Fronteras

Fronteras

Octubre 23, 2018 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Cruzar fronteras es una de las cosas que más me gusta en la vida y por eso me parecen tan extrañas las que están cerradas, o las que pretenden dejar a unos por fuera y, caprichosamente, abrirse a otros. Sean fronteras o fronteritas, todas están hechas para cruzarlas. Pienso incluso en las fronteras culturales, o mejor: en el modo en que la frontera define una estética.

Es el caso de México (huésped en Cali por estos días), cuya frontera norte es tan viva y candente como el sol de un desierto, y por eso, en lo cultural, tiene una poderosa identidad, algo que en Colombia, con las nuestras, hemos vivido de un modo menos intenso.

Las fronteras con Ecuador y Panamá existen apenas en la cultura nacional. Mucho menos la de Panamá, territorio selvático, igual que las de Brasil y Perú, en el Amazonas, y eso que por allá hubo una guerra en los años 30. La de Venezuela es más compleja, pues en todo el espacio fronterizo lo común es la experiencia binacional, pero tal vez lo más interesante se dé al nivel de las comunidades indígenas, los wayúu, en donde además de la venezolana está la propia frontera interna entre su territorio, la Guajira, y el resto del país, en un intercambio que sí ha sido muy rico.

Pero igual estamos lejos de la experiencia mexicana, en donde la frontera es el tema y, casi diría, la esencia de toda una forma de existir en el mundo, y que, en ese país, se enfrenta a la concepción eminentemente centralista de la cultura.

Pensemos en algunas de las películas con guion de Guillermo Arriaga: Amores perros  y Babel, e incluso en su novela más reciente, El salvaje. Ahí está fulgurante la frontera, de ambos lados. O en las novelas de Elmer Mendoza, que retratan el mundo del narcotráfico y la violencia, una de las características de ese dividido lugar. O en las muertas de Ciudad Juárez de 2666, ese monumento literario de Roberto Bolaño. Y muchos notables autores norteños, como como Daniel Sada, Julián Herbert, Eduardo Antonio Parra, David Toscana o Luis Humberto Crosthwaite, testigos de una cultura heterogénea y en perpetuo tránsito, definida en parte por esa relación con el confín en el que lo mexicano se mezcla con la idea y el estereotipo de lo mexicano, y comienza el resto del mundo.

Pienso en esto, claro, al ver la progresión de la caravana de hondureños y centroamericanos que va hacia el norte, atravesando México. Ya entraron de Guatemala por la frontera del río Suchiate, en balsas o agarrados de un cordón de 400 metros. Otros pasaron por el puente, a la fuerza. ¿Qué pasará cuando lleguen a la frontera norteña con Estados Unidos? ¿Serán reducidos a la fuerza? Al ir juntos se hace evidente que esa marcha triste y dolorosa lleva décadas transitando por ahí, pero de a pocos.

De nuevo la vieja historia: latinoamericanos en fuga de la miseria y la violencia. Igual que los venezolanos que entran a Colombia. Cruzar y cruzar fronteras persiguiendo el sueño de una vida mejor, como ha hecho el ser humano desde hace treinta mil años, cuando era un Homo sapiens y salió de Etiopía a conquistar el mundo. Emigrar hacia el norte o hacia el sur, buscar mejores tierras y más oportunidades. Es lo que ha hecho siempre la gente de bien, desde el inicio de los tiempos. Ojalá el dios en el que, sin duda, todos ellos creen, los proteja. Ojalá que nadie los abandone. Porque esto sí está en todas las literaturas.

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