Retratos 'havladdos'

Retratos 'havladdos'

Octubre 30, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Aunque fue poco reseñada (incluso por la propia Feria), una de las presentaciones más multitudinarias en la Feria del Libro de Cali, el pasado sábado, fue la del libro 101 retratos havladdos, del caricaturista Vladimir Flores, más conocido como Vladdo. Y no era para menos, pues Vladdo representa, al lado de Matador, la más alta expresión nacional de la caricatura política, la sátira y el humor.

Tuve la suerte de presentarlo, lo que me permitió hacerle algunas preguntas personales que nos hicieron conocer más de su vida, sus orígenes, sus influencias. Vladdo nació en Bogotá en 1963, en una familia de muy escasos recursos, motivo por el cual pasó la niñez yendo de un lugar a otro, al son de los trabajos que sus padres encontraban o de las ayudas solidarias de sus parientes. Así transcurre su infancia.

Cuando le pregunté por su primer contacto con el periodismo, dijo que había sido en Armenia, a los once años, vendiendo ejemplares de El Espacio en una plaza. Se ganaba veinte centavos por cada ejemplar, hasta que alguien lo engañó y le robó la plata, lo que hizo que, enfurecido y humillado, se alejara de los periódicos.

Luego, en la adolescencia, en Manizales, pasó un día frente al periódico La Patria y vio en un ejemplar que no tenía caricaturista. Llenándose de valor entró al edificio y, por milagro, logró que el director lo recibiera. El hombre le pidió mostrar sus dibujos, pero Vladdo no tenía ninguno con él, así que le dijo que volviera al día siguiente. El sexto sentido del joven le anunció que si salía de esa oficina no volvería a ser recibido, así que le dijo al director: “¿No tiene una hoja en blanco que me preste? Le hago algunos dibujos ahora mismo”. Pintó a López Michelsen, a Misael Pastrana y a alguno más, y el director lo contrató a partir del otro día con un sueldo de nueve mil pesos al mes, “cuando el salario mínimo era de dieciséis mil”.

De sus influencias, Vladdo creció, como tantos, en el mundo de las revistas (hoy llamadas comics). En Armenia las alquilaban, colgadas de una cuerda, y él se convirtió en el mejor cliente. Su ídolo máximo fue Supermán. “Nosotros los escritores somos más de Batman, por el tono triste y nostálgico”, le dije, pero él argumentó, “eso lo comprendo, pero Supermán es el rey de los héroes”. Por supuesto que Supermán tenía (y tiene) una característica imbatible para él, y es que en su vida privada era periodista.

Poco después Vladdo vivió en Cali y trabajó en este periódico, El País, hasta que Felipe López le propuso volver a Bogotá y hacerse cargo de un especial en doble página en la revista Semana. Eso también tuvo su humorada trágica, pues la misma tarde en que López se lo propuso Vladdo renunció y al sábado siguiente los amigos le hicieron una despedida. Pero al llamar a López a precisar las cosas, este le dijo que había aplazado el proyecto. Duchazo de agua helada para Vladdo, que de todos modos regresó a Bogotá y, al final, acabó siendo el gran caricaturista de Semana que sigue siendo hoy.

De todo esto hablan sus retratos havladdos: de los periodistas amigos, de los políticos a los que ha satirizado, como Turbay Ayala o Álvaro Uribe, y del mundo que le tocó vivir, con una clase política que, como dice él, acabará por dejar sin trabajo a los humoristas que intenten ridiculizarlos, “de lo increíblemente ridículos que ya son por sí solos”.

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