A todas partes

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A todas partes

Junio 11, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

“La literatura es el triste camino que nos lleva a todas partes”, escribió André Breton, jefe de filas del surrealismo francés, una frase que muchas veces pensé en mi juventud y que, sin interrogarla en profundidad, alguna vez incluso repetí, hasta que hoy, después de una larga estadía en Francia, recuerdo y tal vez al fin comprendo.

La literatura nos lleva a todas partes. La salvedad es que, para mí, no es un camino triste. Es un camino solitario, sí; un camino que obliga a ciertos sacrificios, sí; que nos sumerge en actividades socialmente agresivas, pues implican un grado de aislamiento, sí. Pero para mí nunca ha sido triste. Jamás me he sentido afligido, amargado o desconsolado por el hecho de ser escritor, y mucho menos lector. Todo lo contrario. De haber sido así, existe el libre albedrío y, por lo tanto, la extraordinaria libertad de no escribir e incluso de no leer. No es obligatorio para nadie y de hecho la mayoría de la humanidad no es ni lectora ni escritora. Creo que Breton agregó el adjetivo “triste” porque la tristeza, en literatura, siempre ha tenido buena prensa y el mundo de las letras parece apreciar más a los novelistas y poetas que se muestran con un rictus de inquietud y melancolía.

De cualquier modo, acabo de terminar un largo viaje por Francia que empezó en Nancy, donde encontré a un exguerrillero del M-19 que hoy es vicealcalde; luego Lyon, la elegantísima segunda ciudad de Francia, y Auxerre, lugar de origen del vino blanco de Chablis; el periplo prosiguió en Lille, cerca de la frontera con Bélgica, con un evento patrocinado por una librería que tiene cinco mil metros cuadrados, la más grande del país, y acabó este fin de semana en la localidad pirata de Saint Maló, región de Bretaña, un pueblo amurallado y de casas de piedra en donde está nada menos que la tumba de Chateaubriand. Pero el plato fuerte de esta ciudad a orillas del Atlántico es haber sido el puerto de los corsarios, esos combatientes del mar de los Siglos XVII y XVIII, armados por el rey, cuyo objetivo era atacar y aligerar de riquezas los barcos ingleses que volvían de Asia. En Saint Maló se hace un festival literario, se llama ‘Sorprendentes viajeros’, que tiene la reputación de ser el segundo más importante de Francia (el primero es el Salón del Libro de París), y así, durante un largo fin de semana, reúne a más de 200 escritores a hablar y presentar sus novedades.

La literatura me llevó hasta ese lugar, pero lo más importante es que gracias a estas correrías conocí escritores que, de otro modo, sería imposible encontrar. Algunos cercanos, como el haitiano Gary Victor, quien presentó una novela asombrosa y llena de humor, Nasi, en la que un presidente cuasi dictador, homosexual, abusa de sus ministros para mantenerlos en el poder, en medio de un espacio distópico de catástrofe económica, desesperanza e iglesias evangélicas pululando por los barrios más pobres. Y otros algo más lejanos, como el congolés In Koli Jean Bofane, un tipo extraordinario cuyos libros hablan de la guerra civil y la desesperanza del Congo, del papel ambiguo de las iglesias evangélicas y de la inmigración. Temas afines a los nuestros, pero en literaturas que tal vez nunca lleguen a nosotros. Por eso hay que ir a todas partes, para acercarse a ellas. Y viajar en barcos de papel hacia esos lugares, aún más asombrosos.

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