Instagramers

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Julio 14, 2019 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

Esta semana apareció la noticia en los principales diarios internacionales: un lago azul aguamarina de impresionante belleza, casi propio de un episodio élfico digno de Tolkien, y que muchos instagramers comenzaron a visitar en masa para tomarse fotos de ensueño con flotadores de unicornio, trajes de baño seductores, vestidos de novias, entre otros, no era un lago.

El exótico sitio ubicado en Novosibirsk, Rusia, y que muchos ya llamaban “las Maldivas Siberianas”, era en realidad un vertimiento de desechos tóxicos provenientes de una planta de energía térmica.

Los felices ‘posantes’ que penetraron estas aguas para tomarse una foto obtuvieron miles de ‘likes’ en sus cuentas de Instagram por causar los suspiros de otros aventureros viajeros, pero con el costo de sufrir peligrosas erupciones de piel y cosas peores.

El turquesa de las aguas resultó ser efecto de una mezcla de químicos abrasivos. Pero la foto quedó preciosa. Muchos han muerto tomando la que resultó ser su última selfie, antes de caer por el risco. Pero obtuvieron miles de likes.

El Museo del Prado, en Madrid, que prohíbe tomar fotos dentro de las salas de exposición pese al escozor que causa esta medida entre los adictos a las redes sociales, justifica esta resolución tajante en que a un museo se va a algo distinto que tomarse selfies frente a Las Meninas de Velásquez.

En los museos neoyorquinos y parisinos, por el contrario, resulta incluso divertido ver algunas de las más grandes obras de la humanidad convertidas en monumentales trancones de turistas que posan de espaldas al cuadro y de frente a la cámara del celular. Todos tendrán la misma foto pero todos se sentirán únicos, o parte de algo más grande: ¿la gran historia de la imagen?

En Porto, Portugal, está Lello, para muchos la librería más bella del mundo (en ella se inspiró JK Rowling para crear Hogwarts en ‘Harry Potter’).

Las oleadas de instagramers que acuden por millones cada año para tomarse la foto que diga ‘estuve allí’, hicieron que Lello tuviera que cobrar la entrada a 5 euros. El tumulto es pan de cada día pero la librería, que vivía su ocaso comercial y estaba ad portas del cierre, ahora se ha convertido en la más exitosa de todo el país. Como siempre, el maniqueísmo no funciona de mucho aquí.

A veces parece que el nuevo lujo no será tener la mejor cámara, sino dejar de usarla. Atesorar cierto momento en la memoria. Un instante que no se comparta con nadie. Que no atraiga likes. Que no construya marca personal, como dirían los expertos en márketing. Un registro tan potente que nos haga sonreír años después, en la memoria sensible, cuando volvamos a él. Una imagen preservada de toda polución, en los vericuetos del alma. Ojalá cada día tomemos, al menos, una de esas.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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