Columnistas
Orgullo muisca y caribe o malicia indígena: a decidir…
He sentido el fervor casi desesperado de esta Nación que pide a gritos vivir realmente en paz, que clama y reclama por la seguridad, que no quiere seguir siendo un país de víctimas.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


19 de jun de 2026, 12:49 a. m.
Actualizado el 19 de jun de 2026, 12:49 a. m.
A dos días de elegir sobre el futuro de nuestra manoseada nación, que durante años ha soportado con estoicismo los embates y rigores injustos de la insania de la desacreditada clase política colombiana, bueno es hacernos un llamado a la razón y a rescatar ese menos común de los sentidos al momento de votar.
Mucho se ha dicho, escrito, visto, oído y leído acerca de los dos punteros que aspiran a habitar la Casa de Nariño, que actualmente ha sido testigo de la depravación estatal, en la que hoy estamos sumidos gracias a la amoralidad administrativa de la cosa pública actual. No obstante, bueno es refrescar memoria, como decimos los litigantes en el hermoso desarrollo profesional del derecho como juristas. Por esto, he rotulado mi editorial así.
En este momento en que Colombia atraviesa por sus tiempos más tenebrosos, como lo he sostenido, el sufragio, más que ser un derecho, se erige como una obligación moral y patriótica. Así como cuando nos sentimos orgullosos de lucir la camiseta de la selección en estas épocas de futbol orbital, de la misma manera debemos lucir los certificados electorales al haber acudido a las urnas para decidir y sentirnos orgullosos de nuestra sangre trabajadora, pujante y resiliente, escogiendo un candidato probo y que navega en las aguas de la axiología y los fines públicos, protegiendo a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, la empresa privada como generadora de empleo y riqueza y propendiendo por el bien común, como derrotero jurídico de un Estado de derecho. Estos pilares hemos visto cómo ni siquiera hoy ocupan un tercer o cuarto lugar en la escala de ‘valores’ de Petro, sino que los ha pretermitido, por no decir que anulado.
Darle continuidad al maremagnun en el que estamos sumidos es prácticamente firmar nuestra sentencia de un Estado fallido. No se rasguen las vestiduras, es muy sencillo, y esto recurrentemente hace que me pregunte: ¿por qué seguimos votando mal? Lo equiparo a esas situaciones desafortunadas y dolorosas de las cirugías estéticas de las tristemente célebres ‘clínicas de garaje’. En los titulares de los noticieros con lamentable frecuencia vemos historias de personas que se someten a una intervención de este tipo y que, por ello, sobrevino su muerte, o en el mejor de los casos quedaron con graves secuelas; a los ocho días se repite la noticia con otras víctimas, como quien se apresta decidida e irracionalmente al cadalso. Es, al menos para mí, prácticamente ininteligible que alguien con dos dedos de frente sepa de esto y quiera perder su vida de esa manera, estando avisado. En el espectro político electoral, se aplica el mismo principio. Me pregunto: ¿quién, que anhele un país próspero, de oportunidades, seguro, democrático, estable, con buenas relaciones internacionales, indicadores económicos atractivos para la inversión extranjera y digno de mostrar como ejemplo de desarrollo, garante de los derechos y respetuoso de las diferencias y ejecutivo en el cumplimiento de sus deberes, quiere darle continuidad a lo que hoy padecemos que está abiertamente en contravía de lo precitado? Repito, no se rasguen las vestiduras; esto no es de fundamentalismo ni de extremos, es de coherencia, sentido común e instinto de conservación.
Sencillo: hay personas buenas y malas y esto tampoco es nada nuevo; históricamente ha existido el bien (la luz) y el mal (las tinieblas). Los matices de los dos candidatos que hoy tenemos encarnan justamente eso: la opción de un gobierno que obre dentro del marco del orden jurídico, respaldado por empresarios y gente trabajadora, o uno que itinere en la doctrina comunista fallida y esté apoyado y sustentado en organizaciones criminales y narcoterroristas. ¿Ven? Es fácil. Lo que sigue resultando paradójicamente complejo es ver cómo Colombia, que es un país lleno de gente buena, siga votando por gente mala.
He sentido el fervor casi desesperado de esta Nación que pide a gritos vivir realmente en paz, que clama y reclama por la seguridad, que no quiere seguir siendo un país de víctimas, -y se los escribe una de ellas-, que necesita un trabajo digno y unas condiciones de estabilidad para que emocional y moralmente pueda desempeñarse con agrado y sin tentaciones de torcer sus rumbos, ni de transigir con sus principios como moneda de cambio, sintiéndose orgulloso de su ‘malicia indígena’, que no es otra cosa que ser un avivato y, si el ejemplo viene desde el ejecutivo, pues, ¿qué podemos esperar de los asociados?
No. No es motivo de orgullo aquello que vemos en los semáforos o en las colas interminables, dicho sea de paso, en las EPS, para reclamar un escaso medicamento, cuando un joven de 20 años se cuela y pasa por encima del respeto del adulto mayor; de su dignidad y derecho, simplemente porque mi hijo sí es un verraco: no hizo esa fila tan larga y, apenas vio la oportunidad, se coló y en 5 minutos me trajo las pastas”. ¡No y no! La fila se hace, el semáforo se respeta, a los adultos se les reconoce y se les cede la silla en el transporte público y todas esas cosas que perdimos han hecho que hoy, en gran medida, sumado a los aberrantes casos de corrupción y a la narcopolítica, estemos como estamos.
Sintámonos orgullosos de nuestra raza muisca, caribe, calima, quimbaya, quillacinga, guambiana, pijaa y todas nuestras etnias que tienen muchas cosas buenas. Esa otra cara, la de la ‘malicia indígena’ es transgresora del orden jurídico, nociva y corruptora.
Apelen a la oración (los creyentes) y a la meditación y demás formas de tener un encuentro íntimo con su ser superior, que debe ser bondadoso porque los tiene hoy acá dispuestos a decidir. El libre albedrío es suyo y solo suyo; su arbitro iudice hace parte de su fuero interno, pero las consecuencias, que también le son aplicables, recaen sobre esta Nación que está al borde del naufragio y el remordimiento, así como la objeción de conciencia, que también serán suyas; posiblemente no lo van a dejar dormir, siendo una persona buena.
No más deslealtad, no más antivalores, no más negociación de la moral como virtud perfecta, en palabras del maestro Aristóteles.
Recuperemos a nuestra hermosa patria, sintamos orgullo muisca, dejemos de lado y para ojalá siempre, la licenciosa malicia indígena. Colombia necesita de nuestro voto por la salvación. Vote bien, duerma en paz y démosle la bienvenida a la Patria Milagro.
Abrazo cálido. Seguimos trabajando. Falta poco.
@muiscabogado

Abogado bogotano de 48 años. Egresado de la Universidad Sergio Arboleda, especialista en Derecho Comercial y Financiero, DDHH y DIH. Asesor, consultor, litigante en asuntos de derecho público y privado desde hace 24 años. Defensor de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.
6024455000






