Carta de renuncia

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Carta de renuncia

Junio 09, 2021 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Hay cartas de renuncia que por el modo en que logran dar un soplo en el alma de un conflicto parecen destinadas a perdurar, siempre dentro del género Carta de renuncia. Recuerdo hace más de una década una de un profesor de la Universidad Javeriana, en Bogotá, quien renunció ante la imposibilidad de ganar la atención de sus alumnos, absortos en sus aparatos tecnológicos, pues sentía que las enseñanzas de su cátedra iban a parar a una zona indeterminada del universo, el vacío, y no a la experiencia ni al conocimiento de los muchachos. En otras partes del mundo se ha visto renunciar a profesores que salen del aula con las manos en la nuca, derrotados ante los celulares.

Hago esta introducción porque, en estos días, en Cali, leí otra de esas cartas de renuncia que acarician la realidad con sus palabras y nos muestran el revés de la trama, esa trama que, en estas semanas difíciles, tiene a la región y al país en un callejón que por momentos parece no tener salida.

Me refiero a la carta de Jesús Darío González Bolaños, secretario de Bienestar Social, quien renunció el pasado 6 de junio a su cargo en la Alcaldía de Cali. Y expone sus razones, que son a la vez una bella capitulación y un dedo que señala directo al corazón de la realidad. Dice González Bolaños, refiriéndose a los acontecimientos de estos días: “…he visto recurrentemente puertas cerradas de distintos lados, corazones que se han vuelto roca, como si en este momento muchos quisieran abrazar la violencia y la muerte del otro, en una pulsión que llena nuestro entorno de paranoias y sentimientos de odio y venganza”. Desde su cargo de Secretario de Bienestar, González intentó que prevaleciera el diálogo, pero con el paso del tiempo y los terribles acontecimientos sintió que ese anhelo no era compartido: “los logros son pocos y el entorno abrumado por el tiempo lineal de la gran prensa y de la racionalidad burocrática nos atrapa (…) Hace días se acabó el tiempo (…) Quizás el intento de diálogo está atrapado entre un paradigma neoconservador que sólo ve reglas y normas institucionales gobernadas por egos grandotes pero vacíos, y un comunitarismo cerrado de sesgos autoritarios y auto referenciados; ambas formas en la práctica no admiten la posibilidad del pluralismo y la convivencia”.

González Bolaños se rinde, confiesa que lo agota el lugar que ocupa y que le pesan las muertes de los jóvenes en las calles. De un modo conmovedor escribe los nombres y apellidos de cada uno de los muchachos caídos en los combates callejeros, y agrega: “Tengo la necesidad urgente de priorizar mi lugar de ciudadano para poder llamar las cosas por su nombre sin afectar las formas institucionales, para señalar y afrontar los obstáculos políticos que se presentan y asumir las acciones éticas que se necesitan en conciencia contra la lógica autoritaria y excluyente que causa esas muertes, para poder abrazar a cualquier joven manifestante mirándolo a los ojos, por escudado, acorazado o equivocado que esté, como si fuera uno de mis hijos o un miembro cualquiera de mi entrañable familia o nuestro vecindario extenso que es Cali”.

Hay más juicios lúcidos en esa carta que no puedo reproducir aquí en su totalidad, pero todos deberíamos leerla porque González Bolaños, con su gesto de dignidad en retirada, nos deja una de las reflexiones más profundas y lúcidas que he leído en estos tiempos difíciles.
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