Entre la vida y la indolencia

Septiembre 11, 2022 - 11:40 p. m. 2022-09-11 Por: Víctor Diusabá Rojas

Esto podría ser nada más que una simple anécdota. Sucedió el sábado pasado al sur de España, en el estadio Nuevo Mirandilla de Cádiz, donde jugaban el equipo local contra el Barcelona F.C.

Quienes seguíamos el partido por televisión vimos cómo el árbitro ordenó parar el juego, cuando faltaban ocho minutos de los 90 reglamentarios. A la distancia, no se veía una razón clara para tal decisión.

Supusimos que algún hincha o activista había ingresado a la cancha porque la producción mostraba solo planos generales de la edificación y algunos rostros.

Entre ellos, los de actores del juego, compungidos, que apuntaban sus miradas a una tribuna ubicada detrás de una de las porterías. ¿Acaso una pelea entre hinchas?

Pues, ninguna de las anteriores. Lo que sucedía en realidad era que un hincha del Cádiz acababa de sufrir lo que parecía ser un infarto.

Entonces comenzó allí algo extraño. No creo tanto para los gaditanos (el bellísimo gentilicio de los nacidos en Cádiz), pero sí para nosotros. Es ahí cuando el tema deja de ser una anécdota. Lo primero es que los miles de asistentes empezaron a callar hasta convertir el lugar en esas salas de espera que están al otro lado del quirófano.

Todo era respeto y silencio. A la vez, los hinchas de la barra (Fondo Sur) se marchaban presurosos a otros lugares del estadio para facilitar el trabajo de quienes, en las gradas, auxiliaban al paciente.

Fue entonces que el argentino Jeremías Ledesma, portero del Cádiz, corrió, cual velocista de cien metros, la distancia que lo separaba del lugar de atención. El encargo: llevar un desfibrilador a los médicos.

Los demás deportistas, entre oraciones y ruegos, seguían expectantes los intentos de reanimación. Al rato, los dos equipos se marcharon a los camerinos. No había más que esperar.

En esos 45 minutos la vida de un hombre anónimo se había convertido en causa común. Todo indica que lograron salvarle.

Pongo aquí este capítulo de solidaridad como ejemplo. Más aún si miramos hechos recientes sobre la estrecha relación entre la vida y el fútbol en Colombia.

Nada más, vean este par de situaciones: una, el asesinato hace pocos días de un hincha en San Luis, Antioquia, por hombres armados que interceptaron una caravana de barras bravas que viajaba de Bogotá a Medellín.

Los primeros indicios apuntan a que los autores del crimen y de las heridas causadas a dos personas más con armas de fuego, fueron miembros del Clan del Golfo.

Confirmar o desmentir esa versión es tarea de la justicia. Pero el hecho como tal, la muerte de Leonardo Rodríguez (así se llamaba) no pasó de una mínima reseña. A pocos importó.

Con un agravante: los compañeros de Leonardo siguieron su camino. Es decir, como si nada. Al final, las autoridades en Medellín no les permitieron entrar al fútbol.

El otro asunto es más simbólico, pero no menos triste. Con motivo del vil asesinato de siete hombres de la Policía Nacional en el Huila, la Dimayor ordenó un minuto de silencio previo a la iniciación de los partidos de la fecha siguiente.

Ahí quedan como testimonio los archivos de la televisión de esos sesenta segundos cubiertos no de luto, sino de gritos y algarabía, como pasa siempre.

Servirán en el futuro para que nuestros herederos sepan cuán poco significaba aquí el derecho a la vida hasta normalizar la muerte, sobre todo esa que proviene del odio y de la violencia.

Y sabrán entonces que la indolencia era una costumbre tan arraigada en estos tiempos que, aparte de los dolientes, a pocos les quitaba el sueño en este país.

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