Somos luces abismales

Somos luces abismales

Febrero 12, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

El título de este libro de Carolina Sanín proviene de una de las ideas literarias más profundas e implacables que he leído en años: “Los animales nos hacemos visibles en el desamparo: somos luces abismales”. La perfecta definición del libro: una luz que parece emerger de una lejana grieta y que nos permite reconocernos, dejar de ser sombra en la oscuridad. Adquirir rasgos, formas. Tal vez una luz de caverna, como en ciertos cuadros de Caravaggio o Rembrandt, o esa otra luz que proviene del anhelo, en la noche oscura del alma de Juan de la Cruz, donde el íntimo resplandor indica el camino: “Sin otra luz ni guía / que la que en el corazón ardía”. Aquí se une a otra idea literaria que es muy poderosa: el deseo de contener algo que es más grande que uno mismo. Sanín lo escribe de este modo: “¿Dónde está lo que es más grande que yo -el Amor, mi amo- si está en mí pero no cabe en mí?”. Está en el reflejo del agua, parece responder de nuevo San Juan, con estos versos: “¡Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!”.

Leer Somos luces abismales  es recorrer y recordar a través de un texto ajeno lecturas propias, convocar de nuevo ciertas voces. Cada lector, supongo, encontrará algo diferente. También ideas o elucubraciones vistas a la luz de experiencias cotidianas, y pasear por la propia cultura al tiempo que uno lee su prosa austera, implacable, perfecta. Un camino frente a un paisaje que cambia y a veces está henchido de luz y luego de nubes o de sombras. Leerlo es también reflexionar sobre la propia escritura y forzarla hasta que pueda transitar ese mismo sendero por el que se dirige el texto, un paraje que pocos recorren.

Porque entre muchas cosas, el libro de Sanín es también un ensayo autobiográfico que explora episodios de su vida y que leemos con las ideas, las lecturas y las preguntas que cada uno de esos hechos fue dejando en su cuaderno. Así, la narración reflexiona sobre paseos por la montaña o su convivencia con un animal -una perra-, su observación de la vida de otros animales -potros, caballos, palomas, ovejas-, su forma de leer y de escribir, de relacionarse con el lenguaje. Y por supuesto sobre la muerte, pues toda escritura es un modo de oponerse a la muerte, ya que esta implica la vida y la memoria.

Dice Sanín: “Pues quien ha sido en esta vida no puede vivir la muerte que acaba con él”. Frase certera que de nuevo se evade y vuela por la biblioteca hasta que algo responde, se hace eco. De otro libro surge una respuesta: “La muerte no es un acontecimiento de la vida. La muerte no puede ser vivida”, dice Wittgenstein. Hay otra traducción para la segunda parte de esta proposición: “No se puede vivir la muerte”, y una tercera traducción completa: “Mi muerte no es un acontecimiento de mi vida. No puedo vivir mi muerte”.

De este modo, Somos luces abismales ilumina otros libros, los hace visibles. La propia biblioteca parece contenida en sus páginas y pugna por responder, participar, ser escuchada. Nos recuerda, además, que cada nueva creación es parte de un tejido que empezó mucho antes, pues nuestra intención de escribir es indisociable de las lecturas que provocaron ese anhelo. ¿Cuántos libros nos ponen tan de frente al raciocinio, la comprensión y la belleza? Pocos, muy pocos.

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