Eternamente Highsmith

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Eternamente Highsmith

Abril 07, 2021 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Hablar de novela negra o de novela de misterio o de suspenso o intriga (‘suspenso’ en este sentido es un colombianismo) es referirse a una de las formas más antiguas y queridas de la literatura.

¿Qué pasó? ¿Por qué lo mataron? ¿Alguien vio algo? ¿Qué pruebas materiales hay? Al principio suele haber un crimen y por supuesto las preguntas que trae ese crimen en medio de una sociedad que se detiene y sorprende; luego viene alguien que intenta resolver el enigma y da un paso al frente. Es el detective o el periodista o el investigador, en el cual el lector deposita su confianza para recuperar la armonía.

Pero la gran genialidad de Patricia Highsmith, considerada la reina del misterio de la novela anglosajona (un título que bien pudo haber heredado de Agatha Christie, a la cual superó), es que sus libros están escritos desde el punto de vista del asesino. El lector se interna en la psicología del que levanta el arma y dispara y, de algún modo, vive sus razones y sus miedos.

No se trata de hacer un elogio del crimen, sino de verlo como un hecho fatídico que, claro, existe en la realidad, pero que ella analiza desde lo más profundo del manantial freudiano. Es tan persuasiva su mirada y tan humana su escritura que los lectores nos preguntamos con frecuencia qué tanta distancia moral hay entre esos asesinos y uno mismo, o si en esas circunstancias precisas no habríamos hecho algo muy parecido y escalofriante. ¿Habría sido yo capaz? ¿Qué haría en un momento así?

Su personaje más notable, su obra maestra, es un joven pícaro nacido en Boston, huérfano desde los 5 años, llamado Tom Ripley. Un solitario niño criado por una tía neurasténica y violenta, el cual, tan pronto llega a la adolescencia, logra huir y establecerse en Nueva York. Ahí comienzan sus aventuras y bellaquerías con pequeños fraudes a personas mayores, hasta que se le presenta la gran oportunidad de viajar a Italia a buscar a un jovencito millonario por cuenta del padre, propietario de una empresa, que quiere que su heredero regrese.

Así empieza A pleno sol, la primera de las cinco novelas de Tom Ripley que Highsmith publicó entre 1955 y 1991. 36 años en los cuales Ripley fue madurando en el imaginario de la autora hasta convertirse en uno de los personajes de ficción más reales de los que se tenga noticia. Como Dorian Grey o Madame Bovary o Anna Karenina o José Arcadio Buendía, Tom Ripley es un ser vivo cuya residencia está en la localidad francesa de Villeperce-sur Seine, cerca de París, lugar ficticio en el que vive con su esposa francesa Héloise.

A partir de ahí Ripley se mueve con desparpajo por Europa de acuerdo a las necesidades de cada aventura y acaba por convertirse en un hombre de mundo, de gran cultura y sofisticación, que ama la pintura, la música de Mendhelsson y que lee incluso a Julio Cortázar. Un hombre educado y generoso, siempre dispuesto a alojar en su casa a los amigos de sus amigos e incluso a recogerlos en el aeropuerto de Orly, aún cuando, por desagradables circunstancias, tenga incluso que matarlos.

Pero les digo algo: leer la vida de este elegante pícaro a través de La máscara de Ripley, El amigo americano, Tras los pasos de Ripley o Ripley en peligro es como caer por un abismo, entregarse al vértigo. Lo más parecido a esa dependencia que producen algunas de las series de hoy, pero en libro.
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