Dos años después

Marzo 20, 2022 - 11:45 p. m. 2022-03-20 Por: Paola Guevara

Hoy estamos de vuelta a una sala de redacción, esa biblioteca viva donde somos historiadores del hoy. No podemos creer lo que hemos atravesado. Las lágrimas, la angustia, los momentos de desconcierto son ahora un punto fugaz de referencia, perdido en la constelación de todo lo ocurrido.

Acaba una era larga de confinamiento que nos cambió la vida y nos enseñó a hacer las cosas distinto; que nos probó en paciencia, tolerancia a la frustración, adaptación al cambio, inventiva y esperanza en que el piso seguiría apareciendo. Y nunca dejó de aparecer.

La pandemia no cabe en los conceptos humanos de bien o mal, fue una maestra a la medida de cada uno, un sistema pedagógico no siempre comprensible pero perfecto en un plano ampliado; una brizna en el relato de 13.500 millones de años que integramos. Un nuevo big bang.
Lo que comenzó en medio de la bruma, lo que nos tomó por sorpresa, lo que sacudió todos los cimientos, no nos apagó.

Fue largo, y ahora parece corto visto a la luz de la perspectiva. Yo descubrí el tiempo de manera distinta, y tanta exposición a los relatos de muerte me condujo a valorar de manera infinita el contenido de cada segundo.

El tiempo de vida, el tiempo para lo importante, el tiempo para lo urgente, el tiempo productivo, el tiempo para hacer pero también el tiempo para ser, y a veces el tiempo para no ser ni hacer, es decir el tiempo para crear un vacío del que pueda “a su tiempo”, y me perdonan la redundancia, brotar lo nuevo. Mucho de eso nuevo brotó en mí. Y por eso estoy inmensamente agradecida.

Gracias, pandemia, por los atardeceres contemplados desde la ventana. Por la brisa cargada de lluvia en las tardes solitarias. Por el avistamiento de todas las guacamayas al vuelo. Por el vecino que aplaudía a los médicos cada tarde. Por la vecina que bailaba sola y sin saberlo espantaba los malos presagios.

Gracias por el tiempo preciado en familia, por la pausa de todas las grecas, por el silencio de todas las máquinas dispensadoras de caramelos, por las pequeñas dosis de vitamina D que capturábamos desde el balcón. Por el café casero y sus volutas de reflexión, por la invención de los nuevos rituales, por un tiempo de gracia y de desgracia. Por los que ganaron la batalla, por la memoria de los que partieron primero.

Gracias a la vida por habernos permitido asistir a un gran momento de ruptura, en la pequeña, insignificante, historia de nuestra especie.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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