Reputación

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Enero 11, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

El espectáculo ‘Reputation’ de Taylor Swift, la cantante y compositora norteamericana de 30 años, con el que cerró en Dallas su gira mundial de conciertos de 2018, es la máxima expresión posible de la denominada economía naranja.

Una explosión de creatividad que produce millones de dólares. Con 53 presentaciones alrededor del mundo, su montaje de alta tecnología requiere el trabajo de cerca de 400 personas. La música, compuesta por Swift, fue previamente grabada en lo que ha sido el álbum más vendido y más reproducido del año en Estados Unidos.

Los conciertos de las superestrellas de la música popular, Michael Jackson, Madonna, Lady Gaga, han llenado estadios por años y se han ido sofisticando tecnológicamente hasta producir un espectáculo insuperable de luz y sonido.

Un sociólogo diría que no hay en el planeta una atracción más universal puesto que a diferencia del deporte y la religión, (los otros dos espectáculos de masas), no son controversiales, no convocan cruzadas ni partidismos.

Entre otras cosas, la política que es una mezcla de entretenimiento, cruzada y partidismo, ya no convoca como solía hacerlo por una continua y acelerada pérdida de atractivo.

Ese gran formato de entretenimiento es una formidable maquinaria de comercialización artística. Así que un economista diría algo más elemental: es un negocio intensivo en capital.

Se necesitan millones de dólares para producir millones de dólares. Es allí donde falla el concepto de economía naranja, si supone que basta la creatividad y algo de estímulo para convertirla en un factor de peso en la economía.

Cualquiera de los sectores que pueden ser clasificados como economía naranja, son intensivos en capital.

Basta ver las inversiones exitosas de la industria de la moda, del turismo y del entretenimiento para darse cuenta de la inmensa cantidad de dinero, de gerencia y de audacia comercial requeridas para ponerle alas a la creatividad.

El éxito de las industrias creativas es comercial y depende de la iniciativa privada, por dos factores: la creatividad, que es algo individual y excepcional, y la audacia gerencial propia de la sociedad de consumo.

Sobresale lo que es rentable en un medio muy competitivo, con grandes inversiones, donde el factor distintivo es la altísima calidad de la marca.
No mucho que tenga que ver con la Cultura, con mayúsculas, que requiere subsidios estatales, apoyos filantrópicos y sobretodo, la conciencia de que no se trata de una actividad rentable sino socialmente valiosa, aunque produzca rendimientos y empleos.

El punto es que la dinámica de la economía naranja no está en las artesanías ni en el folclor, aunque sean fuente de inspiración para los empresarios. Ni tampoco en tratar las actividades culturales como empresas rentables. Está en la capacidad de innovación para crear un producto de alta calidad que seduzca a un público masivo y que sea rentable, lo cual es algo que se puede predicar de casi cualquier iniciativa empresarial. Taylor Swift en ‘Reputation’ o Apple en telefonía celular.

Entre nosotros, es lo que va de Delirio, con su dinamismo artístico y su audacia gerencial, a las escuelas de salsa, donde se eterniza en las barriadas una música popular que es su carnet de identidad, muy exitosa hace decenios, con grupos de baile cuyas perspectivas comerciales son hoy muy reducidas. Si de lo que se trata es de crear empleos naranja, la salsa no es el camino.

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