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El otro paciente

Octubre 04, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Luego de que los efectos del Covid-19 ya superan la barrera del millón de muertos y los casi 35 millones de infectados (24 millones de ellos, recuperados), vale preguntarse por la salud del planeta, tras seis meses de notables cambios en los hábitos de nosotros, sus principales depredadores.

Sobre el papel, se esperaría que la tierra anduviera mejor y en progresión. Porque con la actual disminución de la actividad industrial, más la reducción del tráfico automotor y del aéreo, se supone que el golpe a la contaminación debe ser el mayor en la historia moderna de la humanidad, y en todos los tiempos.

Algunas imágenes (tan sorprendentes como virales al principio de la pandemia) de aguas más limpias y especies salvajes -o al menos no tan domésticas- rodando a pierna suelta por las calles de ciudades y pueblos, han levantado el espejismo de un retorno de aires de naturaleza. A eso se podría sumar el crecimiento exponencial, aún más de lo que ya venía haciéndolo, de la bicicleta como alternativa para la movilidad.

En conclusión, el panorama actual está hecho de menos CO2, lo cual debería arrojar un futuro ambiental más limpio, así todo sea fruto de las circunstancias y no de la buena voluntad de la humanidad.

Las cuentas de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) hablan de una baja en las emisiones de un 8% para este año.

¿Eso es mucho o poco? La respuesta de los expertos es que es insuficiente. Mejor dicho, mejorar de verdad las reducciones no es consecuencia de una situación como esta que vivimos sino resultado de un gran proyecto mundial que haga una tarea permanente y acumulativa (por ejemplo: 16% en 2021, 24% en 2022, y así sucesivamente durante décadas). Y de “medidas políticas para iniciar directamente cambios tecnológicos fundamentales en los sectores de energía y transporte”, dice el Instituto de Tecnología de Karlsruhe (KIT), Alemania.

Entonces, el tal 8% puede terminar siendo flor de un día. Porque, entre todos los afanes que demanda la agenda actual de los gobiernos (recuperación económica, desempleo, gobernabilidad, entre ellos) lo ambiental no califica entre lo más urgente. Y también porque de tantos anhelos represados hoy, uno prima sobre los demás: el innegable afán general de volver a la normalidad. Esa misma normalidad en la que, infortunadamente, la salud del planeta no está entre las urgencias. Al final, la idea general es, cuanto antes, volver a echar a andar el reloj aquel que se detuvo de improviso en marzo pasado.

Por eso, las victorias del ecosistema (como la que puso fin al Puerto de Tribugá) son importantes, pero, al mismo tiempo, corren el riesgo de ser episódicas. Porque así como, en esencia, el mundo actual no ha cambiado a mejor en estos meses en todos los órdenes, la suerte del planeta como el otro paciente que es, no tiene cómo ni porqué ser la excepción.

Sólo que con una diferencia: la tierra sabe protestar. Es ahí cuando reaccionamos, casi siempre, demasiado tarde. Sabedores, ahí sí, de esa fragilidad que, como pasa en este momento y en otros momentos de la historia, nos pone contra las cuerdas.

Sobrero: Lo sorprendente del debate Trump - Biden no es que haya salido como salió. Lo sorprendente es que se esperara algo diferente de una nueva muestra de lo que es la política de estos tiempos: vacuidad, imbecilidad y mentira, mal camuflada esta última con tintes teatrales.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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