¿Irse de Cali?

Octubre 28, 2021 - 11:40 p. m. 2021-10-28 Por: Ossiel Villada

Alguien que aún vive aquí dice: “Cali era la sucursal del cielo, pero ahora es el sótano del infierno”. Otra persona, que ya se fue, agrega: “Cali era un buen vividero, pero uno allá se muere de hambre”. Y alguien, que quizá está pensando en irse, confirma: “No veo que pronto salgamos de este agujero negro; estoy dejando ir a Cali”.

Por estos días las redes sociales hierven con opiniones de caleños que expresan así su sentir sobre la ciudad en que viven o nacieron.
Dos cosas me llaman la atención sobre ellas: primero, que todas son voces de gente muy joven; gente de menos de 30, o por ahí, que aún tiene el ‘tanque de combustible’ de la vida casi lleno. Segundo, que a pesar de ello cargan con la agobiante sensación de que tarde o temprano tendrán que irse, pues no hay ningún futuro para ellos en esta ciudad.

Es un sentimiento generalizado entre casi todos los jóvenes caleños, al margen de su condición socioeconómica. La desesperanza borra las fronteras de los estratos y los une hoy a todos bajo su sombrío manto.
Ese no es un problema solo de Cali, por supuesto. Es la triste realidad que caracteriza a toda Colombia y que sirvió de caldo de cultivo para prender la mecha de la violencia juvenil en el paro nacional.

Pero en esta ciudad, donde esa violencia llegó a niveles extremos, es un problema de suma gravedad al que, me temo, no le estamos prestando la atención debida.

Se equivocan gravemente quienes creen que porque ya no tenemos bloqueos ilegales en las vías, ni grandes manifestaciones en puntos estratégicos, ni ‘guerritas’ de pintura en los muros, Cali superó totalmente la oscura hora que vivió seis meses atrás.

Las causas estructurales del descontento siguen allí, casi intactas, y a ellas se sumaron otras después. Y no se van a superar con unos acuerdos coyunturales -de los que, además, no sabemos nada- entre unos pocos líderes juveniles y un Alcalde arrinconado por su impopularidad y su soberbia. La ciudad necesita soluciones de fondo, que demandan la unión y el compromiso de todos los sectores sociales, no solo del Estado.

¿Volverá Cali a caer en esa violencia exacerbada de mayo y junio? Yo espero que no. Pero me temo que puede caer en algo aún peor: la pérdida masiva de talento humano.

Hay quienes dicen que ya está ocurriendo y se cuentan en grupos de Whatsapp muchas historias de personas que decidieron buscar vida en otra ciudad o en otro país. Muchos de ellos son jóvenes.

Es un fenómeno social muy grave, porque el talento humano es la base de la generación de riqueza y desarrollo. Ni nuestra posición estratégica, ni nuestros recursos naturales, ni los avances tecnológicos, ni la inversión extranjera, van a traducirse en crecimiento económico y bienestar sino contamos con talento humano formado para jalonarlos.

Por eso creo que la mayor tragedia que hoy vive Cali no es solo la inseguridad que nos aterra; o la destrucción casi maquiavélica del MÍO; o el desempleo asfixiante que agudizó la pandemia; o el caos vial que nos atrapa todos los días.

Además de todo eso, nuestra mayor tragedia es que estamos perdiendo la confianza. En quienes nos gobiernan, en las instituciones, en el vecino; pero sobre todo, en nosotros mismos, en nuestra capacidad para sacar a Cali del abismo, como tantas veces lo hicimos en el pasado. Y por eso tantos quieren irse.

Cali siempre se levantó de sus cenizas. Y el mayor acto de rebelión que deberíamos hacer seis meses después del paro es volver a creer en ella. Sobre todo, es preciso apostar por retener el talento joven. Pues bien lo dice la melodía salsera de Ray Barreto: “Con la sangre nueva está la fuerza indestructible”.

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