Dresde, 75 años

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Dresde, 75 años

Enero 26, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Gracias a Andrés Neuman y su portentosa ‘Fractura’ (Alfaguara, 2018) volvimos a preguntarnos durante la pasada Feria Internacional del Libro de Cali sobre la demencia de la guerra. Con un fascinante protagonista de su novela, el señor Watanabe, sobreviviente de Hiroshima y Nagasaki. Y, además, testigo de Fukushima.

Vistas así, desde la condición de las víctimas, las guerras terminan siendo diferentes a los argumentos mentados por quienes las han instigado, con el pretexto de que eran imparables o inevitables.

Claro está, ya a toro pasado o incluso durante su desarrollo, unas guerras parecen ser más justas que otras. Aunque, como nos decía un profesor en la Universidad de Granada, mejor que no hubiese existido guerra alguna jamás. A lo que solíamos responder que sería igual a esperar que dejase de alumbrar el sol, o de llover.

Vuelvo a Neuman para decir que me crié, como muchos, con la certeza de que Hiroshima y Nagasaki habían sido capítulos indispensables en la defensa de la libertad. Con el tiempo, el cuento de que ambas ciudades japonesas terminaron envueltas en fuego y radiación para salvarnos resultó mito. Y atrocidad, porque a quienes padecieron las consecuencias del bombardeo se les llamó luego -muertos o vivos- enemigos de la civilización.

Igual pasó con Dresde, la ciudad alemana que está a punto de conmemorar (este 13 de febrero) 75 años de haber sido convertida en un inmenso amasijo de cuerpos calcinados y destrucción. Se cree que fueron 25 mil las vidas perdidas (casi todas de civiles), tras 18 horas de bombardeos inclementes en las cuales casi 800 bombarderos estadounidenses y británicos se empeñaron en no dejar piedra sobre piedra.

Se dijo entonces, y se sigue diciendo hoy, que eso, la aniquilación de una ciudad entera -como pasó con otras- por parte de los ejércitos aliados no era pieza suelta, sino parte de una inmensa estrategia, en la que minar la moral del enemigo contaba mucho.

Y tan importante era golpear al enemigo en el frente de batalla, como pegar en lugares en los que se producía el armamento que le daba oxígeno a las tropas de Adolf Hitler, ya en retirada. Es posible que Dresde haya formado parte de ese cordón militar industrial.

Aunque había sido la Alemania nazi la primera en convertir la aviación en recurso de terror, muerte y destrucción, en ese orden. Primero, en España, con el ataque a Guernica en el 37, como laboratorio de la capacidad de matar de la Legión Cóndor. Y luego, en los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, con bombas tiradas a discreción sobre Varsovia en octubre del 39, y Róterdam, durante mayo del 40. Apenas la cuota inicial de lo que sobrevendría, el Holocausto.

Entonces, lo que sucedía en febrero del 45 era, en parte, una vieja revancha. A comienzos de la Guerra, la mitad de los ciudadanos británicos rechazaba el uso indiscriminado de bombas sobre objetivos civiles, la otra mitad lo aceptaba. Cuando pasó lo de Dresde, la cosa cambió a favor de los bombardeos: cuatro a uno.

Pero, al igual que hace Neuman sobre las bombas atómicas como contexto de esa obra con escenario en Japón, sobre Dresde hay mucho por contar y pensar.

Ya lo había hecho en el muy conocido ‘El Incendio, Alemania en la guerra de los bombardeos 1940 - 1945’, del austriaco Friedrich Jörg (Taurus, 2003), libro acusado en su momento de parcialidad y de desenterrar un caso juzgado. Ahora quien lo hace es el británico Sinclair McKay en el recién aparecido Dresde 1945, fuego y oscuridad (Taurus, 2020), a quien habrá que leer sobre la tragedia de la llamada, y hoy renacida, ‘Florencia del Elba’.

Dos textos (en castellano) para reflexionar sobre la guerra y la condición humana. Al final, conclusiones parciales en el interminable desafío de la historia por dar con la verdad, más allá de los intereses particulares por acomodarla a como dé lugar.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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