Opinión
¿Qué tan clasistas somos?
Debo confesar que, al ver el video de Liliana descompuesta en el supermercado, pensé mucho en su salud mental y en su situación personal, porque es evidente que no está bien. Me pregunté por su familia, por quienes la rodean, por quién podría ayudarla.
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25 de ene de 2026, 01:24 a. m.
Actualizado el 25 de ene de 2026, 01:24 a. m.
El caso de la ‘doctora Liliana’, en el que una mujer insulta a un domiciliario de pizza, patea su motocicleta y le grita “lárguese de aquí, usted no pertenece a este barrio”, además de las groserías que acompañan su discurso, es un espejo incómodo y confrontador de un prejuicio que está lejos de ser ajeno a nuestra sociedad: el clasismo.
También han salido a la luz otros videos y testimonios en los que Liliana aparece insultando a una cajera y a empleados de un supermercado porque, según ella, no abrieron a tiempo, e incluso los amenaza con “llamar a la gerente”. A esto se suma lo ocurrido con la presentadora Mary Méndez, a quien años atrás Liliana, bajo otra identidad, le compró su vestido de novia para su almacén de alquiler de trajes, pero nunca lo pagó, situación que habrían vivido otras mujeres. Además, una antigua inquilina de Liliana la acusó de apropiarse de algunas de sus pertenencias y la describió como una persona mitómana y conflictiva.
Debo confesar que, al ver el video de Liliana descompuesta en el supermercado, pensé mucho en su salud mental y en su situación personal, porque es evidente que no está bien. Me pregunté por su familia, por quienes la rodean, por quién podría ayudarla. La salud mental sigue siendo subestimada y desatendida en un país en el que el 66 % de sus habitantes ha enfrentado algún problema de este tipo.
Sin embargo, no hay excusa que justifique lo ocurrido. La discriminación es un delito, así como la estafa y el hurto que podrían configurarse en los otros casos conocidos. Y lo que hay detrás de este nuevo episodio de ‘usted no sabe quién soy yo’ evidencia el clasismo que perpetúa las desigualdades sociales: un clasismo anclado en un falso sentido de superioridad que determina el valor de las personas por lo que tienen y no por lo que son, como si el respeto se midiera por el barrio en el que vivimos, el estatus que ostentamos o los títulos que exhibimos.
Julián Jiménez, el domiciliario de pizza víctima de Liliana, quien divulgó en redes sociales los distintos ángulos del hecho, invitó a la reflexión en una de sus publicaciones: “Esto no se trata de mí. No me volví viral porque me trataron mal; me volví viral porque a muchos de nosotros nos pasa, porque en mi país hay mucha gente que se levanta todos los días a trabajar honradamente y aun así hay quienes los miran por encima del hombro. Yo no pido disculpas, quiero respeto para todos”.
Cuántas historias similares ocurren a diario, pero solo cuando trascienden a la esfera pública le vemos la cara a una realidad que preferimos creer ajena y fácil de juzgar, pero que debería llevarnos a cuestionar muchas de nuestras actitudes, así como la educación que estamos brindando en el hogar, en los colegios y en las universidades, y si esta reproduce o confronta el clasismo.
Siempre resultará más cómodo señalar y decir ‘yo no soy así’. Lo difícil es preguntarse: ¿trato de manera diferencial a las personas según su oficio? ¿Creo que alguien ‘vale menos’ por cómo habla, cómo viste o dónde trabaja? ¿He guardado silencio cuando otro humilla frente a mí?
Porque mientras existan personas que crean que tener más dinero, más estudios o más poder las hace superiores, seguiremos naturalizando la humillación, el chiste discriminatorio y el trato despectivo.
Por eso, la pregunta incómoda y urgente que debe quedarnos es una sola: ¿qué tan clasistas somos realmente?
@pagope

Comunicadora Social - Periodista y Docente de la Universidad Autónoma de Occidente. Caleñísima. Con 26 años de experiencia en una sala de redacción. Entiende el periodismo como una pasión, pero sobre todo, como una manera de transformar y servir a la sociedad. Ciudad, paz, género y niñez, los temas que le apasionan.
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