Santo crisma

Septiembre 30, 2022 - 11:40 p. m. 2022-09-30 Por: Óscar López Pulecio

Cuando los diplomáticos iban a ser presentados a la Reina de Inglaterra, un ujier les advertía con solemnidad que iban a ser llevados ante la Presencia. El mismo término que utiliza la Iglesia Católica cuando consagra la hostia en la misa, que convierte un trozo de pan ázimo en la Presencia de Dios. Súbditos, gente del común y fieles, quedan así notificados de que están en contacto con lo sagrado.

Ese carácter religioso de la monarquía nace de la ceremonia de coronación en la cual el monarca es ungido con el Santo Crisma, que le imprime un carácter indeleble y legitima el origen divino de su poder. Es la fuente de su autoridad, por encima de la cual no hay otra diferente de Dios, demasiado ocupado como para preocuparse por los asuntos de sus ungidos. Es por lo tanto un ritual arcaico, simbólico, sin especial significación en el contexto de una monarquía parlamentaria moderna, diferente de respetar la tradición. El nuevo Rey Carlos III, será ungido en su oportunidad.

Ninguno de los monarcas parlamentarios que sobreviven en Europa es ungido en el momento de su coronación, salvo el del Reino Unido de Gran Bretaña (Inglaterra y Escocia) e Irlanda del Norte. Todos los demás, en España, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Suecia y Noruega, son reconocidos por el parlamento en una ceremonia civil, con la Corona reposando a un lado en un cojín, para que haya claridad sobre el origen de su poder. No mezclan asuntos religiosos con políticos, que históricamente produjeron toda clase de calamidades y cuya separación es la base de la democracia occidental.

Fue quizás el carácter sagrado de su investidura lo que le impidió a la reina Isabel II abdicar. La Reina Isabel reinó hasta el final de sus días, en un mundo que en nada se parecía al que existía en el momento de su ascensión al trono y su entierro solemne, lleno de rituales, con suntuoso despliegue militar, fue como la despedida interminable de un imperio y un poder que ya no existen.

La muerte del soberano y la coronación de su sucesor han tenido ese carácter sagrado en Inglaterra desde tiempos inmemoriales, 1000 años y más; se mantuvo con la separación del papado en tiempos de Enrique VIII, cuando el Rey pasó a ser cabeza de la Iglesia Anglicana, a pesar del comportamiento poco santificante de los sucesivos monarcas. Y al parecer, se mantendrá en estos tiempos descreídos.

El protocolo actual es otra cosa mucho más reciente, aunque formas de revestir de ornamentos al poder siempre ha habido. Fueron la Reina Victoria y su marido el Príncipe Alberto, ambos alemanes por todos los costados, quienes establecieron esas ceremonias en un esfuerzo por darle respetabilidad a la Corona que sus antecesores de la casa de Hannover habían puesto por el suelo. La Corona había ido a parar a una nieta protestante del rey Jacobo I Estuardo, de Escocia, casada con un Hannover, pues el parlamento, que desde la Carta Magna manda más que el Rey, había prohibido que un católico ocupara el trono, lo cual ocasionó una guerra civil de medio siglo. Cuatro reyes Hannover, en exceso mundanos, dos de los cuales ni siquiera hablaban inglés. La Reina Victoria y su marido volvieron la Corona una institución respetable, con moralidad de clase media, que se ha mantenido. Tradición y protocolo se funden así en ese elaborado ceremonial espectacular, desfiles y fanfarrias, que puesto en su correcta perspectiva es un espectáculo inolvidable.

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