¿Dios?

Noviembre 30, 2020 - 11:45 p. m. 2020-11-30 Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Maradona personifica lo mejor y también lo peor de América Latina. El talento infinito, la posibilidad de cumplir los sueños, el niño de un barrio cualquiera -de Buenos Aires, Lima o Bogotá, da igual- que es capaz de salir de la pobreza jugando buen fútbol e inmortalizarse mientras su existencia se vuelve una oda a los sueños. Una maravilla.

Esa es la belleza de Maradona: el mensaje de poder, de igualdad, de berraquera que acompaña su existencia y que les dice a millones de chiquitos sin oportunidades de este lado del mundo que se puede ser grande, enorme y poderoso a punta de talento. Que no toca morir como se nace, que la grandeza y la riqueza son una posibilidad. Por eso amamos a Maradona. Y por eso me encanta haber vivido su era. Porque, además, personifica todo lo que los argentinos son: la pasión, el desgarre, la tragedia, Perón, Gardel, el tango, la conquista, la determinación, la convicción. Diego Armando. El vino y la mejor carne del mundo.

Pero Maradona también representa lo peor de nuestro continente: el exceso, la droga, el todo se vale. La trampa. La maldita malicia indígena.
Metió el gol más bello de la historia del fútbol en el Mundial del 86, pero el que le dio el apodo más rimbombante de todos, ‘Dios’, fue un gol hecho con la mano. Un gol tramposo. Lo vieron los ingleses, los argentinos, el estadio entero, ustedes y yo, todos. Y, sin embargo, el tipo se consagró y encima le compusieron una canción preciosa que lo inmortalizó y que no dejamos de tararear y Dios para arriba y para abajo. Dios, Maradona.

Murió Dios.

- ¡¿Dios?! -me preguntó mi hija de 8 años. Pero si el niño Dios apenas va a nacer, mami.

- Sí, mi amor, Dios. Y me quedé pensando.

Maradona dignificó a los argentinos contra los ingleses que los habían desangrado en la guerra de las Malvinas. Le devolvió la alegría a ese país que apenas descubría los horrores de la dictadura de Videla. Fue amigo íntimo de Fidel porque en los 90 medio mundo era amigo de Fidel y porque fue siempre leal a sus convicciones: popular, cerca de los más vulnerables, un ícono de los menos favorecidos.

Fue el Dios que se drogó hasta más no poder, que denunciaron por maltratador, que dejó hijos sin reconocer… Maradona es el ejemplo preciso del futbolista que admiramos y, sin embargo, nadie en su sano juicio querría que un hijo se pareciera a él.

Así es nuestra América Latina. Un continente nuevo, crecido a merced de ser el patio trasero de una poderosa nación como Estados Unidos; llena de políticos corruptos que se vanaglorian de la ‘malicia indígena’, esa que es una carga espantosa y cultural que nos permite trampas y, peor, sentirnos orgullosos de ellas. Un continente en el que Diego Armando se volvió Dios y eso explica mucho de lo que somos, lo que permitimos, lo que no cuestionamos, lo que admitimos.

Sigue en Twitter @vanedelatorre

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