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Caperucita y los huevos

Julio 26, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Si le sumamos la reglamentación que se pretende para el etiquetado de los huevos que consumimos, más la propuesta de acabar con la exportación marítima de animales vivos, bastante ocupado que andará el Congreso en los próximos meses. Lo que sí sería bueno saber es dónde está lo urgente y lo importante en este país, sobre todo frente a las impostergables necesidades que a diario nos va dejando la pandemia.

Y no digo que esté mal que nos digan de dónde viene lo que nos comemos o cómo se trata a los seres destinados a nuestra dieta. Sólo que me suena insultante hablar en esos términos sobre alimentos -huevos, pollo, carne- tan ajenos en muchos hogares colombianos, esos mismos que dan a diario la lucha por la propia subsistencia y ahora viven en peores condiciones fruto de la pandemia.

Mejor dicho, ya quisieran ellos, los más pobres (13,07 millones de personas en pobreza monetaria había a julio del año pasado, ¿cuántos más hoy?) darse ese debate sobre si prefieren que les etiqueten los huevos o les cuenten si el solomillo de Angus, término medio, vino, o se fue, en business o en clase turista. Eso lo entiendo en Austria, Suecia o Dinamarca. Aquí no, esto es Cundinamarca y lo será por mucho tiempo.

Lo que pretenderían nada más los impulsores de las dos iniciativas (el senador Juan Luis Castro y Andrea Padilla, concejal animalista de Bogotá, militantes del autodenominado movimiento animalista) es sacar de jaulas y galpones a cerca de 60 millones de aves para que no sean objeto de lo que consideran maltrato y, en consecuencia, los huevos que pongan las gallinas, en un ambiente de libertad y pleno ejercicio de derechos, contengan mayor calidad y menos estrés.

Lo del ganado es menos claro. En principio pareciera ser reglamentar el transporte por vía marítima, pero… Pero, y ahí está la cuestión, hay momentos en que a ellos, los legisladores, se les resbala un alcance más en su ambiciosa propuesta: lo que se busca es acabar con ese tipo de transporte; y de exportación, por supuesto.

Es entonces cuando me parece que aquí hay más que una simple casualidad, hasta el punto de pensar que una cosa está conectada con la otra en procura del verdadero fin: a la larga, sacar ambos productos de nuestra cadena alimenticia. Para ello, primero, se arrincona a los productores y, al mismo tiempo, se aprovecha para proponer alternativas al consumidor en el infinito sueño de algunos: un mundo vegano, sin derecho al disentimiento.

Digo, me parece. Y ya sé que las bodegas seudoanimalistas (fuertes y con mucha plata, gracias a los patrocinios que tienen) se me vendrán encima por mi condición de taurino, como orgullosamente lo soy; además de animalista, en función de mi defensa del toro bravo.

Sí, Castro y Padilla, me huele que ustedes quieren meternos a todos en el mismo rebaño (lo más parecido al fascismo). Y no sólo eso, sino que tengo alguna pista:

“En todos los temas vamos bien pero en el consumo no -asegura Padilla-. Y tiene que ver con el hábito, la gente no lo quiere dejar. Tú le preguntas a alguien si va a usar pieles de animales y te dicen que no, que si va a asistir a una corrida de toros y tampoco. A circos la gente no va. Si quieren un gato mejor lo adoptan. Pero pregúntale a la gente si dejaría la carne (...) A mí no me toque la carne, dicen: no me toque los huevos”.

¿Quién lo dijo? La propia Andrea Padilla, en entrevista a Cartel Urbano en julio del año pasado. ¿A quiénes se lo dijo? A usted, a usted y a usted. Es decir, a todos los que somos incapaces de dejar la carne, y los huevos. Un ‘mico’ gigante y no exactamente encerrado. Mejor dicho, blanco es, gallina lo pone.

Señores del Congreso, ustedes verán hasta dónde piensan ir en beneficio de nuestra salud y del respeto por los animales. Pero, al menos a mí, esta versión de la nueva ‘Caperucita’ me parece escrita por el ‘lobo feroz’.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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