De la iglesia al cabaret

Abril 15, 2022 - 11:40 p. m. 2022-04-15 Por: Óscar López Pulecio

Aretha Franklin era hija de un pastor bautista, famoso por sus sermones, que hacían entrar en verdaderos trances a su comunidad negra de Detroit, Michigan, en los años 40. Amigo de Martin Luther King, lo acompañó en las giras de defensa de los derechos civiles, en plena segregación racial. Aretha iba con ellos cantando. Casado con una cantante de góspel, que lo había abandonado por sus infidelidades, incluso con una menor de 13 años con la que tuvo un hijo; próspero como corresponde a un miembro del clero, su casa giraba alrededor de Dios y de la música. Comprometido con las libertades ciudadanas, pero con un férreo control de sus tres hijas, ni tanta religiosidad ni tanto machismo impidió que Aretha tuviera un primer hijo a los doce años y otro a los 14, presumiblemente con compañeros del colegio.

Los servicios religiosos dominicales bautistas de las comunidades negras son lo menos parecido a una misa católica, tan formal y tediosa. Son verdaderos encuentros con Dios a través de la música. Los fieles cantan y bailan con un ritmo que viene de profundos orígenes africanos al que se le añade la nostalgia del éxodo, la infamia de la esclavitud, el cambio de dioses, la rabia de saberse ciudadanos de segunda clase: el Góspel, la Palabra de Dios, toma los himnos evangélicos ingleses y los adapta a la cultura negra. Pero es música de iglesia.

El Soul es como la versión laica del Góspel. En los años 50 esos ritmos marcados por las palmas y el intercambio de los solistas con el coro, salen de las iglesias a los cabarets y son acogidos por la población blanca estadounidense. De allí nace el rock and roll, que es música para blancos. Elvis Presley su máxima expresión: un blanco apuesto que cantaba y se movía como un negro. Aretha Franklin, con su voz excepcional, sale del Góspel al Soul y populariza esa música que es un lamento entre el susurro y el grito. Su lucha también contra la segregación racial y contra el machismo. Se abre paso a codazos con su sentido único del ritmo para romper los controles sociales, las barreras artísticas, y se convierte a la vez en una artista y en una luchadora. Una heroína.

Acaba de estrenarse en Estados Unidos una magnífica película sobre su vida, dirigida por una mujer, Liesl Tommy y protagonizada por Jennifer Hudson, premiada cantante y actriz, quien se convierte de verdad en Aretha Franklin, cantando sus canciones. Lo asombroso del arte de la actuación y del cine, es su capacidad para recrear épocas y figuras famosas del mundo de la farándula para volverlas a la vida, con muchas licencias dramáticas, pero rescatando la esencia de sus luchas, sus vidas atormentadas, y sus canciones.

Es una veta inagotable y sorprendente con grandes episodios de los que vale la pena destacar: La Vie en Rose, Marion Cotillard interpretando a Edit Piaf, en 2007; Rocketman, Taron Egerton interpretando a Elton John, en 2013; Bohemian Rhapsody, Rami Malek interpretando a Freddy Mercury en 2018; Judy, Renné Zellweger interpretando a Judy Garland, en 2019; y por supuesto, Jennifer Hudson interpretando a Aretha Franklin en 2021.

Mercury y John homosexuales, drogadictos, solitarios, excéntricos; Piaf, Garland y Franklin, alcohólicas, con vidas sentimentales tormentosas. Vidas víctimas de un don que las crea y las destruye, y que hoy gracias al cine, vuelven a nosotros en perfectas reencarnaciones de sus protagonistas.

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