El valor de Merkel

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El valor de Merkel

Julio 14, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El reto más grande para Ángela Merkel en el plano internacional durante su largo tránsito al frente de los destinos de Alemania es haber tratado de dar con la fórmula exacta. Esa misma que casi siempre le ha permitido mantenerse lo suficientemente distante de todos sin perder la cercanía con cada uno de sus interlocutores.

Me explico: en tiempos tan revueltos como los actuales, el camino al que casi todos los líderes mundiales parecen apuntar es: sálvese quien pueda y como sea. Así lo han hecho Trump en los Estados Unidos y Putin en Rusia. Y Xi Jinping en China. Es decir, al todo o nada.

Merkel, cuarto as de esa baraja (por lo que pesa en sí Alemania; y con ella, la Unión Europea) bien pudo haber jugado ese mismo naipe. E incluso hay quienes piensan que lo ha hecho, pero no es del todo así. Merkel ha tomado decisiones, dolorosas muchas de ellas, en sentido de anteponer los intereses de su nación a los de sus socios y vecinos. Solo que, al mismo tiempo, ha pensado más en el futuro de todos que los demás todopoderosos.

Y eso, mirar más al mañana que estar solo atento al hoy, es lo que la distingue de los demás. Por supuesto, suena aventurado decir ahora que la forma de hacer las cosas de Merkel está por encima de los indicadores económicos que avalan a Trump, de la astucia de Putin en el concierto geopolítico y del pragmatismo de Jinping para hacer sentir a la China popular.

Lo que sí está claro es que la Merkel en estas casi dos décadas, tras sumar y restar en el balance de su gestión, deja dividendos a su favor.
El primero de los méritos es haberse mantenido al frente del barco sin necesidad de echar mano de recursos innobles o torciendo el cuello a la Constitución para reelegirse, al frente del Estado y de su partido. Y eso, por ser excepción en un mundo de pillos, tiene su valor.

Segundo, ha sabido escuchar. Lo hizo por ejemplo en medio de la crisis humanitaria que trajo consigo la diáspora de millones de inmigrantes. De acuerdo, su decisión tardó más de lo debido, aunque los millares de acogidos aceptan hoy que encontraron allí una mano amiga que otros les negaron. Y que les siguen negando, como a tantos otros, tal cual pasa en la actualidad en Italia.

Tuvo Merkel ( y hay que comenzar a hablar en pasado porque ya en diciembre se marcha de su cargo) la valentía que se necesita para pedir perdón, gesto tan inusual en la historia de la humanidad. Lo hizo por el holocausto judío y en esa misma línea se debería leer su acercamiento a Polonia. Además, no en cualquier momento sino en medio del resurgimiento de la peor extrema derecha en Alemania desde el nazismo.

Eso sí, la rajaron en su momento, y la seguirán rajando, por el manejo de la crisis económica de hace diez años. Alemania la pasó menos mal que el resto de damnificados europeos. Dirán que ella lo consiguió no sin sacar ventaja de su posición. Esa es parte de la verdad. La otra es que hubo países que no se prepararon para el temporal, ya sea porque nunca lo advirtieron, o porque prefirieron seguir en la burbuja que luego se hizo pedazos con ellos dentro.

Ángela Merkel ha hecho una vida política limpia. Así como no tuvo empacho en exigirle a los investigadores que fueran hasta las últimas consecuencias sobre los escándalos de su tutor (Helmuth Kohl), también ha sido capaz de aceptar las derrotas y entender que es el momento de dar un paso al costado.

La mujer valiente que sin ser considerada de hierro nunca se doblegó, es la misma que ahora está enferma y tiembla, sin que eso signifique debilidad. Lo que en realidad debería preocuparnos, como dijo una colega alemana, es tanto descerebrado suelto que anda por ahí.

Entre tanto, Merkel afrontará estos meses con la talla de estadista que se ganó a ley, algo que muchos le niegan, además, por el hecho de ser mujer. No pasa nada, de eso se encargará la historia.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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