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Maestra pandemia

Septiembre 06, 2020 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

Aprendí a pintar mis uñas de rojo yo sola. Me inscribí en un curso virtual de carpintería. Empecé a estudiar el Tao. Comencé mi propia biblioteca filosófica. Aprendí a usar mi prensa francesa y a preparar capuchino y mocaccino. Medí en pasos mi apartamento y sus vericuetos hasta comprender cómo funcionan su distribución y su lógica. Identifiqué con grados los puntos cardinales de todas mis ventanas.

El bar que convertí en otra biblioteca volvió a ser bar. Saqué mi colección de miles de postales para verlas a diario. Inventé un taller virtual de escritura creativa. Dije No. Me ocupé cuando deseaba huir a toda costa. Entrené los músculos flácidos y atrofiados de la paciencia.

Me hice amiga de carpinteros, pintores y maestros de obra que me enseñaron, con su sabiduría sencilla, a apreciar lo que no apreciaba. No viajé pero leí más. En seis meses tuve tres episodios de llanto radical, y luego alivio inmediato.

Mezclé de formas nuevas todas las prendas quietas de mi clóset. Regalé todo lo que no uso. Vi toda la serie de castillos británicos y escoceses en Netflix. Inventé una oficina en la sala. Cambié todo de sitio. Me ocupé de todas las grietas, manijas incompletas, medias nonas, paredes necesitadas de pintura. Tengo un nuevo café favorito en el mundo. Mis jarrones ahora tienen flores frescas todo el tiempo.

Tuve tres ideas para nuevas novelas. Trabajé el doble desde casa, pero con vista a la montaña y el cielo azul. Contemplé las tormentas en silencio. Me hice fotógrafa de rayos.

Murió mi abuelo. Escribí una columna en su honor. Todos los días arde una vela en su memoria. Ningún día trabajé en pijama. Usé vestidos de fiesta para ir a ninguna parte. Puse fotos en portarretratos que por años estuvieron vacíos. No compré un solo par de zapatos nuevos. Me perfumé todos los días para la cita con la escritura.

Descubrí que no necesitaba tiquetes para hablar con mis amigos dispersos por el mundo. Aprendí que viví con miedo de cosas que jamás ocurrieron. Y me reí de mí misma. Anudé la cuenta rota de un Rosario.
Contemplé las vetas de la madera. Descubrí que las puertas de mi cocina tienen vitrales, pero jamás lo noté porque nunca estaba.

Comprendí el heroísmo de las tuercas y los tornillos, que soportan y mantienen todo en pie mientras vivimos distraídos. Aprendí a pagar las cuentas por Internet. Me enseñó la maestra pandemia que hay tiempo dentro del tiempo, y una felicidad que cabe dentro del reducido espacio, del finito espacio, de las pequeñas cosas.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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