Vida monástica

Vida monástica

Enero 30, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Aquel México de hace veinte años se me antojaba como una gran olla a presión cruzada por cientos y cientos de autos Volkswagen verdes -los taxis de entonces- y un aire campirano en las cuatro esquinas del Zócalo.

Había llegado ahí desde Estados Unidos, invitado por Mario Rey a la Semana Cultural de Colombia, evento que desarrollaba con éxito desde su revista La Casa Grande.

El programa incluía una lectura en el Palacio de Bellas Artes, a la cual acudí en compañía de una gringa que se enamoró instantáneamente de mí mientras cruzaba una calle. Quizá le parecí una especie de Emiliano Zapata resurrecto; ella venía de Nuevo México, era maestra de escuela y quería vivir ese México romántico que muchos norteamericanos tienen en la cabeza. Terminamos en una cantina bebiendo mezcal, y para hacer más perfecta la postal, le dio por cantar “Si Adelita se fuera con otro…”, con la lengua amarrada.

Mario Rey había dispuesto una cena en homenaje al poeta Álvaro Mutis, a la que fue invitada también la mezzosoprano Marta Senn y el poeta Wayuu Vito Apüshana, quien acaba de ganar el Premio Casa de las Américas. Asistió igualmente Fernando Vallejo, con su apacible aspecto de seminarista. No solo tocó el piano, sino que nos confesó, traía una novela entre manos, la misma que todavía no conocemos: acerca de colombianos en Nueva York, particularmente en Queens.

Apüshana y yo fuimos alojados en un lugar que hablaba bien de esas lindezas del PRI en su afán por reconocer a los creadores sindicalizados: La Casa del Escritor, enclavada en un barrio viejo, cuartos en galería, con un patio central y fuente de piedra. Desde que llegamos, nos recibieron dos mujeres mixtecas, de grandes trenzas, a las cuales he recordado ahora con ‘Roma’, la película de Cuarón. Lupita y Margarita no hacían unos desayunos imperiales, con huevos rancheros y ‘huevos estrellados’, y batían en tazones de piedra un mole poblano que no he vuelto a probar en mi vida. En las mañanas iban como hormiguitas por las habitaciones; cambiaban los tendidos y dejaban el aire con un sacramental aroma a bergamota.

En la puerta de cada habitación estaban claras las reglas del lugar: debíamos regresar antes de las ocho de la noche, estaban prohibidas las visitas y en caso de que esas llegaren a ocurrir, dejar la puerta abierta. También, estaba prohibida la ingesta de alcohol y el consumo de tabaco.
A la mañana siguiente de mi llegada, Lupita subió a decirme que alguien me buscaba. ¿En México? Bajé lleno de curiosidad, y se trataba de Gustavito Arango, Jefe del Partido Conservador en Buenaventura, copartidario de mi padre, quien había leído la noticia en El Excelsior. Luego recibí otra gratísima visita, la del escritor caleño Marco Tulio Aguilera Garramuño, quien observó el tamaño diminuto de mi cama. ¿Cómo vas a hacer para dormir ahí? Me dijo, acostumbrado como estoy a yacer con las piernas por fuera en los hoteles del mundo.

Cuando llegó el día de la despedida, un poeta de Quebec que llevaba varios meses en la Casa del Escritor -tenía una beca del gobierno mexicano- nos invitó a pasar a su habitación después de las ocho de la noche. El poeta Wayuu y yo nos mirábamos con extrañeza al descubrir la cueva del bardo canadiense. En las paredes, dispuestas en estantes, como si fueran libros, estaban todas las botellas de tequila y mezcal que ha producido la industria mexicana. Pero ahí no paraba la sorpresa; su compañera, también poeta, de origen árabe, pidió permiso para desaparecer un rato, y regresó con un cinturón de monedas con el que nos hizo un show de Danza del Vientre.

Libamos como marineros mientras ella flotaba cual odalisca -mejor, como una hurí- por toda la habitación, confirmándonos la imposibilidad de rescatar el tiempo perdido. ¡Ay, mi gringa enamorada!
Para colmo, al final se echaron suertes y me gané el gusano del mezcal.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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