Rostros como cicatrices

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Rostros como cicatrices

Septiembre 06, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Esas fotografías son la más rotunda expresión del dolor humano. La gente más humilde entre los humildes, a cuyos rostros, con los surcos de toda una vida de trabajo a sol y agua, se añade la marca oscura del total desamparo, de la total desesperanza. La huella atroz que deja la muerte en los vivos que la han visto pasar como un huracán de violencia que ha arrasado con todo.

Lo que Jesús Abad Colorado retrata son los despojos de ese huracán: desfiles fúnebres, niños huérfanos, mujeres y hombres desolados llevando a cuestas lo que queda de su mundo, canoas llevado cadáveres por el río Atrato, escuelas e iglesias destruidas, pueblos bombardeados. Las personas de carne y hueso, los escenarios reales de la matanza sin nombre que ha sido el conflicto armado colombiano. Aquí mismo, en el umbral de nuestras puertas, sin que haya sido para muchos poco más que una estadística que mide muertos y desplazamientos.

Organizada por la Universidad Nacional de Colombia, exhibida en el Claustro de San Agustín en Bogotá, donde la han visto más de 800.000 personas, la exposición El Testigo, con más de 500 fotografías de gran formato, impecablemente montada en tres pisos de La Tertulia, es un gran evento artístico por la calidad estética de las obras, casi todas en blanco y negro, pero sobre todo una poderosa voz de denuncia sobre lo que puede suceder en el seno de una sociedad más que indiferente.

Todos los que han comprado la idea infame de que no ha habido un conflicto armado en Colombia, deberían verla. Es la prueba reina de su existencia, de su carácter sanguinario, de la poderosa máquina de muerte que se construyó por razones políticas y económicas, y cayó como una maldición bíblica sobre pequeñas comunidades rurales, pueblos mestizos, indígenas, afrodescendientes, todos unidos en un solo rostro oscuro, inescrutable.

Jesús Abad Colorado es un periodista y fotógrafo antioqueño, que ha documentado gráficamente por años el conflicto, principalmente en su tierra natal, trabajo que ha sido reconocido internacionalmente. Nada mejor que recoger sus palabras: “Soy periodista, soy fotógrafo y durante muchos años he utilizado las salas de exposición como una forma de narrar la historia de lo que nos ha pasado, en una sociedad a la que le da vergüenza mirarse en ese espejo roto que nos ha dejado la guerra. Hago imágenes con sentido de memoria no para guardar en un archivo de prensa; son fotografías sencillas, pero dignas y hechas a pie, como se hace el periodismo, y por eso tienen nombre y tienen rostro, para que podamos entender que ese dolor también debería ser el mío, que nuestra responsabilidad también es ayudar a solucionar esa historia trágica que ha ocurrido en el país”.

Palabras que explican el sentido formativo de la exposición. Verla es comenzar a entender lo que ha sucedido y contribuir a que no vuelva a suceder. Libros enteros se han escrito sobre el conflicto armado colombiano, sus orígenes, sus consecuencias, los esfuerzos siempre incompletos para terminarlo, su persistente resurgimiento. Existe un minucioso inventario del número de víctimas, de desplazados, de desposeídos, de grupos alzados en armas, guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, del costo descomunal de la reparación y la reconstrucción. Pero lo que El Testigo muestra como una bofetada, es la cara real de la tragedia: esos rostros como cicatrices.

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