Goles inmigrantes

Goles inmigrantes

Julio 15, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

Este es un mundo de inmigrantes. Basta ver la final del Mundial de Fútbol para probarlo. De los 23 jugadores de la selección campeona, la francesa, solo seis son hijos de franceses. De los 17 restantes, uno nació en Camerún. Otro en el Congo. Y 15 son hijos de inmigrantes.

Croacia, según datos de la ONU, tiene más de 560.000 inmigrantes, es decir el 13,49% de la población. Y la gran estrella de la selección subcampeona, Luka Modric, nació en un país que dejó de existir: Yugoslavia. Su abuelo fue ejecutado por rebeldes serbios y este pobre hijo de pastores, inmigrante, desplazado y sin patria, fue salvado por el fútbol.

La migración es uno de los grandes temas de la actualidad y la literatura del 2018 no ha sido ajena al deseo de humanizar, retratar y resignificar este mundo en éxodo.

María Dueñas, en su más reciente novela ‘Las Hijas del Capitán’ explora con gran despliegue histórico la migración española hacia Nueva York en los años 20. Otra escritora española, Aroa Moreno Durán, narra en ‘La hija del comunista’ el drama de la migración española hacia Berlín oriental, después de la Segunda Guerra Mundial.

Varias escritoras de origen colombiano, cuyos padres migraron a los Estados Unidos, merecen capítulo aparte. Patricia Engel narra en ‘Las Venas del Océano’ la historia de familias rotas a causa del desarraigo y el drama de los cubanos que, a pocos metros de pisar suelo norteamericano, ven desvanecerse sus sueños.

La brillante Daisy Hernández, a quien considero una de las mejores plumas de esta generación, revela en su exquisito ‘Un vaso de agua bajo mi cama’ cómo los niños de los inmigrantes latinos en los Estados Unidos adquieren la carga de convertirse en los traductores, mediadores y protectores de sus padres, frágiles y empobrecidos en un mundo cuyas reglas ignoran.

Para seguir con autores colombianos que este año publicaron novelas sobre los “cuerpos que se van”: Adriana Villegas en ‘El oído miope’, recrea la angustia de perder la seguridad del idioma materno para integrarse, como migrante, a un nuevo universo lingüístico y cultural. Y Orlando Echeverri en la brillante ‘Criacuervo’, que por cierto acaba de ser nominada al premio de novela de Mincultura, describe, desde un ángulo novedoso, el peligro de cruzar fronteras físicas y mentales.

Quien migra no lo hace solo. Se migra con las guerras del país de la madre. Con las guerras del país del padre. Con las guerras del país al que se llega. Y así, el migrante es ese ciudadano en el cruce de todos los conflictos con ecos globales. Semillas que dispersa el viento de la guerra y que, a veces, germinan en la tierra verde de un campo de fútbol.

VER COMENTARIOS
Columnistas