Adoradores de Cortázar

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Adoradores de Cortázar

Junio 17, 2020 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Leer Rayuela hoy, tantos años después de la primera vez, me deja algo perplejo. Es, de un lado, una novela muy contemporánea, pero al mismo tiempo una narración sorpresivamente clásica. Me intriga que a pesar de su deseo explícito de dinamitar el concepto tradicional y autoritario de novela decimonónica, Cortázar haya usado para los capítulos de argumento, en los que se sigue la vida de Oliveira, precisamente un narrador en tercera persona (¿por qué no desde el yo del personaje?). El mismo omnisciente de las novelas de Galdós del que Oliveira se burla. El resultado es que el espíritu juguetón del lenguaje acaba siendo un atributo del narrador, y con frecuencia ahoga a Oliveira y a los demás personajes.

Pero lo más llamativo, visto desde hoy, es lo que podríamos denominar la «adoración cortazariana», ese ejército de lectores-muyahidines que juraban en su nombre y se sabían de memoria pasajes de Rayuela. Más que lectores, Cortázar tuvo seguidores, adeptos, creyentes. Ese carisma tiene una probable explicación y es que Rayuela fue en su época una tremenda propuesta vital, un modo de vivir y entender las relaciones humanas. Recuerdo a mis compañeras de la Universidad Javeriana de Bogotá el día de su muerte. Eran las viudas de Cortázar, todas vestidas de negro. La «iglesia cortazariana» estuvo abierta y en vela toda la noche, y ahí nosotros, tan lejos de todo aquello que nos parecía importante, en nuestra esquina provinciana y lluviosa del mundo. Yo no adopté el luto, pero me mantuve en silencio por 24 horas en señal de disgusto cósmico, y cuando recuperé el habla dije que iría a vivir a París. Tenía 17 años.

En la «iglesia cortazariana» todos éramos cronopios, por supuesto, y esto es algo que, con el tiempo, señala una diferencia de época: hoy Rayuela es sólo una novela (ya no un texto sagrado), y a pesar de su enorme carisma la verdad es que el entusiasmo reblandece ante ciertos aspectos argumentales, como eso de que un grupo de varones desprecie intelectualmente a una mujer, La Maga, pero siguen con ella porque todos, grosso modo, quieren llevársela al huerto. Según el narrador, Oliveira la ama, pero ese amor no se percibe más que en los celos sexuales o en la nostalgia que siente cuando al fin se va. Talita tampoco sale muy bien librada. Este machismo primario, que hoy produce algo de sonrojo, era invisible en los años 60. También el exhibicionismo intelectual es un poco extraño.

Me pregunto si hoy una editorial se atrevería a publicar una novela como Rayuela de un desconocido llamado Julio Cortázar, y la verdad es que lo dudo. Le dirán que es muy larga, que los capítulos prescindibles, en el fondo, sí que son prescindibles (y en muchos casos lo son), y que las referencias cultas dejan por fuera al 95% de los lectores. Si no le envían una carta estándar de rechazo, seguro que le dirán algo así. Porque Rayuela fue uno de esos libros que no buscó adaptarse al gusto de la masa lectora de su época, sino todo lo contrario: oponiéndose a ese gusto, lo que pretendió fue modificarlo, enriquecerlo, hacer que fuera más complejo y exigente. Y sin duda lo logró, lo que ya es mucho. Y justamente ese riesgo, creo yo, es hoy su gran valor: el pertenecer a una época en la que los escritores querían ensanchar la experiencia estética del lector y no simplemente acomodarse a ella.

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