Naipaul: una larga vida

Naipaul: una larga vida

Agosto 14, 2018 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Fue sin duda uno de los escritores de lengua inglesa más influyentes y, casi podría decir, uno de mis mejores maestros. En mi biblioteca, el nombre V.S. Naipaul está en al menos tres docenas de libros.

Comencé a leer sus novelas a fines de los noventa, sobre todo Una casa para el señor Biswas, magistral, en la que, supe después, está retratada la vida no sólo de su comunidad india en Trinidad, sino la de su propio padre, que intentó ser escritor, pero, según Naipaul, no lo logró por ausencia de materia, ya que si bien tenía talento no hallaba realmente sobre qué escribir, dada la precaria historia y la pobreza de la realidad de Puerto España, la ciudad en la que vivió.

Casi al mismo tiempo descubrí algo que me cambiaría la vida para siempre: sus crónicas de viaje. Atrevidas, profundas, tan lejanas a esa mirada romántica de algunos europeos sobre la realidad de ciertos países del sur.

Si el espectro humano de Trinidad estaba conformado mayormente por comunidades de origen indio y africano, Naipaul dedicó gran parte de su obra a escribir sobre estos lugares: África y la India, y también El Caribe. Las dos primeras son regiones de riqueza y tradición ancestral, pero también del dolor humano.

La primera vez que Naipaul fue a India entró en shock. La edulcorada versión familiar del país, contada en narraciones nocturnas por inmigrantes nostálgicos en la isla de Trinidad, estaba muy lejos del caos y la suciedad y la enfermedad y el abandono que vio en sus primeros paseos. “Como si hubiera sufrido una catástrofe silenciosa y secreta”, escribió.

Su mirada sobre el subcontinente indostánico es probablemente la más completa y lúcida, y la mejor narrada. Su método es ejemplar. Consiste en encontrar a uno o dos personajes relevantes y profundizar muchísimo en sus vidas, sus historias personales, sus anhelos y contradicciones. Al final, a través de ellos, Naipaul acaba contándonos todo lo que hay que saber sobre un lugar y su historia, a lo que se suman sus increíbles reflexiones, su capacidad de observar detalles que para otros son invisibles.

Hablando de los Diarios de Colón, por ejemplo, Naipaul comenta algo insólito: a su llegada al Caribe, en octubre de 1492, jamás menciona que hace calor. En cuanto a otros temas, habiendo vivido en Uganda y viajado por África, sus libros africanos son escandalosamente buenos.
Naipaul, que fue un genio de la escritura, tuvo un lado bastante árido e ingrato, por momentos irritante, y fue su propia personalidad. Tal vez por provenir de tan bajo y con tantos complejos de toda índole (están en sus libros), al convertirse en un escritor célebre desarrolló una asombrosa arrogancia y un menosprecio brutal por todo lo que consideraba inferior.

Su trato con otros colegas está magistralmente descrito por Paul Theroux en La sombra de Naipaul, donde narra veinte años de difícil y entrañable amistad a lo largo del mundo, y en donde disecciona su infinito y por momentos épico egocentrismo. O sus opiniones ya delirantes sobre la literatura escrita por mujeres, que consideraba sentimental y por eso mismo mala, o su idea ridícula de que, en Argentina, si no se practica el sexo anal la gente queda insatisfecha.

En fin, con su desaparición, que lamento muchísimo, su obra quedará limpia del contaminante de sus opiniones, y sin duda brillará aún más.

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