El mundo en la calle

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El mundo en la calle

Octubre 25, 2019 - 11:40 p. m. Por: Muni Jensen

Medio mundo protesta. Banderas de un color y otro, jóvenes y mayores de todas las razas y religiones se han lanzado a las calles a manifestarse contra las estructuras del poder. A veces el detonante es específico y puntual, una chispa que termina por crear un incendio que se contagia del descontento general. En otras ocasiones se trata de furias de varias generaciones, profundas divisiones étnicas, lingüísticas e históricas que paralizan las ciudades y derraman sangre en el pavimento, y crean apagones y parálisis.

Empiezan por cualquier cosa. En el Líbano se prendió por un impuesto del gobierno a las llamadas de WhatsApp que llevó al 20% de la población a la calle el domingo pasado, pero en realidad se trata del hartazgo público en un país sin infraestructura ni empleo sostenible. En la misma semana, Bagdad fue el centro de la rabia de jóvenes desempleados enojados por la falta de infraestructura y la epidemia de corrupción. Ya van 150 muertos. En Hong Kong los jóvenes llevan desde marzo tomándose el aeropuerto y paralizando este gran centro financiero, indignados por una ley de extradición que permite juzgar los crímenes de sus habitantes en las arbitrarias cortes chinas. En el fondo, rechazan el control de Beijing sobre sus vidas diarias.

En Chile fue un aumento del boleto del metro el que hizo reaccionar a los jóvenes de Santiago, aunque detrás hay un grito de rabia contra la desigualdad y la mano dura. Ni la declaración de emergencia, ni un revés tardío del presidente Piñera han apagado las voces. Todo lo contrario. En La Paz se llenó una y otra vez la plaza Abaroa, y dos semanas antes en Ecuador la noticia de una revuelta social, también por el transporte público, le dio la vuelta al mundo. En el Cairo sofocaron protestas con fuerza y detuvieron a cientos de manifestantes. Europa no se salva. Las protestas contra el Brexit, los chalecos amarillos de Francia y la sangrienta conmoción de Cataluña tocan fibras complejas y con fuertes raíces culturales.

¿La excepción? Estados Unidos, donde salvo un puñado de activistas sembrados frente a la Casa Blanca, nadie sale a la calle. Y con todo lo que está pasando. ¿Será comodidad, riqueza? ¿O confianza en las instituciones, en un contrato que no se ha roto aún?

En todos los otros casos, aunque las chispas sean distintas, hay características similares: no hay grandes líderes ciudadanos agitándolas, sino que nacen espontánea y colectivamente. Se organizan y alimentan por medio de las redes y en su mayoría empiezan con los jóvenes pero se expanden a otros segmentos de la sociedad. Suelen empezar en las capitales y colonizan las regiones apartadas. Son orgánicas. Ni la fuerza policial ni los intentos de resolución política parecen aplacarlas, ni el ceder ni echar atrás el detonante inicial apaga la indignación.

Aparecen teorías de por qué hay tantas: por el fin de la bonanza de los commodities, por una clase media con más medios y más exigencias. Esas explicaciones se quedan cortas. Se lucha es contra la corrupción, el abuso del poder, el incumplimiento de un contrato tácito que debe existir entre los votantes y sus líderes. Contra el mal gobierno, sin importar la ideología. Al romperse esa confianza, lo que queda es la comunicación directa, sin intermediarios ni instituciones, sin reglas ni restricciones. Queda la calle, donde los ciudadanos prefieren enfrentar la Fuerza Pública a gritos y aguantan más de lo que esperaban los políticos. En algunos casos sus banderas son étnicas, históricas, arbitrarias, rabias acumuladas e irreconciliables. En otros son legítimos gritos de desesperación ante la injusticia y el clientelismo. Contra el sistema. En la mayoría se terminan politizando, utilizadas por oportunistas del poder para fines nefastos y violentos. Pero ya son demasiados jóvenes, ancianos, minorías, empresarios, profesores, padres de familia y madres desempleadas de mundo entero los que van contra el ‘establishment’. Hay que escuchar.

Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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