiago: “No (puede) ser una guerra de agresión, sino siempre defensiva; librada con la intención de reparar un mal o una injusticia; declarada por un autoridad competente y (ojo) último recurso”. Aparte de “guardar proporción entre los fines y los medios para librarla y plegarse al derecho humanitario…”

Por su parte, una ‘guerra humanitaria’ es un tipo de ‘guerra justa’ que resultaría válida si se esgrimen, “razones de índole ‘humanitaria’ (...), la defensa de los derechos humanos y la dignidad de las personas”. Eso, se diría en principio, corresponde al perfil de la población venezolana.
Solo que las guerras, como casi todo en la vida, no son gratuitas. Lo dijo Albert Einstein en una famosa carta que en 1932 le envió a Sigmund Freud, preguntándole “¿Por qué la guerra?”.

Alertaba Einstein sobre “ese grupo poco numeroso pero decidido que encontramos en todos los países y que forman individuos que, indiferentes a las razones e intereses sociales, consideran la guerra y la fabricación y venta de armas simplemente como una ocasión para obtener ventajas particulares y ampliar el campo de su poder personal”. Aparte, digo yo, de otros intereses. Incluido, en este caso, el petróleo.
Una guerra comienza pero jamás se sabe cuánto dura. Y menos, cómo acaba. Por la guerra hoy hay 50 millones de personas -casi el equivalente de nuestra población- desplazadas por el mundo. La mitad de ellos, niños.

Puede ser que la guerra tenga ahora otras definiciones. Para la ONG Alert, es la confrontación entre «dos grupos organizados disputándose un objetivo político, ya sea el control de un gobierno o de un territorio, con continuidad en los enfrentamientos» (que sería lo que sobrevendría en Venezuela).

Pero en las guerras son los civiles quienes llevan la peor parte. En la Primera Guerra Mundial, dice la Unesco, moría un 19 % de la población civil. Hoy, en una guerra de esas recientes o que se libran en Siria, Nigeria, Afganistán, Sudán del Sur, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Pakistán, Irak, o conflictos como el nuestro o el de México, el 90 % de víctimas mortales son no combatientes.

Una intervención militar es tentar al diablo para que sobrevenga una guerra, en la que -como le respondió Freud a Einstein- saltará ese “principio activo” y ese “instinto de odio y de destrucción” de los seres humanos para ir al frente a matar o a morir, sin detenerse en las terribles consecuencias. Esas que caerían sobre los venezolanos. Y sobre nosotros mismos, ¿o alguien lo duda?

Sobrero: Señor Ramón Jesurum: ¿estará de acuerdo su amigo Gianni Infantino (y la Fifa) en que la misoginia y la homofobia -de las que siempre hace gala Álvaro González Alzate-, tengan asiento en la directiva del fútbol colombiano? ¿Qué tal si se lo pregunta?

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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